El Thingyan en Myanmar es la época de la renovación y la alegría, simbolizada por el poder purificador del agua. Pero el año pasado nunca llegó realmente. Apenas unos días antes de que Myanmar diera la bienvenida a su Año Nuevo, un terremoto de magnitud 7,7 sacudió el país el 28 de marzo de 2025. En lugar de risas en las calles y rituales de purificación, lo que hubo fue polvo, dolor y silencio. En ese momento, se sintió como si el propio Thingyan hubiera sido robado.
Un año después, a medida que el país se acerca a otro Año Nuevo, hay indicios de que Thingyan está regresando. No con una celebración a lo grande, sino de formas más tranquilas y reflexivas, a través de la resiliencia, la reconstrucción y la determinación de las comunidades de seguir adelante. Pero la recuperación no es algo que ocurre en un instante. Es un proceso continuo. Y está lejos de completarse.
Recuerdo el día en que se produjo el terremoto. Habiendo trabajado en situaciones de emergencia durante muchos años, mi instinto me impulsó a comprobar inmediatamente cómo estaban las personas, comprender la magnitud y actuar con rapidez. En cuestión de horas, los equipos locales ya estaban respondiendo: llegando a las comunidades, distribuyendo suministros preposicionados y evaluando las necesidades sobre el terreno. En el complejo contexto de Myanmar, donde el acceso suele ser limitado, esta rapidez fue el resultado de algo de lo que no hablamos lo suficiente: la preparación basada en una colaboración local a largo plazo.
Lo que quedó claro en esos primeros días es algo en lo que sigo creyendo firmemente hoy en día: cuando ocurre un desastre, no son los sistemas externos los que responden primero, sino las propias comunidades. El personal local, los voluntarios y las familias no esperaron. Muchos se vieron afectados personalmente, pero aun así actuaron. Esa capacidad de «ponerse en marcha» basándose en una formación previa no es solo eficiencia operativa; es la diferencia entre la vida y la muerte en los momentos inmediatamente posteriores al desastre.
Pero la supervivencia es solo el comienzo
Durante el último año, he conocido a muchas familias que están reconstruyendo sus vidas paso a paso. Una madre con la que hablé había perdido a su marido en el terremoto. Con dos hijas pequeñas y un padre anciano a su cargo, su futuro se había visto sacudido en todos los sentidos. Sin embargo, con el apoyo para reiniciar su sustento, volvió a empezar. No solo para sobrevivir, sino para proveer, para tener esperanza.
Su historia no es única. Refleja algo más profundo sobre Myanmar: la resiliencia no es solo un eslogan. Se vive, a diario, a menudo en silencio. Se encuentra en los padres que siguen adelante por sus hijos, en las comunidades que se apoyan unas a otras y en los propios niños y niñas, quienes, incluso tras la catástrofe, encuentran formas de jugar, de dibujar y de imaginar un futuro.
En muchos lugares donde trabaja World Vision, he visto a niños y niñas reunirse en espacios seguros creados para ellos, espacios donde pueden volver a reír, expresar lo que han vivido y redescubrir poco a poco una sensación de normalidad. Estos momentos pueden parecer insignificantes, pero es ahí donde comienza la sanación.
Por eso la recuperación no puede medirse únicamente en edificios reconstruidos o suministros entregados. La labor más importante suele ser menos visible: restaurar la esperanza. La esperanza reside en los pequeños hitos, como la reapertura de un aula provisional donde la infancia vuelve a sentirse segura. O la primera cosecha de las semillas de recuperación distribuidas meses antes. O la restauración de la dignidad cuando las familias pasan de la dependencia a la autosuficiencia.
Y, sin embargo, este es también el momento en que la atención comienza a desvanecerse.
Los titulares que en su día captaron la atención del mundo han pasado a otro tema. Pero para las familias de Myanmar, la fase más difícil de la recuperación no ha hecho más que empezar. Reconstruir vidas —reconstruirlas de verdad— requiere tiempo, constancia y un compromiso sostenido. Requiere algo más que una respuesta de emergencia; requiere quedarse.
Aquí es donde debemos ponernos a prueba
Con demasiada frecuencia, los sistemas de respuesta global están diseñados para la inmediatez, no para la continuidad. Los ciclos de financiación son cortos. La atención es fugaz. Pero la resiliencia se construye a lo largo de años, no de semanas. En el contexto de Myanmar, marcado por crisis humanitarias superpuestas y dificultades de acceso, esta brecha entre la respuesta y la recuperación es donde el riesgo de quedarse atrás se hace mayor.
Si nos tomamos en serio el apoyo a los niños, niñas y las familias de aquí, debemos pensar de otra manera. Debemos invertir en enfoques que sean flexibles, liderados a nivel local y a largo plazo. Debemos fortalecer los sistemas que protegen no solo el bienestar físico, sino también la salud mental, la educación y la cohesión comunitaria. Y debemos asegurarnos de que Myanmar no se convierta en una crisis olvidada simplemente porque ya no aparece en los titulares.
Con la llegada de Thingyan este año, llega también el simbolismo de la purificación y la renovación. El agua lava el pasado y da la bienvenida al futuro. Pero para muchas familias, la sanación no es simbólica, sino práctica, continua e incompleta. La buena noticia es que el espíritu de Thingyan no se ha perdido para siempre. Sigue vivo en los pequeños pero significativos pasos que las comunidades dan cada día: reconstruir hogares, reabrir escuelas, restablecer los medios de vida y aferrarse a la esperanza.
La pregunta ahora es si el mundo seguirá prestando atención el tiempo suficiente para ver cómo se lleva a cabo esa reconstrucción. Porque la recuperación, al igual que el Thingyan, es un compromiso que hay que mantener mucho después de que el agua se seque y los titulares pasen a un segundo plano.
En World Vision, seguimos comprometidos a acompañar a las comunidades afectadas por el terremoto, garantizando que todos los niños y niñas puedan crecer sanos y felices, a medida que pasamos de la ayuda de emergencia a la reconstrucción a largo plazo.
Erwin Lloyd Guillergan es el director nacional de World Vision en Myanmar.
