El agotamiento que llega después de la victoria

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El agotamiento que llega después de la victoria
El agotamiento que llega después de la victoria

Te has preparado durante meses. Puede que fuera el congreso de tu iglesia, la boda de tu hija, una gran mudanza a otro país, el proyecto en el que nadie creía o la conferencia con la sala llena. Y salió bien, incluso mejor de lo que esperabas. La gente te felicitó, alguien te mandó un mensaje que guardaste para releerlo, y esa noche te acostaste con una mezcla de alivio y de orgullo sano. A la mañana siguiente te despertaste vacío. No exactamente triste, sino vacío, sin ganas de ver a nadie, con el cuerpo pesado y una pregunta que no te atreviste a decir en voz alta: «¿Y ahora qué me pasa?».

Si te ha pasado, no eres un bicho raro. Lo he visto muchas veces, y casi siempre llega envuelto en vergüenza, porque no parece tener lógica. Entendemos que alguien se derrumbe después de un entierro, de un despido o de un mal diagnóstico. Lo que no entendemos es que alguien se derrumbe después de ganar. Y como no lo entendemos, lo escondemos.

Lo he escuchado de pastores un lunes después de un fin de semana cargado de actividades, de líderes luego de volver de un campamento que salió perfecto, de una madre la semana después de casar a su último hijo y de un emprendedor el día en que por fin firmó el contrato que llevaba años persiguiendo. Ninguno había perdido nada. Todos sentían que algo se les había caído por dentro. Y esa es una pregunta que no se responde con facilidad: ¿qué se puede caer por dentro cuando, en apariencia, no se ha perdido nada?

En la gente de fe, además, suele llegar algo peor que el vacío: la culpa. «Dios me dio justo lo que le pedí, ¿cómo puedo sentirme así?». «Si me siento así después de una bendición, algo anda mal en mi vida espiritual». Y así, a un alma cansada se le suma una acusación. Sentirte así no significa necesariamente que te falte fe. Lo que te pasa tiene una explicación, y quizás no esté solo en la victoria, sino en todo lo que hubo que cargar para llegar hasta ella, pero hoy no necesitas encontrarla completa. Primero necesitas dejar de pensar que no deberías sentirte así.

Si tú eres de los que acompañan a otros, este punto ciego también es tuyo. Cuando alguien fracasa, le preguntamos cómo está. Cuando alguien gana, lo felicitamos y damos el asunto por terminado. Le dejamos unos aplausos en el chat y seguimos con lo nuestro. Y justo ahí, en ese silencio lleno de felicitaciones, hay gente que se está apagando sin que nadie lo note. Quizás esta semana podrías volver a mirar a alguien que felicitaste hace poco y preguntarle cómo está de verdad.

Y si quien se apagó eres tú, no tengas prisa por ponerle un nombre espiritual a lo que sientes. No hace falta que hoy lo entiendas todo. Basta con que no lo escondas y se lo cuentes a alguien que no se asuste de tu vacío, que no pretenda resolverlo todo ni que se te pase pronto, y que no responda con un versículo apurado solo para tapar el silencio.

A mí me sirve recordar que esto no es nuevo, ni es cosa que le pasa solo a cristianos débiles. La Biblia cuenta la historia de un profeta, Elías, que vivió el día más grande de su ministerio, con un pueblo entero de rodillas, y que poco después estaba solo en el desierto, sin fuerzas para nada (1 Reyes 18:39; 19:1-8). No lo esconde ni lo maquilla. Lo deja escrito con la misma honestidad con la que cuenta sus victorias, como si quisiera que nadie que se derrumbe después de ganar vuelva a sentirse un bicho raro.

Hay una frase que me acompaña desde hace tiempo. La escribí pensando en ese profeta y en tantas personas que he visto sentadas frente a mí al día siguiente de su mejor día: «No solo te quiebras cuando pierdes. A veces te quiebras después de ganar».

Hay personas que llegan al día que tanto esperaron y descubren que no tienen fuerzas para celebrarlo. Si hoy eres una de ellas, puede que todavía no necesites celebrar. Necesitas descansar, respirar y reconocer que llegar hasta aquí también tuvo un costo. Y si el día después te encuentra vacío, o sin fuerzas, no corras a averiguar qué te pasa. No es necesario. Antes de decirle una sola palabra, Dios le dio a aquel profeta pan, agua y sueño, y a veces el alma necesita primero eso mismo: un lugar donde comer, descansar y tomarse un tiempo antes de continuar. Y si el vacío se alarga por semanas, o aparecen pensamientos de no querer seguir, eso merece también una conversación con un profesional, y buscarla no es falta de fe.


 

José Daniel Pino
Entre la Tormenta y la Roca
Autor de «ORO para tus grietas»
Acompaño a personas, matrimonios y familias en Valencia y en línea.
Correo: daniel@faroacademia.es
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