Desde finales de enero de 2025, la crisis en Cisjordania se ha agudizado causando la destrucción en varias ciudades y obligando a evacuar varios campos de refugiados.
En el campo de refugiados de Tulkarem una reciente evaluación de los daños estimó que el 36 % de todas las estructuras, incluidas escuelas, hospitales y carreteras, han resultado dañadas o destruidas.
En diciembre de 2025, 30.000 personas continuaban desplazadas en Cisjordania. Muchas de ellas están alojadas en escuelas convertidas apresuradamente en refugios colectivos.
Estas familias, que viven en condiciones de hacinamiento, se enfrentan a una profunda incertidumbre sobre cuándo podrán regresar a sus hogares, o incluso si podrán hacerlo.
Mientras tanto, aumentan las tensiones en las comunidades de acogida, cuyos residentes se preguntan cuándo volverán a estar disponibles sus escuelas para el aprendizaje.
Los niños y niñas son los más afectados por esta crisis. «Estas operaciones han provocado el cierre de muchas escuelas, especialmente en los campos de refugiados de Tulkarem y Nur Shams», afirma Raed Mallak, director técnico de la dirección de Educación de Tulkarem.
«Las familias huyeron repentinamente de sus hogares en busca de seguridad. El impacto psicológico en la infancia ha sido grave: han visto la destrucción, han sufrido el desplazamiento y muchos viven con traumas».
Una de esas niñas es Saeda*, de 11 años que vivía en el campo de refugiados de Tulkarem. Su familia se vio obligada a trasladarse varias veces en solo unas semanas.
«Nunca imaginé que tendría que abandonar mi hogar», dice Saeda. «Todo sucedió muy rápido. Primero nos quedamos con mi tía en Attil [una pequeña aldea en la gobernación de Tulkarem], luego en un refugio abarrotado en la ciudad de Tulkarem. Más tarde, nos trasladamos a otro en la misma ciudad. Cada familia tenía solo una habitación».
Esta situación afectó a todos los aspectos de la vida de Saeda. «No podía dormir por las noches. No dejaba de pensar en nuestra casa, en mi madre, que tiene cáncer, y me preocupaba mucho», dice. «Cambió mucho», añade su madre, Dua'a*. «Se volvió muy callada y retraída. Ya no era la misma niña».
Cuando las escuelas de Tulkarem reabrieron gradualmente, muchas tuvieron que encontrar espacio para niños y niñas desplazados como Saeda, lo que provocó un fuerte aumento del número de alumnos en cada clase.
Los profesores y los orientadores se dieron cuenta rápidamente del impacto emocional que el conflicto había tenido en sus alumnos.
«La crisis en Tulkarem no es solo logística, es emocional», dice Hala*, consejera escolar. «Los niños y niñas luchan por dar sentido a su nueva realidad mientras tratan de mantenerse al día con la escuela. Saeda me llamó la atención. La ansiedad por todas las mudanzas y pérdidas la afectó profundamente».
En respuesta a la creciente emergencia de salud mental, World Vision, en colaboración con el Teacher Creativity Center (TCC) y el Ministerio de Educación, ha puesto en marcha un programa centrado en el aprendizaje social y emocional y el apoyo psicosocial.
Financiada por la Unión Europea, la iniciativa ha formado a profesores y voluntarios universitarios para crear espacios emocionalmente seguros para los niños en 61 escuelas de Cisjordania.
«En Tulkarem, los niños y niñas llevan heridas invisibles: dolor, miedo e inestabilidad», afirma Ahlam*, coordinadora de proyectos del TCC. «A través de actividades como el arte, los juegos, la narración de cuentos y las actividades físicas, les ayudamos a expresar sus sentimientos, aliviar la ansiedad y recuperar la sensación de normalidad».
Estas sesiones están diseñadas para ayudar a la infancia a desarrollar habilidades esenciales para la vida, el bienestar emocional, la resiliencia y las relaciones saludables.
En la escuela de Saeda, el impacto positivo de las sesiones en el bienestar de los niños y niñas se hizo evidente desde el principio. «Al principio, ella dudaba en participar en las actividades», explica Sondos Qwzah, maestra.
«Parecía retraída y le faltaba motivación. Pero en la tercera sesión, empezamos a ver un cambio real, comenzó a sonreír, a participar, a socializar e incluso a reír».
Su hermano, Hisham*, también ha notado la diferencia. «Volvió a ser el mismo: alegre, contando chistes y todavía decidido a cumplir su sueño de convertirse en médico para ayudar a personas como nuestra madre».
«Las sesiones de aprendizaje social y emocional para la infancia no son solo una actividad más para el aula», subraya Ahlam. «Son un salvavidas para los niños y niñas que han perdido su sensación de seguridad. Y están funcionando».
*Todos los nombres han sido cambiado.
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