“Conocer el océano es conocer nuestra propia historia” Sylvia Earle
“No podemos vivir sin el océano, él da forma a la vida en la Tierra.” Sylvia Earle
“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.” Salmo 19:1
Sylvia Earle nació en 1935 y todavía vive, es una mujer a la que admiro por miles de cosas.
Bióloga marina, exploradora y activista estadounidense, apodada como... "Dama de las profundidades", pionera en exploración submarina, la primera mujer científica jefe de la NOAA y fundadora de Mission Blue para proteger los océanos.
Ha pasado miles de horas bajo el mar, liderado más de 100 expediciones y ostenta récords de inmersión, siendo reconocida globalmente por su trabajo en conservación, como el Premio Princesa de Asturias de la Concordia en 2018.
Continúa su labor como "Leyenda Viviente" (Biblioteca del Congreso) para asegurar la salud de los océanos, fundamentales para la vida en la Tierra.
Sylvia Earle no habla del mar como un recurso, sino como un hogar vivo, su mirada no es de dominio, sino de reverencia; hay en su forma de investigar una actitud que recuerda al primer mandato dado al ser humano:
“Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase.” Génesis 2:15
No explotar, sino guardar.
No poseer, sino cuidar.
Los arrecifes de coral, a los que Earle ha dedicado especial atención, son como catedrales submarinas: frágiles, coloridas, llenas de vida interdependiente. Cuando caen, no cae solo la belleza, cae el equilibrio.
Mission Blue no es solo una organización científica, es una misión con alma; sus Hope Spots nos recuerdan que aún hay lugares que pueden sanar… si cambiamos.
Aquí el mensaje se vuelve profundamente humano y, si se quiere, profundamente cristiano: la esperanza no es pasiva, la esperanza se trabaja.
Sylvia Earle nos confronta con una pregunta incómoda: ¿Qué estamos haciendo con lo que se nos confió?
El planeta no nos pertenece; lo habitábamos antes de entenderlo y lo seguiremos necesitando después de agotarlo… o de sanarlo.
No olvidemos nunca las palabras de la Escritura...
“De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan.” Salmo 24:1
Desde esta mirada, proteger los arrecifes no es una moda ecológica, es un acto de justicia intergeneracional. Es amar al prójimo que aún no ha nacido.
“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.” Salmo 19:1
Sylvia Earle no grita; advierte con ternura, nos dice que aún estamos a tiempo, pero no para siempre. El coral no espera, el océano no negocia, la vida responde a nuestras decisiones.
Tal vez la pregunta no sea qué está pasando con los océanos, sino qué está pasando con nuestro corazón; porque cuidar el azul es aprender a vivir con límites, a amar lo que no nos pertenece, a proteger lo que no puede defenderse solo. Y hoy, el océano... silencioso, inmenso, herido... nos está pidiendo fidelidad.
¡Sí! La pregunta decisiva no es qué está pasando con los océanos, sino qué está pasando con nuestro corazón.
Cuidar el azul es una forma de fidelidad, cuando la ciencia se convierte en vocación, deja de ser mera observadora del mundo y asume su responsabilidad ante él. El azul del cielo y del agua no nos pertenece: nos ha sido confiado como don y como tarea. Frente a la tentación de usar sin medir y avanzar sin mirar atrás, cuidar el azul es un acto de valentía espiritual, es elegir la custodia frente al dominio, el servicio frente al beneficio inmediato. Tal vez entonces la ciencia alcance su verdad más honda: cuando, iluminada por la fe, se atreve a cuidar la creación no como dueña, sino como guardiana, sabiendo que en cada gesto de cuidado también responde al llamado del Creador.
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