Por unos días, la doctora nos confundió: casi con total seguridad nos dijo que esperábamos dos niños. ¡Uff! Suspiré aliviada... hasta que supimos la verdad: en mi vientre crecían dos niñas que algún día serían mujeres adultas en este mundo desigual. Pero también surgieron muchos otros pensamientos esperanzadores: quizá creceríais en un mundo capaz de miraros como Jesús miró a las mujeres —pensé—.
Pero hoy la desigualdad sigue vigente, y no me refiero solo a la sociedad, al ámbito laboral o político, me refiero también al entorno cristiano.
Porque sí, es una realidad inevitable: la “iglesia” os fallará. Tal como lo leéis, porque la iglesia no es otra cosa que personas en proceso, como nosotras, cada una con su propio aprendizaje. Y eso está bien, de verdad, nos permite entrenar el amor al prójimo de formas que jamás podríamos imaginar por nuestras propias fuerzas.
Es precisamente ahí donde Dios se hace fuerte en nosotras. Donde su amor es el único que puede unir a personas tan diversas. Por supuesto, amar al prójimo también conlleva respetar sus procesos, pero, además, si es necesario, protegernos de ellos.
Esto que os explico tiene más sentido cuando entendemos que todos, en mayor o menor medida, estamos rotos, heridos, cojos emocionales, ciegos espirituales. Nos encontramos unos con otros en medio de nuestras propias batallas y nos "golpeamos" sin poder evitarlo.
Os lo he dicho, mis chiquitinas: lo roto corta, lo herido hiere. Lo que está distorsionado deforma y esta vida nos confrontará, aunque lo queramos evitar, con reflejos de nosotras que otros proyectarán, y que poco tienen que ver con la maravillosa creación que Dios ha hecho con cada ser humano.
Y es que, pequeñas, lamentándolo mucho, esto va a ocurrir porque sois mujeres.
Las personas que sois y vuestro propósito en la vida nada tienen que ver con la descripción mediocre que está o aquella persona haga de vosotras. No creáis los discursos de personas que, con la Biblia en la mano, aún hoy se atreven a imponer “enseñanzas” malinterpretadas y usadas para oprimir a las mujeres por su género.
Porque quizá un día os preguntéis: “¿Están creyendo en el mismo Dios en el que yo creo?”.
Porque el Dios de la Biblia creció en el vientre de una mujer valiente, una mujer que no se quedó a la sombra de su marido.
Caminó rodeado de discípulas, no solo para que se encargaran de la limpieza.
Dio voz a una mujer enferma para que declarara que él era su Señor, y no para testificar en una reunión de mujeres, sino en medio de la multitud.
Elogió a María por sentarse a aprender a sus pies, no solo por servirle la comida.
Reconoció la voz de la mujer, su fe, su dignidad.
Desafió los roles de su tiempo.
Nos dio el lugar que siempre nos había pertenecido.
Jesús no solo incluyó a las mujeres.
Jesús las rescató y les devolvió su voz.
Mostró que la fe y la misión no dependen del género.
Ese mismo Dios vino a deciros, como a María Magdalena, que sois capaces de alzar la voz, sois capaces de contar el mensaje más increíble de la historia de la humanidad. Y sí, siendo mujeres también lo sois.
Cuando os quieran colocar en las clases de niños porque piensen que solo en ese entorno sois válidas (como si, por cierto, los menores fueran personas de segunda clase o algo similar) recordar esto:
Sois hijas de Dios, de un Dios que vino a recordar que el ser humano, en todas sus formas, sus nacionalidades y sus colores, es válido siendo como es.
Porque cuando tengáis dudas sobre vuestra capacidad, desarrollo y trabajo en la iglesia y fuera de ella, mirad a Jesús:
“Tratad a los demás como yo os he tratado.” (Juan 13:15)
Así que, pequeñas, recordad siempre: sois hijas de un Dios que os ama tal como sois. Vuestra voz tiene valor. Vuestra fe tiene poder. No dejéis que nadie os diga lo contrario. Alzad la voz: vuestra dignidad y vuestro propósito dependen solo de Él.
