He resoplado y volteado los ojos delante de mi esposa. Lo he hecho más de una vez, y lo peor es que ni siquiera hacía falta decir nada: bastaba el gesto. Una ceja levantada, una sonrisa torcida, un suspiro con los ojos cerrados. Nada de eso grita. Y sin embargo dice más que cualquier grito.
La semana pasada te hablé de John Gottman, el psicólogo que lleva décadas grabando matrimonios reales dentro de su laboratorio. De todo lo que ha encontrado ahí, hay un dato que debería inquietarnos más que ningún otro: si tuviera que elegir una sola señal para predecir qué matrimonios van a terminar, no elegiría los gritos, ni las peleas, ni siquiera las lágrimas. Elegiría el desprecio.
Porque el enojo y el desprecio no son la misma familia, aunque los confundamos todo el tiempo. El enojo dice "lo que hiciste me dolió". El desprecio dice otra cosa, más fría y más honda: "tú, como persona, me das un poco de asco". Uno se queja de una conducta. El otro sentencia a quien la hizo. Por eso el desprecio no necesita levantar la voz —una mueca en el momento justo hace el mismo daño que un insulto gritado, y a veces más, porque queda menos claro cómo defenderse de un gesto así.
Se disfraza fácil, además. De humor: "era broma, no te pongas así". De cansancio: "es que ya no tengo paciencia". De sinceridad: "yo solo digo lo que pienso". Pero detrás de la broma hiriente, del sarcasmo repetido, de ese tono que se usa para hablarle al cónyuge como no le hablaríamos ni a un desconocido, hay siempre la misma raíz: dejamos de ver al otro como alguien digno, y empezamos a tratarlo como alguien inferior.
Santiago se lo dijo primero a los maestros —“Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación.” (Santiago 3:1 LBLA)— pero un versículo después ya no le habla solo a ellos: “Porque todos ofendemos muchas veces.” (3:2), dice, y ahí el texto se abre a cualquiera con lengua, es decir, a todos. Pocas heridas prueban su punto tan bien como las que nos hacemos en casa, con la persona que más confía en que no lo haríamos. Y unos versículos más adelante llega al punto más duro de todos:
“Ningún hombre puede domar la lengua; es un mal turbulento y lleno de veneno mortal” (Santiago 3:8, LBLA).
Stephen Viars, en su libro Superando la amargura, cuenta la crisis del agua de Flint: quince partes de plomo por cada mil millones de partes de agua —apenas unos microgramos por litro— no suena a mucho, y sin embargo bastó para enfermar a una ciudad entera. Su punto es que las palabras amargas funcionan igual. No hace falta un veneno concentrado ni una sola frase demoledora. Bastan unas pocas palabras amargas al mes, sostenidas durante años, para acabar un matrimonio sin que nadie note el momento exacto en que empezó a morir.
A este tipo de heridas —y otras de las que más se repiten en un matrimonio, aunque casi nunca se vean venir— le dediqué un libro entero: Las Ocho Grietas del Amor. Porque este tipo de heridas merecen más que un párrafo, y porque los matrimonios no se hunden solo por las muecas obvias, las que ya todos notaron: se hunden por las que aprendimos a disimular tan bien que ni nosotros mismos las vemos.
Y hay algo más que me cuesta reconocer: casi nunca despreciamos por lo que el otro hizo hoy. Despreciamos por lo que llevamos acumulando mucho tiempo, aguantando sin decir nada. Es más fácil una mueca que una conversación difícil. Por eso en nuestro programa FARO no lo tratamos como un tema aislado de pareja: es parte de la formación del carácter, porque nadie lidera bien afuera si por dentro descuida la dignidad de quien tiene más cerca. No es solo acompañamiento —también es comunidad, porque todos sanamos mejor en comunidad.
Por todo esto, no quiero preguntarte si discutes o no con tu cónyuge. Casi todos lo hacemos. Permíteme preguntarte algo más incómodo: cuando lo haces, ¿todavía lo tratas como alguien que merece respeto, o ya se te escapa el desprecio en la cara?
Para pensarlo esta semana:
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¿Cuándo fue la última vez que volteé los ojos, o hice un comentario "sarcástico" a costa de mi cónyuge delante de otros?
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¿Sé distinguir entre estar enojado por algo que hizo, y sentir desprecio por quién es?
El desprecio no se cura solo con "controlarse" — se cura yendo a la raíz de lo que nunca se dijo a tiempo, y eso rara vez se hace en soledad. Nuestro programa FARO existe para eso: formación de carácter, acompañamiento real, y una comunidad de gente que no enseña desde un pedestal, porque todos seguimos sanando nuestras propias heridas mientras ayudamos a sanar las de otros. Puedes descargar “Las Ocho Grietas del Amor” totalmente gratis, en nuestra plataforma en (>PDF<), o puedes conseguir la versión en físico por Amazon (>AQUÍ<). Entra a faroacademia.es y conócenos: te esperamos.
José Daniel Pino
Entre la Tormenta y la Roca
