Vivimos en un tiempo extraño para la amistad, tenemos cientos de contactos, seguidores, personas a las que vemos aparecer cada día en una pantalla... podemos saber donde están, qué han comido, donde han viajado o qué piensan de casi cualquier cosa.
Y, sin embargo, quizá nunca hemos estado tan necesitados de amigos, y es que conocer a alguien no es lo mismo que caminar a su lado; tener un contacto no significa tener un vínculo, compartir fotografías no significa compartir la vida, porque la amistad verdadera no necesita notificaciones, la amistad verdadera permanece.
Hay amigos que llegaron cuando éramos niños y, aunque los años hayan cambiado nuestros rostros, nuestras casas, nuestras circunstancias y hasta nuestros silencios, siguen ocupando el mismo lugar en el corazón. Hay otros que se fueron demasiado pronto, ya no podemos llamarlos, ni abrazarlos, ni escuchar su voz... pero siguen viviendo en esa habitación secreta de la memoria donde el amor guarda aquello que la muerte no consigue borrar. Y hay amigos que llegaron un día, casi sin hacer ruido, y terminaron convirtiéndose en parte de nuestra historia, a esos amigos yo los cuento con los dedos de una mano... y, si soy sincera, me sobran dedos; porque la amistad verdadera necesita tiempo.
Me encanta una antigua frase atribuida a Aristóteles: “Desear ser amigos es un trabajo rápido; pero la amistad es un fruto que madura lentamente.”
Que razón, lo verdaderamente hermoso de una amistad no suele suceder en un día, sucede después; después de muchas conversaciones, después de haber llorado juntos, después de haber celebrado, después de haber perdonado, después de haberse visto débiles, después de conocer las heridas del otro y decidir quedarse.
El amigo verdadero sabe dónde encontrarte cuando la vida se pone cuesta arriba, y quizá por eso la amistad se parece tanto a un árbol: primero es apenas una semilla, luego una pequeña sombra, y un día descubres que bajo sus ramas has vivido algunos de los momentos más importantes de tu vida.
Hay una historia real que siempre me ha parecido una preciosa fotografía de lo que significa permanecer. Cuando Helen Keller era todavía una niña, su mundo estaba encerrado en el silencio y la oscuridad. Anne Sullivan llegó a su vida como su maestra, pero terminó siendo muchísimo más. Sullivan no se limitó a enseñarle palabras, permaneció junto a ella durante años acompañándola en su aprendizaje, en sus dificultades, en sus triunfos y en sus días más complicados. Helen Keller llegó a decir de ella que su maestra era su “puerta al mundo”, y quizá eso sea también la amistad algunas veces, alguien que llega hasta donde nosotros no podemos llegar y nos ayuda a descubrir que todavía existe un mundo al otro lado de nuestra oscuridad.
Anne Sullivan murió en 1936, pero la huella de aquella amistad permaneció mucho después de que su voz se apagara... y es que hay personas que no solamente pasan por nuestra vida, la transforman.
El amigo no siempre necesita palabras, la amistad verdadera también sabe guardar silencio; no tiene que estar demostrando constantemente que existe, porque hay amigos con los que podemos pasar meses sin hablar y, cuando volvemos a encontrarnos, parece que el tiempo no hubiera pasado, y es que ciertas amistades no viven de la frecuencia, viven de la profundidad. Hay una forma de querer que no pregunta cuántas veces llamaste, sino que sabe que, cuando llegue el momento, estará.
“Un amigo es alguien que conoce la canción de tu corazón y puede cantártela cuando has olvidado la letra”. Se ha atribuido a diversas fuentes esta hermosa idea, y aunque su autoría no sea segura, expresa algo profundamente verdadero: un amigo puede recordarnos quienes somos cuando nosotros mismos lo hemos olvidado.
La Escritura lo dice con una sencillez que me conmueve: “En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia” (Proverbios 17:17).
Y, sinceramente, creo que aquí radica la diferencia entre un verdadero amigo y un simple conocido. ¡Qué misterioso es el corazón humano! En ocasiones podemos seguir adelante, volver a reír, hacer nuevos caminos... y, sin embargo, basta una canción, una calle, un perfume, una fotografía o una fecha, para que alguien que partió hace años vuelva a sentarse un instante junto a nosotros.
Algunos amigos se convierten en “ángeles” de la memoria, porque su recuerdo adquiere una especie de luz, simplemente los llevamos dentro, y quizá una de las formas más hermosas de honrar una amistad perdida sea seguir agradeciendo a Dios por haberla tenido. Pero hay una amistad que va todavía más lejos, y aquí llego a lo que para mí es lo más hermoso, porque yo creo profundamente en la amistad humana, pero también sé que ningún ser humano puede ocupar el lugar que solamente pertenece a Cristo y él...
¡Es el amigo que nunca se marcha! Jesús no llamó simplemente “servidores” a los suyos, nos llamó amigos: "Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer” (Juan 15:15).
¡Qué palabra tan inmensa, amigos de Cristo! El mismo que conoce cada rincón de nuestra historia, el que conoce lo que mostramos y lo que escondemos, el que sabe lo que fuimos, lo que somos y aquello que todavía llegaremos a ser...... Y aún sabiéndolo todo, se queda.
Por eso, cuando pienso en mis amigos, doy gracias. Pero doy gracias, sobre todo, por aquel que me enseñó que el amor verdadero no consiste solamente en decir “te quiero”, sino en entregar la vida. Jesús no fue amigo únicamente con palabras, él llevó hasta la cruz su amistad por nosotros.
Sé muy bien que los amigos verdaderos son un regalo muy especial, pero sobre todas las amistades de esta vida, hay una que quiero cuidar por encima de todas, la de Jesús...
El amigo que no se cansa de nosotros, el amigo que no se aleja en nuestra noche, el amigo que conoce nuestra historia completa y aún así nos ama, el amigo que no solamente caminó a nuestro lado: caminó hacia la cruz por nosotros. Y entonces comprendo que los amigos verdaderos son uno de los regalos más delicados que Dios pone en nuestro camino, pero Cristo...
¡Cristo no es solamente un regalo en el camino! Y qué hermoso será llegar al final de nuestros días habiendo amado y cuidado las amistades que Dios nos regaló, mientras descansamos con el corazón rendido en los brazos de aquel que prometió estar con nosotros todos los días, hasta el fin, porque los amigos verdaderos se quedan en el corazón...
¡Pero Jesús se queda para siempre!
