El mundo no se está quedando sin alimentos, entonces, ¿por qué cada vez más niños y niñas pasan hambre?

| Fuente: protestantedigital.com/rss/magacin

El mundo no se está quedando sin alimentos, entonces, ¿por qué cada vez más niños y niñas pasan hambre?
El mundo no se está quedando sin alimentos, entonces, ¿por qué cada vez más niños y niñas pasan hambre?

Por el Dr. Salmon Jacob, Asesor Regional Principal de Adaptación al Cambio Climático de World Vision en Asia Oriental

Es una verdad incómoda: el mundo produce suficientes alimentos, pero cada vez más niños y niñas pasan hambre. No se trata de una crisis de suministro, sino de una crisis de sistemas y de decisiones.

En toda Asia, las señales de alerta son imposibles de ignorar. Incluso con una producción alimentaria adecuada, el Informe de Perspectivas Mundiales 2026 del Programa Mundial de Alimentos estima que 318 millones de personas se enfrentan actualmente al hambre aguda en todo el mundo; 38 millones de niños y niñas menores de cinco años sufren desnutrición aguda; y casi 12 millones de mujeres embarazadas y lactantes siguen desnutridas. Asia soporta la carga más pesada, albergando a más de la mitad de la infancia con retraso en el crecimiento del mundo. Para millones de familias, el cálculo diario ya no se centra en la nutrición o el equilibrio, sino en la supervivencia: si hay algo que comer. Desde nuestra perspectiva, trabajando junto a comunidades en algunos de los contextos más vulnerables de la región, el patrón es claro: el hambre hoy no se debe a la falta de alimentos, sino a las desigualdades estructurales, los problemas de asequibilidad y la falta de resiliencia de los sistemas que deberían distribuirlos.

La fragilidad de estos sistemas se está haciendo evidente ante la convergencia de crisis globales. El conflicto en Asia Occidental ha disparado los precios de la energía y ha distorsionado la disponibilidad de fertilizantes. La guerra en Ucrania también sigue interrumpiendo las cadenas de suministro de fertilizantes. Estas presiones se propagan rápidamente al Sudeste Asiático, donde muchos países dependen en gran medida de la importación de combustible e insumos agrícolas. El resultado es una reacción en cadena. Los agricultores reducen el uso de fertilizantes porque no pueden costearlos. Los rendimientos disminuyen. Los costos de transporte aumentan. Los precios de los alimentos suben. Lo que comienza como una perturbación geopolítica se convierte en una crisis local, que afecta con mayor intensidad a las familias que ya viven en la precariedad.

La crisis actual no se limita a los cereales y las verduras, sino que también afecta a los productos del mar. En Tailandia, por ejemplo, el aumento de los precios del combustible ha obligado a muchos barcos pesqueros artesanales a permanecer atracados. Para las comunidades costeras, esto no es solo una desaceleración económica; es un golpe directo a la disponibilidad de alimentos. El pescado, una fuente primaria y asequible de proteínas, se vuelve más escaso y caro. El impacto no termina ahí. La reducción del suministro de pescado afecta la producción de harina de pescado, lo que eleva el costo de la avicultura y la acuicultura. Las proteínas, en todas sus formas, se vuelven cada vez más inaccesibles. Son los niños y niñas quienes sufren estas consecuencias con mayor intensidad. En World Vision, lo estamos viendo de primera mano en toda la región: las raciones de comida se reducen, las dietas pierden diversidad y las consecuencias a largo plazo se manifiestan silenciosamente: retraso en el crecimiento, debilitamiento del sistema inmunitario y menor desarrollo cognitivo. El hambre no es una situación momentánea; es una desventaja para toda la vida.

El cambio climático está acelerando esta tendencia. El fenómeno de El Niño, que se prevé, amenaza con sequías y lluvias irregulares en todo el sudeste asiático, donde hasta el 85 % de las tierras de cultivo dependen de la lluvia. En países como Camboya, Laos, Vietnam y Myanmar, incluso breves interrupciones pueden devastar las cosechas. Paradójicamente, estos mismos países reciben importantes precipitaciones anuales, pero al carecer de sistemas adecuados para almacenar y gestionar el agua, la abundancia y la escasez coexisten. Es aquí donde debe cambiar el enfoque: de la producción a la resiliencia.

En todo el este de Asia, World Vision trabaja con las comunidades para fortalecer su resiliencia de forma práctica y adaptada a las necesidades locales. Solo en 2025, decenas de miles de agricultores en países como Vietnam, Camboya, Laos, Myanmar, Tailandia y Mongolia recibieron capacitación en prácticas agrícolas climáticamente inteligentes y gestión integrada de nutrientes que, en conjunto, estabilizan la producción de alimentos. Muchos pequeños agricultores están optando por producir fertilizantes orgánicos con recursos locales, reduciendo así su dependencia de las volátiles cadenas de suministro globales, al tiempo que restauran la salud del suelo y garantizan una producción agrícola estable.

La gestión del agua es otro ámbito crucial. Los sistemas comunitarios de recolección de agua de lluvia y microirrigación permiten a los agricultores resistir las sequías y extender las temporadas de cultivo. No se trata de proyectos de infraestructura a gran escala, pero son transformadores precisamente porque son gestionados y sostenidos por las propias comunidades. También es necesario replantearnos qué cultivamos. En el sudeste asiático continental, cultivos como el mijo, largamente ignorados, ofrecen una solución eficaz. Requieren menos agua, resisten el calor y las lluvias irregulares, y proporcionan nutrientes esenciales como hierro y calcio. Para los niños y niñas en riesgo de desnutrición, estos no son cultivos alternativos; son cultivos estratégicos.

