Hay escenas en los evangelios que pueden incomodarnos más que otras. No porque sean duras, sino porque se parecen demasiado a nosotros. Son un crudo espejo de nuestra realidad actual. Una de ellas ocurre en un lugar pequeño, conocido, cotidiano. Un pueblo sin grandes escándalos ni persecuciones abiertas. Un lugar religioso, familiar, aparentemente seguro.
Nazaret.
Jesús vuelve a casa. Vuelve al lugar donde creció, donde lo vieron jugar de niño, donde conocían a su familia, sabían su apellido, su oficio y su historia. Todo parecía indicar que ese sería el escenario perfecto para un mover abierto de fe, para el reconocimiento de los dones que ya comenzaban a manifestarse, para el operar visible de los milagros. Si había un lugar donde la expectativa debía ser alta, era allí.
Pero no lo fue.
Marcos lo narra sin rodeos, con una sobriedad que incomoda más de lo que explica, casi con crudeza:
“Y no pudo hacer allí ningún milagro; solo sanó a unos pocos enfermos sobre los cuales puso sus manos. Y estaba maravillado de la incredulidad de ellos.
Y recorría las aldeas de alrededor enseñando.” (Marcos 6:5–6 LBLA)
Jesús estaba allí.
La presencia del Hijo estaba allí.
El poder de Dios estaba allí.
Y, aun así, muy poco —o casi nada— ocurrió.
“Por lo tanto, hizo solamente unos pocos milagros allí debido a la incredulidad de ellos.” (Mateo 13:58 NTV)
No porque Jesús hubiera perdido autoridad; no la perdió.
No porque la unción se hubiera debilitado; estaba más fuerte que nunca.
No porque Dios cambiara de parecer; Él no es hombre para cambiar.
Lo que se interpuso no fue una limitación divina, sino una resistencia humana. El corazón del pueblo estaba cerrado, y la incredulidad —alimentada por la familiaridad, el escepticismo y la dureza— terminó ganando espacio. No rechazaron a Jesús con violencia abierta, sino con una falta de disposición interior que terminó apagando la expectativa y cerrando la puerta al milagro:
—“¿No es este el carpintero?”
—“¿No conocemos a su madre?”
—“¿No crecimos con Él?”.
No lo negaron frontalmente; lo redujeron. No lo atacaron; lo explicaron. No se abrieron a lo que Dios quería hacer; se refugiaron en lo que ya creían saber.
Y esa es una de las formas más profundas de dureza del corazón: cuando creemos que ya conocemos a Dios lo suficiente como para no dejarnos sorprender, confrontar o transformar por Él.
Aquí hay una verdad incómoda, pero necesaria: la presencia de Jesús no garantiza transformación si tu corazón no está disponible.
Nazaret escuchó a Jesús predicar.
Nazaret lo vio de cerca.
Nazaret estuvo expuesto a la verdad.
Pero no permitió que esa verdad los tocara y mucho menos los transformara.
Y esto nos obliga a detenernos y mirarnos con honestidad. Porque muchas veces nuestra historia espiritual se parece más a Nazaret de lo que nos gustaría admitir.
Leemos la Biblia y oramos.
Escuchamos prédicas y mensajes en YouTube.
Servimos cada domingo.
Cantamos coritos.
Tomamos la cena del Señor.
Y repetimos la liturgia una y otra vez.
Pero algo no cambia. Algo no se mueve. Algo no sana.
No es que la Palabra haya perdido poder, ni que Dios se haya vuelto indiferente o distante. Lo que ocurre, muchas veces, es más silencioso y más profundo: en algún punto el corazón se cerró para protegerse. No siempre se trata de una incredulidad declarada; a veces es simplemente cansancio. Otras veces no es una rebeldía abierta, sino una decepción que se fue acumulando con el tiempo. Y muchas veces no hay un rechazo consciente, sino un dolor no resuelto que nos vuelve cautelosos, desconfiados, insensibles, duros por dentro. No porque no queramos creer, sino porque ya no queremos volver a sentir.
Nazaret nos enseña que se puede convivir con lo sagrado sin dejarse tocar por él.
Y eso tiene implicaciones profundas, también en el plano terapéutico. Porque hay personas que llegan a espacios de fe —y también a espacios de ayuda— con el corazón blindado. Escuchan, asienten, incluso quieren comprender… pero no permiten que nada atraviese la coraza. No porque no quieran cambiar, sino porque cambiar implica exponerse, y exponerse duele.
El problema es que la dureza no nos protege para siempre; nos detiene y nos inmoviliza. Puede parecer una forma de supervivencia, pero con el tiempo se convierte en una prisión silenciosa. Y cuando hablamos de supervivencia, lo peor que puede hacer una persona es quedarse en el mismo lugar esperando que algo cambie por sí solo. Porque lo que no se mueve y no duele, no sana; y lo que no se enfrenta, termina endureciéndose aún más hasta apagar la vida interior.
Por eso Jesús se maravilló. No de su pecado. No de su ignorancia. Se maravilló de su incredulidad. De un corazón que, aun teniendo a Dios delante, eligió no abrirse.
Y aquí aparece una verdad que atravesará toda esta nueva serie, que te presento para el mes de Febrero: Dios no fuerza corazones cerrados.
No los violenta.
No los invade.
No los empuja.
El amor de Dios no actúa por imposición, sino por consentimiento.
Esto no disminuye Su poder; revela Su carácter.
Nazaret no fue un fracaso de Jesús. Fue un espejo para todos los que creen que la cercanía reemplaza la disposición, y que la información sustituye la rendición.
Porque cuando Dios se acerca, la dureza no lo detiene a Él… nos detiene a nosotros.
Y esta pregunta queda flotando, no como acusación, sino como invitación honesta:
¿Está Jesús presente en mi vida, pero mi corazón no está disponible?
Porque el mismo Cristo que transforma, también respeta.
Y el mismo amor que sana… espera ser recibido.
Recibe el contenido de Protestante Digital directamente en tu WhatsApp. Haz clic aquí para unirte.
