Creacionismo y ética

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Creacionismo y ética
Creacionismo y ética

Él les respondió: — El labrador que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre, y el campo es el mundo. La buena semilla representa a los que pertenecen al Reino, y la cizaña representa a los que pertenecen al diablo. El enemigo del dueño, aquel que sembró la cizaña, es el diablo; la siega representa el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. (Mateo 13:37-39 La Palabra)

Correcciones importantes

La explicación que el Señor Jesús da de la parábola de la mala hierba nos corrige de algunos errores comunes y nos presenta una visión del mundo extraordinaria. La primera corrección importante es sobre qué es el campo. Hay dos errores muy difundidos. Uno es que el campo es el corazón humano, en donde hay cosas buenas y cosas malas, en una mezcla trágica que hace al ser humano siempre caer porque en su corazón vive el mal. Pero el campo no es el corazón humano.

El otro error es que el campo es la iglesia. Según esta interpretación, en la iglesia han de convivir los buenos y los malos, y siempre será así. Esta equivocación motivó a Agustín de Hipona a imaginar una “iglesia invisible” compuesta de los verdaderos cristianos, mezclados entre la cizaña que es la mayoría de la gente en la gran iglesia popular. Luego inspira a algunos a confeccionar sus “listas negras” de quiénes deben ser expulsados, porque son cizaña. Pero el campo tampoco es la iglesia. Según el Señor Jesús, el campo es el mundo.

En el mundo estamos todos mezclados. No vivimos fuera de esta realidad, ni debemos aislarnos de lo que ocurre en el mundo, como si no nos importara y como si no nos afectara. No somos del mundo, pero sí estamos en el mundo. Y como parte de la sociedad, tenemos un papel que desempeñar. Si somos del reino, nuestra tarea será bendecir al mundo al que Dios ama tanto.

La segunda corrección importante es en cuanto a quién realiza la obra de limpiar el campo. Algunos piensan que es nuestro deber arrancar la cizaña, pero no es así. Es tarea de los ángeles. A lo largo de la historia los cristianos han llevado a cabo campañas de limpieza para expulsar a los que consideraban “herejes”. Es el espíritu de la inquisición que persigue, encarcela, tortura, expulsa y elimina a los que son diferentes, a los disidentes, a quienes ejercen su libertad de conciencia.

Todas las guerras se inspiran en esa misma motivación. Eliminar al otro, al que es diferente. El otro es caricaturizado como algo menos que humano, como un perro, una rata, un cerdo. Con la armadura de los cruzados hemos creído que es nuestra misión purificar al mundo de los malvados. Pero no nos corresponde a nosotros la tarea de cortar la mala hierba.

En el fondo de todo el asunto hay un principio fundamental que Jesús enseña en esta parábola: Hay un enemigo que se ocupa de echar a perder la buena creación de Dios. Es el diablo. Esto quiere decir que en el mundo no todo lo que ocurre va de acuerdo a la intención de Dios. No todo concuerda con el buen propósito y la buena voluntad de Dios. Hay otra agencia en el mundo de Dios, que se ha puesto a estropear lo bueno del mundo de Dios, y ha interferido en la creación.

Damos gracias al Señor Jesús, por darnos la interpretación correcta de su parábola. Que perdone nuestros errores y nos guíe por su buen camino, en lo individual y en lo social.

No será para siempre

Dios se encargará de sacar el mal de su universo. La doctrina cristiana sobre el mal tiene tres premisas básicas, desarrolladas por Agustín de Hipona, y que son las siguientes: (1) El mal no es eterno. Hubo un momento en que el mal comenzó a existir. Y asimismo habrá un momento en que cesará de existir. (2) El mal no tiene existencia propia, sino que siempre es la torsión de algún bien. Es decir, su existencia es derivada de algún bien. (3) El mal es infinitamente menos poderoso que el bien. No es un poder equitativo que esté en un supuesto equilibrio cósmico de igualdad de fuerzas con el bien. A pesar de los terribles estragos que produce el mal, no se compara con los poderes del bien, que, según Dietrich Bonhoeffer, “nos rodean silenciosamente”.

En la parábola de la mala hierba aprendemos que el mundo fue sembrado con buena semilla, pero hubo un mal momento, cuando todos dormían, en que el diablo interfirió en la buena creación de Dios. Esto ha hecho que nuestra realidad se convierta en un sinsentido. Los pasos hacia adelante que damos un día, la construcción que hacemos de un mundo más justo y más pacífico, al día siguiente se echa para atrás. La buena obra se destruye y nos invade la frustración.

