“La vida cristiana no es una vida solitaria; somos salvados para pertenecer a una comunidad.” John Stott:
Una mañana, alguien me contó algo que me hizo pensar:
Durante meses había seguido fielmente las reuniones de su iglesia, no faltaba a ninguna, abría el ordenador, buscaba el enlace y allí estaba: la predicación, los himnos, las oraciones… todo. Estoy en la iglesia, decía cuando alguien le preguntaba; y en cierto modo, era verdad.
Pero un día alguien enfermó y nadie se enteró, otro hermano atravesaba un momento difícil y nadie sabía cómo encontrarlo. Había una hermana que llevaba semanas necesitando que alguien se sentara a su lado y escuchara sus lágrimas, y él tampoco lo sabía. Conocía las predicaciones, reconocía las voces, sabía a qué hora comenzaba la reunión... pero no conocía demasiado a las personas. Estaba conectado y, sin embargo, estaba solo.
Quizá aquella pequeña historia no sea la de una sola persona, quizá, en mayor o menor medida, pueda ser la de muchos de nosotros; porque vivimos en un tiempo maravilloso, lleno de posibilidades, podemos escuchar una predicación mientras desayunamos, participar en una reunión desde el sofá, enviar un mensaje sin necesidad de desplazarnos y mantenernos informados de todo con apenas unos clics.
La tecnología nos ha acercado muchas cosas, pero también puede hacernos creer que estar conectados es lo mismo que estar unidos... ¡Y no lo es!
La cuestión no es demonizar lo digital, una persona enferma, alguien que está lejos, y que atraviesa una circunstancia excepcional, o quien, por determinadas razones, no puede congregarse físicamente puede encontrar en INTERNET una herramienta extraordinaria, gracias a ella puede escuchar la Palabra, orar con otros y sentirse acompañado.
El problema aparece cuando la excepción se convierte en costumbre, y la comodidad empieza a ocupar el lugar que corresponde a la comunión. Y es que...
¡La iglesia no es solamente algo que vemos; es algo que vivimos!
Pablo no escribió a una pantalla cuando habló de “Sobrellevar los unos las cargas de los otros.....” (Gálatas 6:2) No podemos llevar las cargas de personas que apenas conocemos, no podemos “..... Estimularnos al amor y a las buenas obras” (Hebreos 10:24) manteniendo siempre la distancia que nos resulta más cómoda.
Y hay algo todavía más hermoso: Dios no nos salvó para convertirnos en espectadores de una comunidad, sino para hacernos parte de ella; la iglesia necesita nuestros dones.
Quizá alguien tiene el don de enseñar, otro sabe escuchar, otro anima, otro sirve silenciosamente, otro visita, otro abre su casa, otro sabe acompañar al que está pasando por un valle, otro tiene una palabra oportuna cuando alguien está a punto de rendirse... pero los dones no se desarrollan contemplando desde lejos, los dones necesitan cuerpos, rostros, conversaciones, necesidades y oportunidades de servir.
Una pantalla puede transmitir una predicación, pero no puede abrazar a una persona que llora; puede llevarnos una canción, pero no sustituye necesariamente la mirada de un hermano que nos pregunta: ¿cómo estás de verdad?; puede permitirnos escuchar una oración, pero no siempre nos coloca delante de las necesidades concretas de quienes Dios ha puesto a nuestro alrededor.
Y quizá aquí necesitamos hacernos una pregunta sincera: ¿estoy buscando una iglesia que se adapte a mí, o estoy dispuesto a formar parte de una iglesia a la que también yo debo entregarme? Porque el evangelio nunca nos llamó a vivir una fe diseñada alrededor de nuestra comodidad.
La comodidad puede mantenernos cerca de una iglesia sin permitirnos pertenecer realmente a ella...
Una pantalla puede acercarnos a una reunión, pero no puede vivir la comunión por nosotros...
La iglesia no es un lugar al que asistimos; es una familia a la que pertenecemos...
Hay una diferencia entre escuchar a los hermanos y caminar con los hermanos...
La comunión comienza donde termina la comodidad de permanecer al margen...
Un cristianismo sin comunión corre el riesgo de convertirse en una fe observada desde la distancia...
No se trata de sentirnos culpables porque alguna vez participemos de una reunión desde casa, no se trata de convertir la asistencia presencial en una medida de espiritualidad, y mucho menos de juzgar las circunstancias de otros; porque solamente Dios conoce las batallas que cada uno está librando.
Se trata de algo más profundo: se trata de preguntarnos donde estamos poniendo nuestra comodidad y donde estamos poniendo nuestra entrega. Porque quizá hemos aprendido a estar en todas partes sin estar realmente en ningún sitio, a escuchar mucho y compartir poco, a recibir enseñanzas y ofrecer escasa ayuda, a conocer predicaciones, pero no necesidades, a tener acceso a la iglesia sin llegar a experimentar plenamente la comunión.
¡Y Cristo no nos llamó a ser espectadores, él se entregó por nosotros! Cuando contemplamos la cruz, resulta difícil defender una fe que solamente busca lo que nos resulta cómodo.
Que podamos decir:...
Señor, aquí estoy, no quiero vivir una fe a medias, ponme donde pueda servirte, amar a mis hermanos y ser útil para tu Reino; quiero dejar de ser espectador y volver a ser parte viva de tu cuerpo. Y es que al final, quizá la pregunta no sea cuanto tiempo estuvimos conectados... la pregunta es cuánto de nuestra vida estuvimos dispuestos a entregar.
Recibe el contenido de Protestante Digital directamente en tu WhatsApp. Haz clic aquí para unirte.