Al mismo tiempo, la energía se está convirtiendo en un factor decisivo para la seguridad alimentaria. Los altos costos del combustible están afectando gravemente tanto a la agricultura como a la pesca. Ampliar el uso de energías renovables, en particular la solar, ofrece una vía para reducir costos y aumentar la estabilidad. En Indonesia, las iniciativas de pesca con energía solar demuestran cómo la energía limpia puede sostener los medios de subsistencia y, al mismo tiempo, reducir la dependencia del diésel. En Vietnam, World Vision, en colaboración con WWF, apoya a más de 50.000 pescadores, demostrando cómo la sostenibilidad y la productividad pueden ir de la mano. Estos no son casos de éxito aislados. Apuntan a una perspectiva más amplia: la resiliencia no se construye mediante una sola intervención, sino a través de sistemas interconectados; alimentos, agua, energía y medios de subsistencia trabajando en conjunto.

Este es el enfoque que promueve World Vision: no solo brindar ayuda, sino fortalecer los sistemas en torno a la infancia. Porque la seguridad alimentaria no se trata solo de calorías, sino de si un niño o niña puede crecer, aprender y prosperar ante la incertidumbre.

Existe otra dimensión que a menudo se pasa por alto. Los niños y las niñas no solo son los más afectados por esta crisis, sino que también forman parte de la solución. En diversas comunidades, observamos cómo los jóvenes se involucran en la concienciación climática, las prácticas sostenibles y la innovación local cuando se les brinda la oportunidad. Invertir en su capacidad de acción no es simbólico; es esencial para la resiliencia a largo plazo.

Esta crisis exige más que cambios graduales. Requiere una transformación fundamental en nuestra concepción de los sistemas alimentarios en Asia, menos dependientes de la volatilidad global y más arraigados en la resiliencia local. Los gobiernos tienen un papel crucial que desempeñar para facilitar esta transición mediante políticas e inversiones. El sector privado puede acelerar la innovación y la expansión. Las organizaciones de la sociedad civil aportan la confianza, el acceso y las alianzas comunitarias necesarias para garantizar que las soluciones lleguen a quienes más las necesitan.

Los próximos tres a cinco años serán decisivos. El Sudeste Asiático puede optar por seguir expuesto a las crisis globales o puede invertir en sistemas que protejan a sus poblaciones más vulnerables, especialmente a su infancia.

El mundo no se está quedando sin alimentos. Pero a menos que actuemos con urgencia y determinación, corremos el riesgo de que se nos acabe el tiempo para evitar que una generación crezca con hambre. Y eso no sería una falta de recursos, sino de voluntad.

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Una fe que alimenta y tranforma

Como seguidores de Jesús, nuestra respuesta al hambre, la pobreza y la exclusión no puede limitarse únicamente a la asistencia. El Evangelio nos llama también a promover justicia, dignidad y transformación de las estructuras que generan sufrimiento.

Cuando los discípulos plantearon a Jesús la necesidad de despedir a la multitud para que buscara alimento, Él respondió: “Dadles vosotros de comer” (Lucas 9:13). Este mandato sigue siendo un desafío para la Iglesia hoy. Estamos llamados a compartir nuestros recursos, pero también a levantar nuestra voz para que todas las personas tengan acceso a los derechos y oportunidades que Dios desea para sus hijos e hijas.

La Biblia está llena de llamados a defender a quienes viven en situación de vulnerabilidad: “Aprended a hacer el bien; buscad la justicia, socorred al oprimido, defended al huérfano, amparad a la viuda” (Isaías 1:17). Asimismo, Proverbios nos exhorta a “abrir nuestra boca por los mudos y por los derechos de todos los desvalidos” (Proverbios 31:8-9).

Por ello, entendemos la incidencia pública (advocacy) como una expresión práctica de nuestra fe. No se trata de actuar desde intereses particulares, sino de buscar el bien común, denunciar las situaciones de injusticia que afectan a las personas más vulnerables y promover políticas y decisiones que protejan su dignidad y desarrollo integral.

La Iglesia tiene una responsabilidad profética de ser voz para quienes no son escuchados y de trabajar junto a otros actores de la sociedad para construir comunidades más justas, compasivas y solidarias. Servimos al necesitado cuando le damos de comer hoy, pero también cuando contribuimos a transformar las causas que perpetúan su necesidad mañana.

El Dr. Salmon Jacob es Asesor Principal Regional de Adaptación al Cambio Climático de World Vision en Asia Oriental, donde brinda liderazgo estratégico y orientación técnica para fortalecer la acción climática en toda la región. Con más de 25 años de experiencia en temas ambientales y de cambio climático, aporta una profunda especialización en adaptación y mitigación del cambio climático, reducción del riesgo de desastres, restauración de ecosistemas y sostenibilidad ambiental.

El Dr. Jacob participa activamente en redes regionales y globales, como Climate Action Network Southeast Asia y Asia Pacific Adaptation Network, colaborando con gobiernos, agencias de la ONU, ONG e instituciones académicas para fortalecer las estrategias de adaptación y resiliencia climática en Asia.

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