«Gozaos con los que se gozan y llorad con los que lloran» (Romanos 12:15, LBLA).
La pregunta llega casi siempre de la misma manera: en voz baja, al final, cuando la conversación parece terminada y la persona ya tiene una mano en el respaldo de la silla para levantarse. «¿Cuánto tiempo se supone que dura esto?». A veces la hace una mujer que enterró a su madre hace ocho meses y todavía no puede entrar al supermercado donde compraban juntas los sábados. A veces un hombre al que despidieron después de veinte años en la misma empresa y que, según él mismo, «ya debería haberlo superado». A veces un matrimonio que perdió un embarazo y al que nadie, ni siquiera en la iglesia, volvió a preguntarle por aquello. Cambian las historias, pero la pregunta es la misma, y casi nunca es una pregunta por el calendario. Lo que en realidad me están preguntando es otra cosa: «¿Me pasa algo? ¿Estoy haciendo algo mal? ¿Me falta fe?».
Por eso hoy, en lugar de contestarla rápido, quiero quedarme un rato con ella. Porque esa pregunta lleva dentro un reloj, y ese reloj casi nunca lo colgó en la pared la persona que sufre.
Lo colgamos los demás. Lo colgó el compañero de trabajo que a los quince días preguntó «¿todavía estás así?», la tía que en el velorio le pidió «ser fuerte por los niños», el hermano de la congregación que, con la mejor intención del mundo, le recordó que todo lo podía en Cristo (Filipenses 4:13) un día en que lo único que esa persona podía hacer era levantarse de la cama. Nadie lo dijo con maldad. Y justamente por eso duele tanto, porque viene de gente que queremos, que nos quiere, y que no sabe qué hacer con nuestras lágrimas.
Alba Payàs, psicoterapeuta especializada en duelo, recoge en uno de sus libros el testimonio de una madre a la que un médico acababa de darle la peor noticia de su vida: su hija había muerto. Ella lloraba y gemía, y el médico, visiblemente incómodo, le pidió a la enfermera que le trajera algo para calmarla. Cuando la enfermera le acercó el vaso con la pastilla, la madre le respondió: «Déselo al médico, me parece que lo necesita; si él se lo toma mientras yo lloro la muerte de mi hija, lo ayudará a soportar mis lágrimas» (Alba Payàs, El mensaje de las lágrimas).
Cada vez que vuelvo a esa escena pienso en lo mucho que la prisa pertenece, en realidad, al que acompaña. Tenemos prisa porque ver sufrir a alguien que amamos nos desarma, nos deja sin palabras, y no soportamos quedarnos sin palabras. Entonces llenamos el silencio con frases, y las frases traen reloj incluido. La misma autora advierte que muchas palabras de consuelo mal entendidas «son dardos helados que le rompen el corazón» (Alba Payàs, El mensaje de las lágrimas), y explica algo que todo pastor, líder, familiar o amigo debería saber: cuando el entorno responde al dolor una y otra vez con impaciencia, con prisa o quitándole importancia, la persona no solo sigue cargando su pérdida, sino que suma una herida nueva, la de sentirse sola en medio de la gente que la rodea. Ella describe esa suma de heridas como un trauma acumulativo (Alba Payàs, Las tareas del duelo).
El reloj que uno mismo se cuelga
Pero hay un reloj más difícil de ver, porque no suena afuera. Es el que la persona que sufre termina colgando en su propia pared. Después de escuchar muchas veces «ya deberías estar mejor», uno acaba diciéndoselo solo, y entonces aprende a disimular: sonríe en el culto, contesta «bien, gracias» en el pasillo, y llora en el auto, en la ducha o abrazado a la almohada. Payàs describe una escena que he visto repetirse, con otros nombres y en otras casas, más de una vez: una joven que, un año después de la muerte de su madre, cena cada noche con su padre sin que ninguno de los dos la mencione; hablan de cosas sin importancia, evitan mirarse a los ojos y luego, cada uno en su cuarto, llora solo (Alba Payàs, Las tareas del duelo). A esa manera de sostenerse para no derrumbarse ella la llama «máscara de duelo».
