Dios no necesita personas perfectas; necesita corazones rendidos...
La gracia no borra el pasado, pero sí escribe un futuro nuevo...
Hay caídas que terminan siendo el lugar exacto donde aprendemos a depender de Dios...
Se cuenta la historia de un viejo alfarero que trabajaba cada mañana en silencio, sus manos conocían el barro como quien conoce el corazón humano: sabía cuándo estaba demasiado seco, cuándo necesitaba agua… y cuándo parecía imposible de reparar.
Un día, mientras moldeaba una vasija hermosa, esta cayó al suelo y se quebró. Un muchacho que observaba la escena pensó que el anciano la tiraría al fuego para deshacerse de ella; pero el alfarero sonrió, recogió cada pedazo y dijo: todavía no he terminado con ella, y volvió a amasarla entre sus manos.
A veces, esa vasija somos nosotros, hay momentos en los que creemos haber arruinado demasiadas cosas... palabras dichas, decisiones equivocadas, tiempos perdidos, puertas cerradas por nuestra propia torpeza.
Pero el Dios de la Biblia jamás ha sido experto en desechar personas; él es experto en restaurarlas.
El Dios de las segundas oportunidades... y de las terceras, y las cuartas...
Porque Abraham mintió por miedo, y aún así Dios mantuvo su promesa.
David cayó profundamente, y aún así halló misericordia cuando se quebrantó delante del Señor.
Jonás huyó, pero Dios lo volvió a llamar.
Pedro negó a Jesús con labios temblorosos, y terminó predicando con fuego delante de multitudes.
Y luego está aquella historia tan humana y tan divina a la vez... y tan hermosa: Bernabé creyendo en Juan Marcos cuando otros ya no querían llevarlo consigo.
El joven que abandonó un viaje misionero terminó siendo útil para el ministerio, tanto que años después Pablo escribió: “Toma a Marcos y tráele contigo, porque me es útil para el ministerio.” 2ª Timoteo 4:11
¡Qué ternura tiene Dios! Él ve utilidad donde otros sólo ven fracaso. A veces pensamos que nuestro error nos define, pero la gracia de Dios tiene la costumbre de hablar más fuerte que nuestra culpa. El enemigo señala las ruinas; Dios mira los cimientos y dice: “Todavía puedo levantar algo hermoso aquí.”
Me parece deliciosa esta frase de Elisabeth Elliot, tan deliciosa como ella: “Dios nunca desperdicia una vida entregada a él, ni siquiera después del fracaso.”
Y quizás hoy, mientras escribo estas palabras, entiendo algo profundamente personal: yo también he necesitado segundas oportunidades...
He sido Abraham dudando... David llorando... Pedro quebrándose por dentro... Juan Marcos sintiéndose insuficiente..... ¡Y aun así, Dios no me soltó!
Y es que...
“Por la misericordia del Señor no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana.” Lamentaciones 3:22-23
“El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.” Filipenses 1:6
Hoy no quiero vivir escondiéndome entre mis errores, quiero descansar en las manos del Alfarero; porque si él todavía trabaja conmigo, entonces aún hay esperanza, y con el alma tranquila, casi en un dulce y suave susurro, le digo:
“Señor... gracias por no rendirte conmigo, gracias porque cuando pensé que todo estaba roto, tú comenzaste de nuevo. Haz de mi vida lo que quieras... aunque tengas que volver a moldearme entre lágrimas, me rindo a tus manos; porque nadie restaura como tú.”
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