Hay lugares y momentos en los que no sabemos muy bien si estamos descansando… o simplemente parecen puestos ahí por Dios para recordarnos que, incluso después del desierto, existe la sombra... Hoy pienso en las palmeras, bajo las cuales estoy.
Existe un hilo bíblico precioso entre Déborah, Elim y “Bajo sus alas”: tres imágenes distintas de un mismo Dios que sabe encontrarnos en lugares de descanso, de decisión y de refugio; en estos momentos, la Biblia me lleva casi de la mano, a dos sitios muy diferentes: Elim y la palmera de Déborah.
Dos escenarios, dos momentos, dos maneras de encontrarse con Dios; y quizá también dos maneras de entender la vida cristiana.
El primer lugar aparece después de una de las escenas más duras de Israel, el pueblo acaba de atravesar el mar Rojo y comienza a caminar por el desierto; y entonces llega Mara, “Agua amarga”.
Éxodo 15 cuenta que el pueblo no podía beber de aquellas aguas y comenzó a murmurar contra Moisés, pero unos versículos después, sucede algo que me conmueve de modo muy especial: “Y llegaron a Elim, donde había doce fuentes de aguas, y setenta palmeras; y acamparon allí junto a las aguas.”
(Éxodo 15:27)
Después de Mara, Elim, después de lo amargo, agua; después del cansancio, sombra; después de caminar sin saber cuánto faltaba, un lugar donde acampar. Y me gusta pensar que Dios no solamente acompaña a sus hijos cuando tienen que atravesar el desierto; también sabe prepararles un Elim.
A veces creemos que la fe consiste únicamente en resistir, seguir, aguantar, no detenerse; pero Elim nos recuerda algo diferente: también es espiritual saber descansar.
No todo en la vida es batalla, no todo es cruzar mares, no todo es vencer gigantes. Hay momentos en los que Dios simplemente nos dice:¡Quédate aquí un poco, bebe, respira, descansa bajo la sombra!
Las setenta palmeras no eliminaron el desierto, pero hicieron habitable aquel tramo del camino, y quizá eso sea la gracia muchas veces: no quitar inmediatamente el desierto, sino poner una palmera en medio de él.
Me parece hermoso que la Biblia no tenga miedo de mostrarnos a Dios también en los lugares tranquilos, nos hemos acostumbrado a buscarlo en lo extraordinario: en el mar que se abre, en el fuego que cae, en la batalla que se gana; pero a veces Dios está en algo mucho más sencillo... en una fuente, en una palmera, en un poco de sombra... en ese instante en que por fin dejamos de correr. Quizá por eso David pudo escribir:
“En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará.” (Salmo 23:2)
Qué palabra tan contracultural, ¡descansar! No dice solamente que Dios me llevará a lugares donde podré luchar mejor, dice que me hará descansar. Porque hay batallas que no se ganan apretando más los dientes, sino aprendiendo a reposar en aquel que nunca ha dejado de sostenernos y quizá el verdadero Elim no sea solamente un lugar, quizá sea una Persona, y entonces aparece otra imagen bíblica que me parece todavía más íntima, ¡Bajo sus alas!
Me conmueven y emocionan siempre las palabras del Salmo 91: “El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente..... Con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas estarás seguro......”
La Biblia utiliza una imagen sorprendentemente tierna para hablar de Dios: alas, sombra, cobijo, refugio... No siempre necesitamos que Dios nos explique lo que está ocurriendo, en ocasiones necesitamos sentir que estamos a salvo:
¡Bajo sus alas! Como un pequeño pájaro que no entiende el viento, pero conoce el refugio; como quien atraviesa una tormenta sin saber cuánto durará, pero sabe dónde esconderse. Ruth conoció también esa imagen, cuando Booz la bendice, le dice: “Has venido a refugiarte bajo sus alas.” (Rut 2:12)
Tal vez la fe, en algunos momentos, sea exactamente eso, no tener todas las respuestas, pero saber donde poner el corazón.
Y aquí es donde las palmeras comienzan a hablarme de una manera distinta, porque una palmera no deja de ser palmera cuando sopla el viento; se dobla, resiste, y vuelve a levantarse, y quizá por eso la imagen de la palmera ha acompañado tantas veces a la espiritualidad cristiana como símbolo de vida, firmeza y victoria.
Y tal vez por eso hoy, mientras estoy bajo estas palmeras, quiero pensar en un regalo inesperado en mitad del camino, escuchar la voz de mi Señor, y vislumbrar que es lo que me espera después. Un lugar para discernir, para recordar quién soy, y para volver a levantarme cuando llegue el momento.
Porque la sombra de Dios no es una invitación a la pasividad, es el lugar desde el que recuperamos fuerzas para volver a caminar.
Decía Teresa de Ávila algo que parece escrito para estos momentos: “Nada te turbe, nada te espante; todo se pasa, Dios no se muda.”
Todo se pasa, los días difíciles, los días luminosos, las heridas, las incertidumbres, los miedos, incluso estos momentos hermosos... todo pasa; pero Dios permanece, y quizá por eso conviene saborear tanto la sombra cuando nos es concedida; porque no siempre sabemos que estamos viviendo un recuerdo hasta que el tiempo lo convierte en memoria.
Así que hoy quiero quedarme un momento aquí, sin pedirle al día que sea más de lo que es; quiero dejar que el alma beba de estas pequeñas fuentes que Dios pone a veces en nuestro camino. Porque quizá algún día, cuando vuelva a atravesar otro desierto, recordaré este lugar, recordaré que hubo un día en que Dios me hizo descansar junto a las aguas, y entonces comprenderé que Elim nunca fue solamente aquel lugar al que llegó Israel, también fueron esos momentos que Dios fue dejando en mi historia para recordar que bajo las palmeras hay un Dios que lo controla todo y donde el viento mueve las hojas, y en él hay propósito, promesas, verdad, y vida abundante... Y me quedo un ratito más...
¡Bajo las palmeras!
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