¿Qué te hace renunciar a un sueño al que has dedicado tres años de tu vida? ¿En qué momento comienzas a moverte por inercia, siguiendo a tu maestro, pero tu corazón está realmente perdido?
Un día Jesús encontró a Judas, pero Judas nunca llegó a encontrar a Jesús. O al menos no al Jesús que él esperaba. Judas se atascó en el milagro, en las muestras espectaculares de poder, en el deseo de que Jesús se mostrara poderoso, superhéroe, obcecado con la idea de que Jesús fuera lo que nunca vino a ser.
Judas no entendía de procesos; quería saciar su sed de un salvador tapagujeros. Necesitaba que Jesús fuera el que se tirara de lo alto del templo para mostrar cómo sus ángeles poderosos lo recogían. Quizás pensó que es exactamente lo que provocaría cuando lo entregó: que Jesús por fin reaccionaría ante el pueblo si precipitaba su arresto. Eso haría que el superhéroe que él tenía en su cabeza se pusiera su traje anti latigazos, su casco reforzado para evitar que las espinas se clavaran en su cabeza y el escudo con el que esquivaría la lanza que lo atravesó. Pero no, no pasó nada de eso. Entonces Judas se encontró cara a cara con la decepción.
¿No te suena familiar? ¿No has buscado alguna vez a un Dios a medida que haga o deshaga según tus deseos? ¿No has estado poniéndolo a prueba para ver si por fin puede hacer ese acto de súper heroicidad que te saque del hoyo y te lleve volando con su capa a cualquier otro sitio que no sea el lugar donde te encuentras? Cuántas veces he sido ese Judas. Perdida en mi ego. Convencida de que Dios tiene la obligación de hacerse notar como yo he pensado que debe hacerlo y de una vez por todas.
¿No seré yo?, se preguntaban todos los discípulos cuando Jesús anunció que uno de ellos le iba a traicionar. El traicionero no fue solo Judas. Todos lo fueron en cierta medida. Se alejaron, se escondieron o lo negaron porque no entendieron el proceso por el que Jesús debía pasar. La experiencia puede ser similar en cada una de las vidas de los discípulos, pero solo hasta que ocurre lo que realmente cambia la historia, lo que le da sentido al recorrido, lo que le da propósito: el arrepentimiento.
Arrepentimiento: Metanoia. Significa literalmente un cambio de pensamiento que implica un cambio de camino.
Aquí es donde se encuentra la diferencia entre la vida de Judas y la de cualquier otro discípulo. Lo que le sigue a la traición de Judas es la perdición, la falta de sentido, la nada.
Lo que le sigue a la traición de otro discípulo, Pedro, es la reconciliación, la reparación, el reencuentro. No hay error que la gracia de Dios no pueda alcanzar, pero la gracia necesita un lugar donde morar; necesita encontrar la herida que hay que sanar y un corazón que sea capaz de aceptar lo inesperado, que se deje abrazar y restaurar.
Pedro estuvo dispuesto a transformar al Jesús que esperaba, Judas no. No supo reencontrarse con el verdadero Salvador. No supo entender que la muestra de poder más grandiosa fue contener ese poder, bloquearlo para materializar el amor verdadero: el amor de la entrega más absoluta.
La aparente ausencia de poder de Jesús reveló un poder infinitamente mayor: el de respetar la libertad. Los actos heroicos alegran el alma, los milagros sacian la necesidad de experimentar su poder, pero solo desde la fe auténtica se puede integrar al Dios vivo en el corazón humano.
Judas presenció la muerte de Jesús y la vivió como el final: de todo, de todos, incluso de sí mismo. Su ceguera lo dejó al margen de la historia; desapareció a un paso de la resurrección. Justo allí, en el umbral que podía haberle revelado quién era verdaderamente Jesús, se esfumó.
Cuántas veces vivimos en los márgenes, nos quedamos en los límites de la historia, en la oscuridad de la noche. Y allí nos atascamos, allí donde la muerte de tantas cosas nos acecha parece todo perdido. Pero la resurrección está a un paso del camino; llega, y con ella la revelación y el sentido del recorrido.
La historia de Pedro, su metanoia, nos reconforta y nos ayuda a entender lo que significa para Jesús la reconciliación. Pedro sí que vivió la resurrección: la de Jesús y, junto con ella, la resurrección de su propio ser, de su relación con el maestro. Lo que se había perdido había sido hallado. Jesús se reencuentra con un nuevo Pedro y procede a reparar lo que había sido dañado.
Tres veces Pedro negó que conocía a Jesús. Tres veces Jesús preguntó a Pedro: “¿Me amas?”. Cada una de sus mentiras distanció su vida de Jesús, cada uno de los “te amo” que dijo a Jesús lo acercó a lo que significaba seguirle: “cuida, guía, protege” (Juan 21:15-16). Era el momento de materializar aquella oración que Jesús hizo por Pedro unas horas antes de morir: “Pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, cuando te hayas vuelto a mí, ayuda a tus hermanos a permanecer firmes. Lucas 22:32. Pedro había vuelto a Jesús; era el momento de ayudar a los demás a hacerlo también.
¿Me amas? (Juan 21:15)
Nos pregunta Jesús; permitiendo que su gracia nos alcance. Entonces descubrimos que la traición no termina en perdición, que la muerte no tiene la última palabra.
La resurrección se abre paso. Estamos, como Pedro, a una respuesta de ser sanados:
-Sí, Señor; tú sabes que te amo. (Juan 21:15)
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