Es interesante notar en la parábola de la mala hierba, que Jesús no está hablando del mal como un concepto abstracto, como lo haría luego Agustín y con él toda la filosofía y la teología occidental. Para Jesús se trata de personas, de seres humanos que son agentes de injusticia. El mal es de carne y hueso. No es un problema teórico, sino primordialmente antropológico, es decir, humano, y social. Jesús no habla del mal, sino de “los malos”, que son causa de pecado, y que hacen el mal.

Sin embargo, está claro que no es nuestra tarea hacer la guerra contra los malos, por más justa que parezcan las motivaciones de esa tal guerra, pues ninguna guerra puede ser justa. Toda violencia engendra más violencia. Y al intentar desarraigar la mala hierba, arrancaríamos también trigo bueno. La propuesta de la parábola es que Dios se encargará. No nos corresponde ejecutar venganzas ni emprender campañas de exterminio. Dios lo hará con sus maneras y sus tiempos.

La parábola nos presenta un tipo de arrebatamiento del cual nadie habla: es el rapto de los malos. Dice que los malos son los que serán recogidos y sacados del mundo de Dios. Así aprendemos a no ser dogmáticos e inflexibles sobre nuestras doctrinas de los últimos tiempos. Afirmamos que Dios se encargará de sacar de su mundo toda maldad, pues ante su presencia el mal no prevalecerá.

El verdadero creacionismo

Tuve que ir a hablar con la maestra de tercer año de primaria cuando nuestro hijo estaba en la Academia Cristiana. Era una escuela “creacionista”. Había sacado nota baja en su examen de ciencia porque en la pregunta sobre el origen del sistema solar había dado una explicación de tipo científico, y la sacó mal. En la pregunta sobre cómo se crean los cráteres, el niño había puesto que Dios los crea, y también la maestra la calificó como equivocada.

Yo le decía a la maestra: “¿Cómo es que la creación de un cráter sí tiene una explicación científica, cuya respuesta no es una acción directa de Dios, mas no así la formación del sistema solar?” Entendí que el problema era lingüístico. Para ella el verbo “crear” era igual a “formar”. Mi punto en aquella conversación era que cuando uno usa el verbo “crear” no hay otra respuesta más que Dios. Dios es el creador. Pero en un examen de ciencias, a la pregunta “¿cómo se formó?” le debe seguir una respuesta en la que no se requiera hacer uso de la palabra Dios. El mismo tipo de explicación para la formación de un cráter debe también aplicarse para la formación del sistema solar.

Es que muchos cristianos han confundido de qué se trata el “creacionismo”. Piensan que se trata de una teoría científica. Piensan que el creacionismo es primordialmente un asunto científico. Y no es así. El creacionismo es primordialmente una orientación ética de la vida. Lo más importante del creacionismo no está en el plano científico, sino ético. No es un asunto científico. Es un asunto ético. Creer que el mundo es creación de Dios tiene fuertes implicaciones en nuestra manera de vivir.

En la parábola de la mala hierba hay una enseñanza tremenda sobre el aspecto ético del creacionismo. Dios hizo al mundo y lo hizo bueno en gran manera. El diablo es quien ha introducido un ingrediente extraño en el mundo de Dios. Es él quien se encarga de echar a perder la buena creación de Dios. Los antiguos gnósticos decían que este mundo es malo, que es el resumidero del universo, el basurero cósmico que sólo tiene miserias y dolor. Por eso hay varias consecuencias éticas del creacionismo.

Ser creacionistas significa hermanarnos con todos los humanos de todas las razas, sin hacer acepción de personas. Todos estamos emparentados. Significa respetar y cuidar el medio ambiente que le pertenece a Dios. Debemos ser los primeros defensores ecológicos del mundo. Significa saber apreciar y disfrutar lo bueno de la creación de Dios: valorar el matrimonio, alegrarnos con el nacimiento de un bebé, celebrar la vida con los banquetes que nos ofrece un simple y sencillo plato de buena comida y bebida con buena compañía y conversación.

Señor, queremos amar este campo de sembradío del mismo modo que lo has amado tú. Es tuyo, y es bueno en gran manera. Queremos colaborar contigo en su rescate y redención. Amén.

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