¡A todo vapor!… ¿pero hacia dónde?

| Fuente: protestantedigital.com/rss/magacin

¡A todo vapor!… ¿pero hacia dónde?
¡A todo vapor!… ¿pero hacia dónde?

Hay días para remar y hay días para dejar que el agua nos sostenga...

No todo lo que avanza deprisa está llegando a alguna parte...

El mundo cuenta el tiempo por lo que conseguimos; Dios también lo cuenta por lo que aprendemos a recibir...

Hay silencios que no detienen la vida: la vuelven a poner en su sitio...

La prisa quiere llegar primero; la fe quiere llegar con Dios...

Algunas respuestas de Dios solamente se escuchan cuando dejamos de hacer ruido...

Hace algún tiempo escuché una expresión que se me quedó prendida en algún rincón del alma...

¡A todo vapor! ¡Qué expresión tan deliciosa!

Tiene algo de antiguo y algo de impetuoso, creo que casi puedo escuchar el silbido de una locomotora, imaginar el humo elevándose sobre los tejados, sentir el temblor de una máquina que ha recibido la orden de avanzar sin reservas.

¡A todo vapor! Como quien dice: adelante, deprisa, con toda la fuerza, sin detenerse.

Y pensé que quizá hemos aprendido demasiado bien a vivir así... a todo vapor para llegar... a todo vapor para producir... a todo vapor para contestar mensajes, cumplir compromisos, resolver problemas, alcanzar objetivos, aprovechar el día, aprovechar las oportunidades, aprovechar incluso, ¡qué paradoja!, el descanso.

Nos hemos convertido en expertos en estar ocupados y, a veces, hasta en expertos en estar ocupados con Dios. Pero hay una pregunta que me acompaña desde que escuché aquella expresión:

A todo vapor… pero ¿hacia dónde?

Una palabra que viene del humo, “a todo vapor”, no nació entre teléfonos móviles ni agendas saturadas; su imagen viene de la época en que el vapor era una fuerza capaz de mover enormes barcos y locomotoras.

En francés, “à toute vapeur” llegó a significar “a toda velocidad” y aparece documentada desde 1832. En inglés encontramos “full steam ahead”, literalmente “a todo vapor hacia adelante”, utilizada para expresar que algo avanza con toda la energía y velocidad posibles. En portugués se dice “a todo vapor”, y en italiano, “a tutto vapore”.

La metáfora es preciosa porque procede de una realidad muy concreta: cuanto más vapor, más potencia; cuanto más potencia, más velocidad. Y nosotros hemos llevado esa lógica a casi todos los rincones de la existencia:

“A toda máquina”, “a toda mecha”, “a todo gas”, “a toda velocidad”, “a toda pastilla”, “a todo trapo”, “a toda caña”, “en un santiamén”, “en un abrir y cerrar de ojos”, “en un periquete”...

Nuestro idioma incluso parece haber desarrollado una colección entera de pequeñas locomotoras para enseñarnos a no perder tiempo.

Un estudio lingüístico sobre las locuciones españolas de rapidez recoge precisamente muchas de las expresiones citadas anteriormente, como “a toda máquina”, “a toda mecha” o “en un santiamén”; pero Dios no tiene prisa.

Hay algo que me conmueve profundamente en las páginas de la Biblia: Dios nunca parece estar sometido a nuestra ansiedad.

Nosotros corremos, él espera; nosotros calculamos, él contempla; nosotros decimos: ¡ya!, y él, muchas veces, parece decir: ¡quédate aquí un poco más! No porque Dios sea lento, sino porque él no confunde velocidad con propósito.

Jesús mismo, después de una jornada intensa, dijo a sus discípulos: “Venid vosotros aparte a un lugar desierto y descansad un poco.” (Marcos 6:31)

Qué frase tan sencilla y qué revolucionaria... “venid aparte.” No dice: corred un poco más..., no dice: aprovechad el impulso..., no dice: todavía quedan cosas por hacer; dice: ¡venid aparte!

Y después: ¡descansad! Porque hay momentos en los que el acto más espiritual que podemos realizar no es hacer algo para Dios, sino detenernos delante de él.

Hay una forma de cansancio que no procede únicamente de haber hecho demasiado, procede de haber vivido demasiado tiempo sin estar interiormente presentes, el cuerpo está aquí, pero el pensamiento está en mañana.

Estamos desayunando y ya estamos resolviendo la tarde; estamos con nuestros hijos, pero pensamos en lo que falta por hacer; estamos orando y, de repente, nuestra mente está contestando un correo; abrimos la Biblia, pero llevamos dentro una agenda entera; nos sentamos delante de nuestro Dios y sentimos que deberíamos estar haciendo otra cosa; en definitiva: ¡el gran peligro de correr delante de él!

Y quizá una de las mayores batallas espirituales de nuestro tiempo sea esta: aprender a estar con Dios sin sentir que estamos perdiendo el tiempo.

Porque el mundo nos ha enseñado que el tiempo que no produce algo es tiempo perdido, pero el Evangelio nos recuerda otra cosa.

Hay tiempos que no producen resultados visibles y, sin embargo, producen raíces; hay silencios que no parecen avanzar y, sin embargo, nos devuelven el alma; hay mañanas en las que no conseguimos “hacer” gran cosa, pero permanecemos unos minutos con Dios, y salimos de allí diferentes... ¡no hemos conquistado el día, pero hemos encontrado a aquel que sostiene el día!

No todo lo urgente es importante, y tal vez necesitamos recuperar una pregunta que hemos olvidado:

¿Es urgente o simplemente hace ruido?, porque el ruido tiene una habilidad extraordinaria para disfrazarse de necesidad. Todo parece reclamar nuestra atención, todo parece inmediato, todo parece necesitar una respuesta.

Y mientras atendemos cada pequeño incendio, quizá dejamos sin regar aquello que verdaderamente importa.... Nuestras almas, nuestra familia, nuestra comunión con Dios, nuestro silencio, nuestra capacidad de contemplar, nuestra gratitud, nuestra ternura, nuestra vida interior.

Hay una espiritualidad que solamente puede crecer cuando nos detenemos, porque algunas cosas de Dios no se reciben corriendo, se reciben permaneciendo en la fuerza de la quietud.

Quizá no necesitamos más vapor, a veces le pedimos a Dios fuerzas para seguir corriendo, cuando lo que él quiere darnos es permiso para parar. Quizá hoy no necesitamos otra dosis de motivación, quizá necesitamos una silla, una habitación en silencio, una Biblia abierta, una taza de café que se enfríe lentamente, una ventana, un amanecer y tiempo con nuestro Dios en el que podamos decir...

Señor, aquí estoy, no tengo que demostrarte nada, no tengo que impresionarte, no tengo que correr.... ¡Solamente quiero estar contigo!

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