¿Dónde estás?

| Fuente: protestantedigital.com/rss/opinion

¿Dónde estás?
¿Dónde estás?

Y el Señor Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás? (Génesis 3:9, LBLA).

Querido amigo, querida amiga:

Hay una frase que quizás no le has dicho a nadie, ni siquiera a ti mismo con toda su intensidad. Suena más o menos así: «Dios está cerca de todos, menos de mí». No es que hayas dejado de creer lo que sabes de Dios. Sabes que es fiel, que no abandona a los suyos, que su presencia no depende de lo que sientas. Pero saberlo no es lo mismo que vivirlo.

Y esa distancia aparece en lugares muy cotidianos: los domingos por la mañana, cuando abres la Biblia y las palabras que antes te sostenían parecen escritas para otra persona; durante el culto, mientras todos cantan y tú te sientes como quien vuelve a la casa donde vivió de niño y descubre que ya no tiene llave.

Alguien dice desde el púlpito «Dios está aquí», y algo dentro de ti responde en voz baja: «Aquí sí, pero no conmigo». Hay días en los que no puedes orar, ni leer la Biblia, y otros, los que más te asustan, en los que ni siquiera tienes ganas de hacerlo.

Pero hay algo que puede llegar a pesar más que esa distancia: lo que empiezas a pensar de ti mismo por estar viviéndola. No es igual decirte «estoy pasando por un tiempo difícil» que concluir «algo anda mal conmigo».

La culpa suele señalar algo que hemos hecho y que necesitamos reconocer o reparar. La vergüenza, en cambio, puede llevarnos a pensar que el problema no está en algo que hicimos, sino en quienes somos.

Y entonces ya no buscamos solo resolver lo que nos pasa; empezamos a esconderlo. Queremos que nadie lo note, que nadie haga preguntas, que nadie descubra que, aunque seguimos yendo a la iglesia, leyendo la Biblia o sirviendo a otros, hay algo dentro que no sabemos cómo explicar.

Así aprendemos a escondernos de maneras que hasta parecen espirituales. Sonreímos un poco más, servimos un poco más, respondemos «bien, bendecido y en victoria» cuando alguien nos pregunta cómo estamos.

No siempre lo hacemos para engañar a los demás. A veces queremos convencernos de que, si seguimos haciendo lo de siempre, terminaremos sintiéndonos como antes.

Pero sostener las apariencias puede dejarnos todavía más solos, porque acabamos escondiendo justo aquello para lo que más necesitaríamos un lugar seguro donde hablar. Queremos que alguien nos vea, y a la vez nos asusta lo que pasaría si de verdad lo hiciera.

Por eso me conmueve tanto una escena de las primeras páginas de la Biblia. La primera vez que alguien se escondió de Dios fue en un huerto. Adán y Eva acababan de desobedecer. Se habían cubierto con hojas y, al oír que Dios se acercaba, se ocultaron entre los árboles (Génesis 3:7-8).

Podemos imaginar el miedo, aunque el relato no nos cuente todo lo que pasaba por su cabeza. Lo que sí nos cuenta es que Dios llamó al hombre y le hizo una pregunta muy sencilla: «¿Dónde estás?» (Génesis 3:9, LBLA).

La historia no termina ahí, ni sería fiel contarla como si no hubiera pasado nada grave. Hubo una desobediencia real, una conversación en la que salió a la luz lo sucedido y unas consecuencias que forman parte del propio relato.

Pero en ese primer encuentro hay algo que no quiero pasar por alto: Dios fue a buscar al hombre que se había escondido. Y no le preguntó dónde estaba porque no lo supiera; estoy seguro de que lo sabía.

La pregunta no era para Dios, era para Adán: una manera de llevarlo a darse cuenta de dónde había quedado y de que algo entre ellos había cambiado. Y cuando Adán respondió, no empezó explicando lo que había hecho ni ofreciendo una solución. Dijo: «Te oí en el huerto, y tuve miedo porque estaba desnudo, y me escondí» (Génesis 3:10, LBLA).

No todos nos escondemos por las mismas razones. Puede que tu distancia no tenga nada que ver con una desobediencia o pecado concreto. Quizás estás atravesando un duelo, una pérdida, un cansancio que llevas acumulando durante años o la decepción de una oración que no fue respondida como esperabas.

No sería justo meter todas esas experiencias en el mismo diagnóstico. Aun así, el sufrimiento a veces termina convenciéndonos de que es mejor mantenernos a cierta distancia, como si tuviéramos que estar mejor, sentir más o recuperar la fe de antes para poder acercarnos otra vez.

Y nos quedamos entre los árboles, esperando el día en que volvamos a sentirnos presentables, sin darnos cuenta de lo que nos cuesta y duele seguir escondidos.

Llevo años preguntándome qué nos pasa cuando el dolor cambia la forma en que nos miramos, cuando empezamos a escondernos incluso de lo que antes nos daba esperanza.

Es una pregunta que también me acompañó mientras escribía ORO para tus grietas, porque el sufrimiento no solo duele: también trastoca lo que entendemos de nosotros mismos y la manera en que nos relacionamos con los demás.

No tengo respuestas sencillas para todo lo que vivimos, ni creo que todas las heridas sigan el mismo camino.

Pero acompañando a personas, y mirando también mi propia vida, he aprendido algo: casi nunca se vuelve a Él encontrando primero el camino. Se vuelve dejándose encontrar por el Buen Pastor.

Y eso empieza cuando dejamos de escondernos lo suficiente como para responder a su voz con sinceridad y reconocer que estamos perdidos, cansados o asustados.

Adán no salió de entre los árboles con un discurso preparado, ni con excusas elaboradas. Dijo la verdad: tuvo miedo y se escondió. A lo mejor nosotros también podemos empezar por ahí, sin palabras especialmente espirituales ni explicaciones que todavía no tenemos.

La oración más honesta que puedas hacer hoy tal vez no sea larga, sino una frase sencilla que apenas te atrevas a pronunciar. Y el primer paso no tiene por qué ser volver a sentir lo que sentías antes. Puede ser, sencillamente, dejar de fingir que todo está bien.

Si estás acompañando a alguien que parece haberse alejado, recuerda que no siempre sabes lo que está viviendo. Antes de preguntarle por qué ya no viene o de buscar el versículo adecuado, acércate con un interés de verdad.

Escucha con atención sin apresurarte a corregir. A veces lo que más necesita una persona no es que le expliquen enseguida cómo volver, sino descubrir que puede hablar de lo que le pasa sin tener que defenderse.

La pregunta del huerto sigue ahí. No sé qué estás viviendo ni cuánto tiempo llevas sintiéndote así, y no quiero ofrecerte una respuesta fácil para algo que te ha costado tanto comprender.

Pero sí quiero recordarte algo: el que pregunta «¿Dónde estás?» no lo hace para pasar lista ni para comprobar si has conseguido arreglarte solo. En el relato, Dios sale al encuentro del hombre que se ha escondido.

Hoy no necesitas tener todas las respuestas. Quizás puedas empezar por dejar de ocultarle, al menos a Él, todo aquello que ya no sabes cómo llevar ni sostener.

Con cariño,

José Daniel

P. D.: Si necesitas hablar de lo que estás viviendo y buscas un espacio de acompañamiento, puedes escribirme. Encontrarás mis datos aquí abajo.

José Daniel Pino
Entre la Tormenta y la Roca
Autor de ORO para tus grietas
Acompaño a personas, matrimonios y familias en Valencia y en línea.
Correo: daniel@faroacademia.es
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