"Fuerte como la muerte es el amor… Las muchas aguas no pueden extinguir el amor, ni los ríos lo anegarán" (Cantares 8:6-7, LBLA).
"Las muchas aguas no pueden apagar el amor", dice el Cantar. Lo creo. Y aun así he visto hundirse matrimonios que un día creían tenerlo todo, se habían recitado y prometido ese texto en el altar y al siguiente lo habían perdido todo. El mío estuvo cerca de irse por esa misma vía, y no fue por ninguna gran tormenta.
Hay un psicólogo, John Gottman, que lleva décadas grabando a matrimonios reales —discutiendo, riendo, callando— dentro de un laboratorio hecho para parecer una casa, solo para entender qué separa a los que se quedan de los que se van. Y encontró algo que no tiene nada que ver con las grandes crisis. Le puso nombre: el instante de la puerta corrediza. Uno de los dos dice, sin darle mucha importancia, "qué día tan largo", o "mira esto", o simplemente se sienta un poco más cerca. Ese momento es como una puerta que se abre, apenas un segundo. El otro puede cruzarla —mirar, responder, acercarse— o puede quedarse donde está, mirando el teléfono. Y como toda puerta corrediza, si nadie la cruza a tiempo, se cierra sola. Nadie se divorcia por una puerta cerrada. Pero un matrimonio entero se sostiene, o se cae, en la suma de miles de esas puertas que se abrieron y nadie cruzó.
Lo sé porque lo he vivido puertas adentro de mi propia casa. Ninguna crisis grande o demasiado visible nos pretendió hundir. Fue algo más parecido a un goteo o una filtración: puertas que se abrieron y yo no crucé —ocupado, cansado, distraído— hasta que se cerraron solas, una detrás de otra, sin que yo hiciera nada para evitarlo. Y aprendí de la forma más cruda posible que lo difícil no era sobrevivir a una tormenta. Era reconocer que llevabas meses dejando que esas puertas se cerraran, y subiéndole el volumen a todo lo demás para no tener que admitirlo.
Lo que se acumula detrás de una puerta cerrada
Ninguna puerta cerrada, por sí sola, hunde un matrimonio. El problema es lo que se acumula detrás. Cuando una puerta se cierra una y otra vez, algo cambia en cómo empezamos a leer al otro y a relacionarnos con él. Ya no vemos sus gestos como algo neutral: empezamos a sospechar hasta de lo bueno que hace. ¿Que hoy se ofreció a ayudar sin que se lo pidieras? Debe estar tramando algo. ¿Que te escribió algo cariñoso? Nunca lo hace. ¿Que te preparó tu comida favorita? Raro, ¿no? Robert Weiss, psicólogo y profesor emérito de la Universidad de Oregón, le puso nombre a esa distorsión: preponderancia de los sentimientos negativos. Cuando la confianza se ha ido erosionando en silencio, hasta los gestos positivos empiezan a leerse con sospecha. No es que el otro haya cambiado. Es que nosotros dejamos de creerle.
Y aquí es donde el Cantar vuelve a hablar. "Ponme como un sello sobre tu corazón" no es un verso bonito para una tarjeta de aniversario: es una exigencia. El amor de verdad, dice el texto, aspira a quedar sellado, marcado y grabado para siempre —no a la deriva de si hoy tengo ganas o no. Por eso cada puerta que decidimos cruzar, por pequeña que parezca, es en el fondo un voto silencioso: sigo eligiendo este sello. Y cada puerta que dejamos cerrada, sin quererlo, también vota. En la otra dirección.
Ninguna puerta cerrada hunde nada por sí sola. Pero ninguna se queda aislada tampoco: se une con la que se cerró antes, y con la que se cerrará después, hasta que ya no son puertas sueltas —son grietas, abiertas en el casco de tu embarcación, por donde el agua se filtra aunque el cielo esté despejado. Por esto, la mayoría de los matrimonios no necesitan de una gran tormenta para verse amenazados: basta con una pequeña grieta. De esas grietas, de las que más se repiten en un matrimonio aunque permanezcan invisibles, escribí un libro entero: Las Ocho Grietas del Amor. Porque cada una merece más que un párrafo, y porque las relaciones no se hunden por las grietas que se ven y son evidentes: se hunden por las que nadie quiso mirar. Y para quienes quieren bajar más profundo todavía, y hacerlo acompañados, ahí sigue nuestro programa FARO.
Así que no te pregunto si tu matrimonio está en crisis, o está viviendo una tormenta. Te pregunto algo más pequeño, y por eso más honesto: ¿cuántas puertas llevas esta semana sin cruzar?
Para pensarlo esta semana:
-
¿Qué puerta pequeña me ofreció mi cónyuge en estos días que no llegué a cruzar?
-
¿Qué gesto suyo empecé a leer con sospecha, sin que en realidad hubiera cambiado nada en él o ella?
-
Si alguna de estas puertas cerradas te dolió al leerla, ¿te atreverías a ponerle nombre esta semana —con tu pareja, o en Las Ocho Grietas del Amor?
Si leyendo esto reconociste una grieta que nunca le habías puesto nombre, no tienes que quedarte solo con la pregunta. Puedes descargar “Las Ocho Grietas del Amor” totalmente gratis, en nuestra plataforma en (>PDF<), o puedes conseguir la versión en físico por Amazon (>AQUÍ<). Y si además quieres caminar acompañado, puedes conocer nuestro programa FARO tenemos diferentes opciones para ti. Entra a faroacademia.es y escríbenos, te esperamos.
