Más de 25 años como trabajador humanitario: un camino de compromiso con el bienestar infantil

| Fuente: protestantedigital.com/rss/magacin

Más de 25 años como trabajador humanitario: un camino de compromiso con el bienestar infantil
Más de 25 años como trabajador humanitario: un camino de compromiso con el bienestar infantil

La oficina estaba casi sumergida. Las aguas del río Limpopo seguían subiendo, y en ese momento, la prioridad ya no era coordinar actividades, sino salvar vidas. Antes de asistir a las comunidades, Amílcar Checo tuvo que evacuar a su propio equipo. Se refugiaron en el puente, el punto más alto de la zona.

Más que una emergencia, ese momento simbolizó más de 25 años de una vida dedicada al bienestar de los niños y niñas.

Un humilde comienzo que se convirtió en una misión

Algunos dicen que elegimos nuestros sueños. Otras veces, sin embargo, son nuestros sueños los que nos eligen, como una semilla sembrada en tierra fértil, destinada a crecer y dar fruto. Son sueños que Dios siembra en nosotros, no solo para nuestra propia realización, sino por el impacto que nuestras vidas pueden tener en los demás.

Todo cobra sentido cuando descubrimos nuestro propósito; es como si finalmente completáramos las piezas de un rompecabezas. Para Amílcar Checo, ese propósito se reveló en World Vision. Cuando se unió a la organización en 1999, Amílcar no buscaba una misión en la vida. Simplemente necesitaba un trabajo. Fue nombrado asistente en un programa de Agricultura y Seguridad Alimentaria en la provincia de Gaza, al sur de Mozambique.

Sin embargo, trabajar en el campo le despertó profundos recuerdos de su propia infancia. Ver a los niños y niñas avanzar gracias a las intervenciones fue una experiencia conmovedora. Lo que empezó como una necesidad se convirtió en pasión. “Fue increíble darme cuenta de que mi trabajo podía impactar directamente en la vida de un niño o niña, que antes no tenía sueños ni perspectivas”, relata.

Cuando el propósito exige sacrificio

La Biblia enseña: «Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud» (Eclesiastés 12:1). Para Amílcar, recordar a Dios significaba dedicar su energía, tiempo y talentos al servicio de la infancia, incluso cuando esto requería sacrificios personales.

En 2010, aceptó el reto de trabajar en la provincia de Tete como subdirector de programas, a más de 1.500 kilómetros de su ciudad natal, donde permanecía su familia. Era una nueva realidad, con un idioma y una cultura diferentes. Sin embargo, encontró un lenguaje universal: el amor por los niños y las niñas.

Trabajó en Domué, en el distrito de Angónia, y posteriormente asumió el cargo de gerente. Fue allí donde se encontró con contextos completamente diferentes a los que conocía y donde, según él, consolidó sus habilidades de liderazgo.

Incluso lejos de su familia, su fortaleza provenía de la convicción de que todos los niños y niñas, independientemente de su origen, merecen igualdad de oportunidades y una historia diferente.

Liderando en tiempos de crisis

Con mayor experiencia y un espíritu humanitario fortalecido, cinco años después, Amílcar regresó a la provincia de Gaza para asumir uno de los papeles de mayor responsabilidad de su vida: gerente de Distrito, liderando un equipo de más de 30 personas en los distritos de Guijá y Mabalane.

Fue un período difícil, marcado por sucesivas crisis. Las inundaciones cíclicas afectaron gravemente a las comunidades, obligando a la evacuación de poblaciones enteras. En una ocasión, la propia oficina de World Vision quedó prácticamente sumergida. “El número de personas que necesitaban asistencia inmediata aumentó en los centros de alojamiento, donde los niños, niñas, los ancianos y las mujeres se volvieron cada vez más vulnerables”, recuerda.

Con el apoyo del equipo de Asuntos Humanitarios y de Emergencia, el gobierno y los socios humanitarios, fue posible brindar asistencia hasta que las aguas retrocedieron y las comunidades regresaron a sus hogares.

Poco después, la pandemia de COVID-19 planteó un nuevo desafío. La mitad del equipo, que se encontraba lejos de sus familias, se vio afectado por la cuarentena. “La desesperación se apoderó de nosotros, pero gracias al apoyo del liderazgo y a un plan de hibernación preparado de antemano, pudimos continuar las operaciones de forma segura”, explica.

Afortunadamente no hubo pérdidas humanas, ni entre el personal ni entre los niños y niñas inscritos en el programa de Apadrinamiento.

Francisco, el niño que simboliza el impacto

Entre las muchas historias que marcaron su carrera, una permanece viva en su memoria: Francisco, un niño severamente desnutrido, abandonado por su padre y cuidado por una madre afectada de elefantiasis, con gran dificultad de movilidad. Identificado por el equipo, su caso inspiró un documental producido con el apoyo de un socio canadiense, que ayudó a recaudar fondos para futuras actividades del programa. Francisco ingresó en el hospital, se recuperó nutricionalmente, regresó a la escuela y continuó recibiendo apoyo como niño apadrinado.

Años después, Amílcar se enteró de que Francisco había crecido, se había mudado a Maputo y se había convertido en padre. Para quienes conocieron a aquel frágil niño, su supervivencia fue más que una victoria, fue una prueba de que una intervención realizada con humanidad puede cambiar vidas.

Un propósito que perdura

En el camino, también hubo momentos de tristeza. Mientras trabajaba en Tete, Amílcar perdió a su madre. El deseo de rendirse era fuerte. El apoyo de sus compañeros, líderes y familiares, junto con la fe, fue crucial para seguir adelante.

Hoy, al ver el impacto de su trabajo en las vidas de los niños y las familias, se siente alentado y renovado. “Cada resultado alcanzado aporta una sensación única de satisfacción y refuerza el compromiso con el bienestar sostenible de la infancia”, afirma. De las comunidades ha aprendido que incluso en la escasez, siempre hay conocimiento y sabiduría para valorar.

A los jóvenes que aspiran a una carrera humanitaria, les deja un mensaje claro: la labor humanitaria requiere sacrificio, valentía y corazón. Sin embargo, la transformación de la vida de las comunidades vulnerables es la mayor recompensa.

Después de más de 25 años de servicio, resume su carrera en una frase sencilla pero poderosa: “Mi propósito es el bienestar de los niños y las niñas”.

Inspirado en Colosenses 3:23, “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres”, Amílcar Checo sigue demostrando que cuando el trabajo se hace con propósito, su impacto trasciende generaciones.

Álvaro Malamba es coordinador de Promoción y comunicación de World Vision en Mozambique.

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