Suena el despertador, ese artilugio aguafiestas que te arranca bruscamente del mundo de los sueños para despertarte a la cruda realidad de un nuevo día.
Me inserto a la vida con parsimonia, no queriendo renunciar al sabor del dormitar que me abraza ; el invierno tiene ese trazo cálido que te vuelve perezoso bajo las mantas.
Tras la ingesta de un calentito café comienzo a bocetar la mañana.
Abandono la casa, sin ganas de charla, quiero, en la quietud de mi mente, ir meditando .
Cruzo la calle con paso firme, el coche me espera. Antes de alcanzar mi objetivo oigo mi nombre, alguien lo grita con entusiasmo. Giro la cabeza y la veo a unos metros de mí, sonriente, alborozada. Al acercarme me da un abrazo y unos sonoros besos que me dejan la sensación de que soy querida.
Ella es vecina de la urbanización, una de la más ancianas. Al verme se le ilumina el rostro, le embarga una especie de halo juvenil que me resulta gracioso.
No tengo muchas ganas de hablar, aún la modorra se me aprecia tras el sutil colorete.
Habla de sus nietos, de la lluvia de estos días pasados, de su nueva cita con el oftalmólogo.
Habla, habla y habla. Yo la escucho con un interés repentino, un súbito deseo por oír sus cosas que me parecen hermosas simplezas.
Acabamos riéndonos, ella de sus achaques, yo de mis torpezas.
Nos despedimos y veo como sigue su camino hacia la panadería , la noto más ágil, como si al compartir conmigo ese trocito de charla le hubiese aportado un tono más juvenil, un nuevo brillo a la opacidad de su mañana.
Retomo mi rutina. Montada en el coche me miro en el retrovisor y atisbo un cristalino destello en mis ojos, ojos que han aprendido a ver belleza en lo trivial, a descubrir en quien me estima, la gracia del amor de Dios.
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