Así oraba Ester

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Así oraba Ester
Así oraba Ester

Hay mujeres que nacen para hacer ruido... y otras que son levantadas por Dios en el silencio, Ester pertenecía a las segundas.

No llegó al palacio haciendo alarde de fuerza, no llevaba una espada en las manos, ni discursos preparados, ni una historia fácil que contar. Era una huérfana, una muchacha judía escondiendo sus raíces en tierra extraña, una flor creciendo en medio del exilio.

Hadassah... mirto frágil y perfumado... Ester… estrella persa brillando bajo un cielo que no era el suyo. Y quizás por eso tantas veces nos reconocemos en ella, porque hay batallas que no se libran gritando, sino llorando en secreto delante de Dios, porque hay mujeres que parecen pequeñas a los ojos del mundo... hasta que el cielo decide sostenerlas.

Ester sabía algo que muchos olvidan: que antes de entrar a la sala del rey, había que entrar al lugar de la rendición.

La oración que nació del miedo

El libro de Ester no menciona directamente el nombre de Dios, y sin embargo, él está en cada página.... Está en las coincidencias, en los retrasos, en las puertas que se abren, en las noches de insomnio del rey, y en la valentía inesperada de una joven aterrada.

Porque la fe verdadera no es ausencia de miedo, es avanzar mientras el corazón todavía tiembla.

Cuando Amán decretó la destrucción del pueblo judío, Ester entendió que ya no podía esconderse detrás de la comodidad del palacio, y entonces pronunció una de las frases más desgarradoras y valientes de toda la Escritura: “Y si perezco, que perezca.”

No fue arrogancia, no fue heroísmo humano.... ¡Fue rendición! Era como decir: “Señor... mi vida ya no me pertenece, haz conmigo lo que quieras.”

Y ahí comenzó la verdadera oración de Ester..... No una oración adornada, no una oración religiosa; sino esa que nace cuando el alma deja de defenderse y se entrega por completo.

El ayuno que sostuvo una nación

Antes de hablar con el rey, Ester pidió ayuno; eso siempre me conmueve. Porque teniendo belleza, posición y privilegios... entendió que nada de eso bastaba.

Había puertas que sólo podían abrirse cuando alguien doblaba las rodillas, ella sabía que la batalla visible se decidiría primero en el mundo invisible, y quizá ahí está una de las lecciones más profundas de Ester: las mujeres más fuertes no siempre son las que más hablan... sino las que más dependen de Dios.

La reina que nunca dejó de ser Hadassah

Aunque llevaba corona, Ester nunca dejó de recordar quién era. ¡Eso es precioso! El palacio no borró su esencia, la fama no le robó la ternura, el poder no endureció su corazón, siguió siendo aquella muchacha sensible que lloraba por su pueblo.

Y tal vez ahí reside la belleza más grande de las personas usadas por Dios: siguen teniendo un corazón blando. Hay gente que, después de sufrir, se vuelve fría, pero otros... después de sufrir, se vuelven refugio.

Ester fue una de ellas; y eso también ocurre con nosotros. La vida puede ponernos nombres basados en heridas, decepciones o temporadas difíciles... pero Dios sigue mirando aquello que sembró en nuestro interior desde el principio.

Él sigue viendo la mujer sensible debajo de la armadura, la niña herida debajo de la sonrisa fuerte, la estrella escondida debajo del polvo del cansancio.

Y cuando Dios decide levantar a alguien, no necesita perfección, ¡sólo un corazón dispuesto!

Tal vez hoy tú también estés delante de una puerta que te asusta, una conversación difícil, una espera larga, una decisión dolorosa, un paso que parece más grande que tus fuerzas... entonces recuerda a Ester.

Recuerda que las personas rendidas son peligrosamente poderosas en las manos de Dios; no necesitas entrar confiando en ti, ¡necesitas entrar confiando en él!

Y quizá tu oración en estos momentos no tenga muchas palabras... quizá baste con decir con humildad: “Señor... aquí estoy, si tengo que temblar, temblaré, pero no quiero vivir escondiéndome de aquello para lo que tú me llamaste.”

Porque al final, las historias más hermosas no son las de quienes nunca tuvieron miedo; sino las de quienes caminaron de la mano de Dios aún con el corazón latiendo deprisa.

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