Después de todo lo que hemos visto en las semanas anteriores, podría quedarte una sensación incómoda —que todo depende de nosotros— si antes no llegamos al centro del mensaje. Que si el corazón está cerrado, si la tierra no ha sido trabajada o si hemos huido del llamado, entonces la historia queda bloqueada.
Pero el evangelio nunca termina en la incapacidad humana, comienza desde ahí. Porque siempre nos lleva de regreso al inicio… al amor de Dios.
Porque al estudiar Nazaret nos mostró que la incredulidad puede cerrar el corazón, la parábola del sembrador nos confrontó con la responsabilidad de nuestra tierra y Jonás nos obligó a mirar de frente nuestra tendencia a escapar incluso cuando sabemos lo que Dios dijo. Sin embargo, ninguna de esas historias tiene como punto final el fracaso del ser humano, sino la persistencia de Dios.
Y ahí es donde todo cobra sentido.
Su amor no se retira aun cuando el corazón se cierra
Jesús se maravilló de la incredulidad en Nazaret… y luego salió a enseñar a las aldeas de alrededor. No se quedó ofendido, no canceló su misión, no retiró su presencia del mundo. La dureza de algunos no detuvo el movimiento del Reino.
Esto es profundamente sanador, porque significa que nuestra resistencia no cancela a Dios. Nuestro proceso no lo desespera. Nuestra lentitud no lo hace renunciar.
El amor de Dios no funciona como nuestra impaciencia.
Nosotros solemos acercarnos y relacionarnos con las personas hasta que nos cansan, nos enojan o nos frustran. Dios permanece aun cuando sabe exactamente cuánto nos costará abrir el corazón.
Él sigue trabajando con insistencia
En la parábola del sembrador hay un detalle que muchas veces pasamos por alto: el sembrador no dejó de sembrar porque hubiera terrenos que no respondían. No cambió la semilla, no se volvió selectivo, no redujo su generosidad.
Esto significa que Dios no ama solo a la buena tierra.
Sigue sembrando sobre el camino endurecido, sobre el terreno superficial, sobre el suelo lleno de espinos. No porque ignore su condición, sino porque su amor es anterior a la transformación.
Desde la terapia lo vemos constantemente: la sanidad comienza cuando una persona deja de sentirse un caso perdido.
Y eso es exactamente lo que hace la gracia: crea un espacio seguro donde el corazón puede, por primera vez, empezar a ablandarse.
Él sigue persiguiendo al que huye
Jonás es la evidencia de que el llamado de Dios está envuelto en amor, no en exigencia fría. La tormenta no fue abandono. El pez no fue rechazo. El proceso no fue destrucción. Fue persecución en gracia.
Hay una diferencia enorme entre un Dios que castiga al que huye y un Dios que lo busca hasta en el fondo del mar para volver a hablar con él.
Eso redefine completamente nuestra idea “de proceso”. Y el Dios que yo encuentro en la Biblia, es un Dios de procesos.
Porque entonces las interrupciones, las crisis y los momentos en los que todo se detiene ya no son señales de que Dios se alejó, o que ya no nos ama, o que su propósito ya no se cumplirá en nuestra vida, por el contrario, es señal que está demasiado cerca como para dejarnos perdernos.
Sanar no es demostrarle nada a Dios
Aquí está el punto donde todo se integra terapéutica y espiritualmente:
No trabajamos las heridas del corazón para que Dios nos ame. Las trabajamos porque reconocemos que ya somos amados.
No entramos “en procesos” para ser aceptados. Vivimos procesos porque ya lo somos y Él no deja de buscarnos.
La transformación no es un requisito para recibir gracia; es la respuesta a haberla encontrado.
Y esto cambia completamente la manera en que una persona enfrenta su propia historia. Porque entonces:
- Abrir el corazón ya no es una amenaza.
- Profundizar ya no es un castigo.
- Dejar de huir ya no es una derrota.
Es volver a casa.
Nadie sana en un ambiente de condena.
Las personas sanan donde hay verdad y amor al mismo tiempo. Eso es lo que vemos en Jesús constantemente: no minimiza el pecado, no rechaza al pecador, no negocia la verdad, no retira su cercanía.
Y ese es el entorno donde el corazón endurecido puede volverse sensible, la tierra saturada puede ordenarse y el que huye puede detenerse sin sentirse destruido.
Decir que todo está sostenido por la gracia no elimina nuestra responsabilidad; la hace posible. Porque entonces: podemos abrir el corazón sin miedo, podemos trabajar la tierra sin sentirnos insuficientes, podemos dejar de huir sin vivir en condena.
La gracia no sustituye el proceso.
La gracia es el lugar donde el proceso se vuelve seguro.
Una verdad para cerrar la serie
Si algo hemos visto durante todo este mes de febrero es que:
- El problema nunca fue la falta de poder de Dios.
- El problema nunca fue la falta de intención del sembrador.
- El problema nunca fue la ausencia de llamado.
El punto de encuentro siempre fue el corazón.
Y la buena noticia es que el corazón no es estático.
Puede ser trabajado.
Puede ser sanado.
Puede volver a latir con sensibilidad.
No porque nosotros seamos fuertes, sino porque Dios es paciente.
Después de Nazaret, del sembrador y de Jonás, la pregunta ya no es solo qué tipo de tierra soy ni si estoy huyendo de algo.
La pregunta es más profunda y más sanadora:
¿Estoy dispuesto a creer que Dios me ama aun en medio de mi proceso?
Porque cuando esa verdad se vuelve real: el corazón se abre, la tierra se deja trabajar,
la huida pierde sentido. Y la transformación —la verdadera— comienza.
Sanar comienza mirando hacia dentro, pero solo es posible cuando descubrimos que, aun allí, Dios ya nos estaba esperando.
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