Les presentó otra parábola diciendo: “El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza que un hombre tomó y sembró en su campo. Esta es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando crece, es la más grande de las hortalizas y se convierte en árbol, de modo que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas”. Mateo 13:31-32 RVA
La iglesia no es el reino
Pongamos atención a las cinco parábolas restantes del tercer sermón de Jesús en el Evangelio según Mateo. Presentan una visión integral y complementaria del reino de Dios. El reino es una realidad abarcadora, que todo lo llena y lo afecta. En las primeras dos parábolas: el grano de mostaza y la levadura, el asunto es “el cómo” se desarrolla el reino.
Antes de seguir adelante es necesario hacer dos aclaraciones. Primero, sobre los verbos de nuestra relación con el reino. En ningún lugar de la Biblia se dice que tengamos que expandir o extender el reino. Tampoco que tengamos que establecer o construir el reino aquí en la tierra. Los verbos que aparecen en la Biblia sobre nuestra relación con el reino son “ver, entrar, tener, señalar, anunciar, proclamar, servir y celebrar”.
Segundo, en cuanto a la relación entre la iglesia y el reino. No son la misma cosa. La iglesia señala al reino, anuncia el reino, es promotora del reino, sirve y celebra al reino. La iglesia será el tema del cuarto sermón del Señor Jesús en Mateo, en el capítulo 18.
Pero en este tercer sermón, el tema es el reino de los cielos, que es lo mismo que el reino de Dios. Una característica de Mateo es que casi siempre se refiere al reino como “reino de los cielos”, para recalcar que cuando Jesús estuvo presente en este mundo, el cielo mismo vino a la tierra, y seguir su camino es vivir la realidad del cielo en la tierra.
En los profetas del Antiguo Testamento se describen siete marcas del reino de Dios: i) se vive la liberación y la salvación de Dios, ii) se promueve la justicia que es restitución, iii) como resultado, se vive la paz, iv) hay sanidades y salud del cuerpo y el alma, v) se reconstruye la comunidad del pacto, vi) hay alegría desbordante por la gracia de Dios, y vii) se experimenta la presencia de Dios entre su pueblo.
Por eso podemos decir que la parábola de la semilla de mostaza no habla del crecimiento numérico de la iglesia, ni de la expansión de la cristiandad por todo el mundo, porque tal crecimiento no garantiza que se presenten esas marcas del reino de Dios. En la parábola vemos dos características de la manera en que el reino se desarrolla.
La primera es su dirección. El “cómo” del reino es de menos a más. Es un amanecer. Va aumentando inexorablemente. No da marcha atrás. No va en reversa. Jesús nunca describió al reino como un ocaso o como una terminación. Siempre habló del reino como algo que crece desde lo más insignificante y pequeño. Aun después de dos mil años de estas enseñanzas, el reino sigue siempre amaneciendo, desde los comienzos más modestos y sencillos.
La segunda característica es su misterio. Hoy en día ya sabemos cómo germina la semilla de mostaza y cómo hace su función la levadura. Pero en aquella época todo eso era un misterio. El “cómo” del reino no es un mecanismo ya estudiado ni una estrategia de cinco pasos. Es algo que escapa a nuestra sistematización. Dios actúa sin pedirnos permiso, de manera misteriosa.
Veamos la realidad del reino de Dios que nos sale al encuentro por todas partes. Participemos hoy en la transformación que está ocurriendo, comenzando desde nuestro propio corazón.
El reino es un modo
Les dijo otra parábola: “El reino de los cielos es semejante a la levadura que una mujer tomó y escondió en una gran cantidad de harina, hasta que todo quedó leudado”. Mateo 13:33 Reina-Valera Actualizada
Las dos parábolas (la semilla de mostaza y la levadura) forman un par genial. En su cuidado por ser incluyente, Jesús ha puesto el ejemplo de un hombre, y el de una mujer. Un hombre planta una semilla de mostaza… una mujer pone un poco de levadura. El reino es asunto de hombres y de mujeres. De ninguna manera es propiedad exclusiva de los varones. El Señor Jesús ha predicado –y el apóstol Mateo ha tenido el cuidado de presentar el registro de— un par de parábolas para expresar este equilibrio de participación entre hombres y mujeres en el reino.
Las dos parábolas presentan el mismo punto. El reino es un modo especial de actuar que tiene Dios. Primero: Desde lo pequeño y no desde lo grandioso. Desde abajo y no desde arriba. Segundo: De manera misteriosa, sin que se sepa cómo ha sido, la transformación ocurre; y Tercero: De manera implacable. Nada puede detener el proceso, ni dar marcha atrás. Estas son las tres características del reino como modo de acción de Dios.
Dios actúa desde lo pequeño. Con semillas de mostaza, que no son las más importantes de las semillas. El tamaño no importa para Dios. La maravillosa operación de rescate que ha efectuado para salvar a su universo la realizó en un planeta que es como del tamaño de un grano de arena, perdido en un rincón de una de las miles de millones de galaxias de su universo.
La levadura es un poco de polvo, un sobrecito nada más. De las tres medidas de harina, unos 40 kilos, saldrían docenas de hogazas de pan, para surtir a todo el pueblo del pan cotidiano. Es el valor de lo pequeño, el impacto de las pequeñas acciones, de los gestos, de las actitudes, de las pequeñas palabras que son semillas. Así trabaja el reino de Dios. No se decreta desde arriba, desde el poder.
La mujer trabaja la masa y la levadura hace su función, sin que ella sepa cómo ocurre. Es un misterio. La presencia de Dios por medio de su Espíritu Santo entre su pueblo efectúa nuestra salvación y liberación, promueve la justicia que es restitución, produce la paz verdadera entre nosotros, nos trae salud del cuerpo y del alma, reconstruye la comunidad perdida y genera una fuente inagotable de alegría y sentido a la vida. Es el modo misterioso de acción de Dios.
El reino no tiene reversa. El modo del reino es de menos a más. Aquel que comenzó la buena obra en nosotros, la perfeccionará hasta el día de JesuCristo. Esto ya comenzó, y no se va a detener. Ningún poder humano, con toda su violencia y con toda su represión, podrá deshacer la obra de Dios. Los imperios humanos se imponen por la fuerza y se alimentan de injusticias y mentiras. El modo del reino es otro. Es sin violencia, es desde lo insignificante, es misterioso e inexplicable, pero es infalible, implacable e invencible.
Señor Jesús, danos más de tu Espíritu para contagiarnos del modo del reino de Dios: desde lo pequeño, confiando en tu misterio, y con la seguridad de la victoria. Amén.
