No todos los grandes movimientos de Dios empiezan con multitudes, milagros espectaculares o templos llenos.
Algunos comienzan junto a un río, con un pequeño grupo de mujeres, y con un corazón dispuesto a escuchar.
Así empieza la historia de Lidia de Tiatira, una mujer que no predicó sermones, pero cuya fe abrió una puerta por la que entró el cristianismo en Europa.
Un mundo en movimiento y un Dios que guía
Estamos en Hechos 16. El evangelio está avanzando, cruzando fronteras culturales y geográficas. Pablo tiene un plan… pero Dios tiene otro.
“Se les prohibió por el Espíritu Santo hablar la palabra en Asia” Hch 16:6-10
Dios redirige, cierra caminos, abre otros. Y finalmente, una visión nocturna empuja a Pablo a Macedonia. Nada es casual, el cielo está coreografiando un encuentro.
Filipos era una colonia romana, orgullosa, militar, poco religiosa. No había sinagoga formal; eso ya nos dice algo. Pero donde no hay edificio, hay río. Y donde hay río, hay buscadores de Dios.
Lidia: una mujer entre dos mundos
El texto nos presenta a Lidia con pocas palabras, pero cargadas de significado:
“Entonces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios…” Hch 16:14
-
Era extranjera (de Asia Menor).
-
Era empresaria (la púrpura era un lujo reservado a la élite).
-
Era temerosa de Dios, pero aún no conocía a Cristo.
Lidia representa a muchas personas hoy: Personas trabajadoras, espirituales, responsables… pero con una fe que todavía no ha encontrado a Jesús en el centro.
El verdadero milagro: un corazón abierto
Aquí llega una de las frases más hermosas de todo Hechos: “El Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía” Hch 16:14
-
No dice que Pablo la convenció.
-
No dice que ella era especialmente lista.
-
Dice que Dios abrió su corazón.
La fe cristiana no empieza en la mente, empieza en el corazón tocado por Dios.
Escuchar es un regalo concedido por el creer en su gracia inmerecida y preciosa.
-
Podemos oír muchos sermones… y seguir cerrados.
-
O podemos oír una sola palabra… y que nos cambie la vida.
Una fe que se nota: de oyente a anfitriona
La conversión de Lidia no se queda en lo interior:
“Y cuando fue bautizada, y su familia, nos rogó diciendo: Si habéis juzgado que yo sea fiel al Señor, entrad en mi casa…” Hch 16:15
La fe verdadera abre la casa, no solo el corazón.
Lidia convierte su hogar en el primer punto de apoyo de la iglesia en Filipos.
Probablemente, en esa casa nació la comunidad a la que más tarde Pablo escribiría: “La carta a los Filipenses”, la carta del gozo.
Hace años, una mujer en una gran ciudad europea abrió su casa para un pequeño grupo de oración. No era pastora, no era teóloga; solo tenía un comedor, café caliente y un corazón disponible.
-
Ese grupo creció.
-
Alguien invitó a otro.
-
Alguien encontró a Cristo.
-
Hoy, de aquella mesa nació una iglesia viva.
Dios sigue haciendo lo mismo. Sigue buscando Lidias modernas.
Lidia nos desafía con preguntas muy actuales:
-
¿Estoy ocupado, pero abierto a Dios?
-
¿Mi fe se queda en lo privado o transforma mi entorno?
-
¿Es mi casa, mi agenda, mi vida… un espacio donde Dios puede comenzar algo nuevo?
A veces no somos llamados a predicar en plazas, sino a escuchar junto al río y a abrir una puerta.
Lidia no sabía que su “sí” cambiaría la historia del cristianismo en Europa.
-
Solo sabía escuchar.
-
Solo supo abrir su corazón.
-
Y después, su casa.
Nunca subestimes lo que Dios puede hacer con un corazón abierto.
Nunca subestimes una obediencia sencilla.
Tal vez hoy Dios no te pide que vayas lejos… sino que dejes que él abra tu corazón y que tu vida se convierta en un lugar donde otros puedan encontrarse con Cristo. Porque cuando Dios abre un corazón, el mundo nunca vuelve a ser el mismo.
Quiero terminar con la historia de una mujer que cuando era jovencita cambió mi vida; me habló de ella regalándome un libro, Isabel Pomeroy, esposa del amado pastor de mi niñez y juventud, Jorge Davis:
La historia de Mary Slessor (1848–1915)
Mary Slessor nació en Escocia, en una familia pobre, marcada por el alcoholismo de su padre. Desde niña trabajó en una fábrica textil para ayudar a sostener a su madre y a sus hermanos.
No tuvo estudios formales destacados, no tenía recursos, no tenía influencia, no tenía apellido famoso. Pero tenía el corazón abierto.
Leyó sobre las misiones en África y sintió el llamado. No era predicadora reconocida, ni era teóloga famosa. Era una mujer común que creyó que si Dios abría su corazón, él también abriría camino.
Llegó sola a Calabar, en lo que hoy es Nigeria y allí encontró una práctica cultural devastadora: cuando nacían gemelos, se creía que eran una maldición, y los bebés eran abandonados o asesinados.
Mary no organizó una gran campaña, no tenía plataformas. No tenía redes sociales, pero tenía algo más poderoso: disponibilidad.
Empezó a recoger a esos niños, uno por uno; los llevó a su casa, los alimentó, los crió, los llamó por su nombre... se convirtió en madre de muchos que estaban destinados a morir.
Intervino en guerras tribales, caminó kilómetros bajo el sol, negoció paz entre aldeas, defendió a mujeres acusadas injustamente; y todo esto sin buscar reconocimiento.
Cuando murió, miles de personas, africanos que antes desconfiaban de los extranjeros, lloraron su partida y el gobierno colonial cerró oficinas en su honor.
Pero lo más importante: generaciones vivieron porque una mujer decidió poner lo suyo en las manos de Dios.
Mary no hizo milagros espectaculares, fue un milagro silencioso
Como Lidia....
-
Una abrió su casa.
-
La otra abrió su vida.
-
Y en ambas, Dios abrió territorios.
-
Lidia no predicó sermones registrados, no escribió cartas que formen parte del Nuevo Testamento. Pero abrió su casa… y esa casa se convirtió en iglesia.
-
Mary no tuvo fama mundial en su tiempo, no buscó plataformas. Pero abrió sus brazos… y esos brazos se convirtieron en salvación para muchos.
Tal vez el mayor milagro no es cuando Dios abre el mar.
Tal vez el mayor milagro es cuando Dios abre un corazón; porque cuando Dios abre un corazón, una casa se convierte en altar, una mesa se convierte en misión, y una vida común se convierte en historia eterna.
Señor de mi vida...
Si vas a hacer algo grande en esta tierra, empieza abriendo mi corazón.
Haz de mi casa tu hogar, de mis recursos tu instrumento, de mi agenda tu propósito, y de mi vida… un milagro silencioso para tu gloria.
Señor, abre mi corazón como el de Lidia, como el de Mary y haz de todo lo que soy un territorio donde tu Reino florezca.
Recibe el contenido de Protestante Digital directamente en tu WhatsApp. Haz clic aquí para unirte.
