Cuando la tierra gime y el corazón ora... El Rey ya viene… y nos encuentre velando

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Cuando la tierra gime y el corazón ora... El Rey ya viene… y nos encuentre velando
Cuando la tierra gime y el corazón ora... El Rey ya viene… y nos encuentre velando

España me dolía en los ojos aquella noche!

Las lágrimas no eran solo mías: caían con la lluvia de la borrasca Ingrid, que viví en primera persona, cuando el viento parecía arrancar certezas y los trenes, como los de Adamuz, quedaban suspendidos entre la fragilidad humana y la fuerza indomable de la creación. En estos momentos no teorizo, siento. Y el alma desnuda, aprende a orar sin palabras.

La Escritura no es ajena a este gemido, el apóstol Pablo lo expresó con una claridad que hoy resulta casi física:

“Sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora”- Romanos 8:22

No son solo tormentas, ni inundaciones, ni fallos de infraestructuras; es el clamor de un mundo herido, que espera redención.

Del temblor cercano al ruido global

Lo que comenzó como experiencia local, España azotada por borrascas brutales, y un accidente de trenes increíble, se abre inevitablemente al mundo entero.

Escuchamos nombres y conflictos como un rosario de preocupaciones: Trump y la polarización, Venezuela y su sufrimiento prolongado, Groenlandia, el deshielo silencioso y la pretendida intervención de Trump; Ucrania y la guerra que no termina, y tantos otros escenarios donde la dignidad humana parece estar siempre al borde.

Y no pretendo para nada entrar en política, simplemente cito algunas de las muchas cosas que están ocurriendo... China, la gran potencia “dormida”...

No es nuevo, lo nuevo es la intensidad y la simultaneidad. Todo ocurre a la vez. Todo llega a la vez. Y el corazón humano limitado, se cansa.

Sin embargo, la Biblia nunca nos invita al pánico. Nos llama a la vigilancia amorosa.

Y aquí no puedo por menos que recordar las palabras de la Escritura: “Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre.” Mateo 24:36

Por eso, hablar de que “el Rey ya viene” no es una amenaza ni un cálculo secreto, es una esperanza humilde, libre de fechas. Llena de miedos para unos y de esperanza para otros.

No descifrar arcanos, sino vivir el Evangelio

No estamos llamados a interpretar los misterios que reposan en la mente de Dios, sino a encarnar el amor que él ya nos reveló.

Agustín de Hipona lo expresó con una sencillez impresionante: “Si comprendes, no es Dios”

Y sin embargo, aunque no comprendamos del todo, podemos amar del todo.

Podemos consolar al que llora.

Podemos cuidar la creación que gime.

Podemos negarnos a la indiferencia.

Teresa de Ávila lo dijo con valentía luminosa:

“Cristo no tiene cuerpo ahora sino el tuyo.”

Tal vez el “fin” que tanto se anuncia no sea primero el del mundo, sino el de nuestra autosuficiencia, de nuestra dureza, de nuestra falsa seguridad.

Una espera que transforma

La última palabra de la Biblia no es miedo, sino deseo: “Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente... El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve. Amén; sí, ven, Señor Jesús.” Apocalipsis 22:17-20

No es un grito desesperado, sino una oración confiada.

El Rey viene, sí.

Pero viene como luz, no como pánico.

Como justicia, no como venganza.

Como amor que restaura, no como catástrofe que destruye.

Para pensar…

Las tormentas, las del cielo y las del mundo, no nos piden que adivinemos el futuro, sino que vivamos mejor el presente.

Que lloremos con los que lloran.

Que esperemos sin miedo.

Que amemos sin reservas.

Porque cuando el Rey venga, sea hoy, mañana o cuando tenga en su pensamiento, no preguntará cuánto supimos, sino cuánto amamos.

Y tal vez entonces, incluso en medio del viento y la lluvia, seremos más conscientes de que nunca estuvimos solos.

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