La máscara sirve un tiempo. Permite ir a trabajar, cuidar de los hijos, llegar al domingo. El problema es que lo que guardamos a la fuerza no siempre desaparece; a veces encuentra otra manera de hacerse presente: una ansiedad que llega sin aviso, un cansancio que no se explica, una irritabilidad que nadie entiende, un cuerpo que empieza a quejarse de lo que la boca calla. Payàs lo resume en una frase que conviene leer despacio: «Tu duelo no se cura solo con el tiempo; sino que depende de lo que tú hagas con ese tiempo» (Alba Payàs, El mensaje de las lágrimas).
Y aquí es donde a muchos creyentes el reloj se les vuelve todavía más pesado, porque le añadimos un segundero espiritual. Si sigo triste, pensamos, es que no estoy confiando lo suficiente. Si todavía lloro, a lo mejor me falta fe. He escuchado esa sospecha en boca de personas que aman a Dios profundamente, y cada vez me duele igual.
Pablo, cuando describe cómo se ve una comunidad transformada por la misericordia de Dios, escribió una línea que casi siempre leemos de pasada: «llorad con los que lloran» (Romanos 12:15, LBLA). Fíjate en lo que no dice. No establece cuánto tiempo debemos quedarnos cerca del que llora, ni en qué momento deberíamos dejar de acompañarlo. Le pide a la iglesia algo mucho más sencillo y, a la vez, mucho más difícil: que se siente cerca del que sufre, a su misma altura, y que no tenga prisa por sacarlo de ahí. Y el Predicador, que conocía bien los ritmos de la vida, habló de un «tiempo de llorar» (Eclesiastés 3:4, LBLA) sin decirnos cuánto dura.
Llorar delante de Dios no es dejar de creer. Muchas veces es la forma más honesta de creer cuando tienes el corazón roto: seguir hablándole con la voz quebrada, en lugar de dejar de hablarle. Lo que Dios hace con nuestras lágrimas es una conversación larga, y no vamos a agotarla hoy. Durante este mes de octubre y noviembre quiero quedarme contigo en ese tema, el del dolor y el sufrimiento, semana a semana.
Esa conversación larga, la que Dios sostiene con nuestras lágrimas, es la que me llevó a escribir «ORO para tus grietas». No quise darte una explicación rápida para tu dolor, sino sentarme contigo en medio de él y preguntarnos juntos qué hace Dios con nuestras heridas cuando todavía no entendemos por qué están ahí. Lo escribí para quien sufre y también para quien acompaña a otros en su dolor y muchas veces no sabe qué decir. Su subtítulo lo resume mejor que yo: «Dios no explica tu dolor: lo atraviesa contigo». Si hoy te reconociste en estas líneas, o reconociste a alguien que amas, puedes conseguirlo aquí: ORO para tus grietas en Amazon.
Mientras tanto, si al leer esto pensaste en alguien, esta semana no le lleves una frase. Llévale tiempo. Siéntate a su lado, pregúntale por la persona que perdió, di su nombre en voz alta y aguanta el silencio sin llenarlo.
Y si el que lleva meses mirando el reloj eres tú, quiero decírtelo con toda claridad: no estás fallando, estás de duelo. Quizás no necesites saber todavía cuánto tiempo se supone que dura esto. Por ahora puede bastar con dejar de mirar el reloj. Pero tampoco tienes que atravesarlo a escondidas ni con la máscara puesta. Acompaño a personas, matrimonios y familias precisamente en momentos así, en mi consulta en Valencia y también en línea, y ese espacio existe para que puedas quitarte la máscara sin que nadie te mire el reloj. Escríbeme; te dejo mis datos aquí abajo. Una conversación honesta con alguien que no tiene prisa puede ser el primer lugar donde tu dolor deje de estar solo.
¿Qué fue lo que más te dolió escuchar cuando estabas sufriendo? ¿Y qué era lo que de verdad necesitabas escuchar? Cuéntamelo en los comentarios.
José Daniel Pino. Entre la Tormenta y la Roca
Acompaño a personas, matrimonios y familias.
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