La vida de nuestras palabras

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La vida de nuestras palabras
La vida de nuestras palabras

Cuando se cierra la fuente del perdón

Por eso les digo que a los seres humanos se les perdonarán todos sus pecados y blasfemias. Lo que no se les perdonará es que blasfemen contra el Espíritu Santo. (Mateo 12:31-32 La palabra)

Muchos imaginan a la Trinidad como una jerarquía en la que el Padre está arriba, luego el Hijo en medio, y al fondo, casi como si tuviera menos valor, el Espíritu Santo.

En realidad, esa manera de ver la Trinidad nos habla más de nosotros que de Dios. La Trinidad es Dios-en-relación, y Dios-en-misión. Es el Dios misionero que quiere alcanzar al ser humano y lo hace entrando en nuestra historia, por el Hijo y por el Espíritu.

Y es el Dios-en-relación, en donde cada una de las Divinas Personas demuestra honra y sumisión mutua. El Padre ha dado toda su gloria y potestad al Hijo. El Hijo hace siempre la voluntad del Padre, el Espíritu se encarga de promover el señorío del Hijo, y en el texto del encabezado vemos al Hijo advirtiendo que la ofensa contra el Espíritu es imperdonable.

Al Hijo le podemos decir de todo, incluso crucificarlo, y él orará por sus verdugos diciendo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen…

En cambio, nos dice que blasfemar contra el Espíritu es cosa muy seria, poniendo al Espíritu incluso por encima de él mismo. ¡Qué gran ejemplo de humildad es el misterio de la Trinidad!

Así entre nosotros debemos vivir la comunidad cristiana considerando a los demás como superiores a nosotros mismos, en cuanto a honra, prefiriéndonos los unos a los otros, sometidos unos a otros en el temor del Señor.

Pero ¿por qué es algo tan serio la ofensa contra el Espíritu? Se trata de un asunto muy simple. El Espíritu es la fuente de la verdadera vida, y si alguien bloquea esa fuente, sin duda morirá.

Es como si alguien estuviera serruchando la rama en la que está sentado. Sin duda, se caerá. Blasfemar contra el Espíritu es cercenar la vena que oxigena, es tapar con concreto el ojo de agua y manantial de vida. Y ocurre con palabras y con actitudes.

Las palabras contra el Espíritu son evidencia de la actitud de dar la espalda a Dios. La blasfemia contra el Espíritu es rechazar el regalo de salvación que por su gracia nos ofrece Dios. Dios no nos puede salvar a la fuerza.

Dios no nos obliga a amarlo, pues el verdadero amor no puede darse de manera forzada. Si alguien rechaza a Cristo y ofende así al Espíritu, Dios sencillamente le dirá: pues que se haga tu voluntad. Dios no puede perdonar a quien no quiere ser perdonado.

Nuestra oración debiera ser: Espíritu Santo, abrimos nuestro corazón a ti. Haz tu trabajo en nuestra vida. Cámbianos según la voluntad del Padre, a la imagen amorosa de Aquel que venció en la cruz.

¿Qué abunda en tu corazón?

O hagan bueno el árbol y bueno su fruto, o hagan malo el árbol y malo su fruto; porque el árbol es conocido por su fruto. ¡Generación de víboras! ¿Cómo podrán ustedes, siendo malos, hablar cosas buenas? Porque de la abundancia del corazón habla la boca. El hombre bueno del buen tesoro saca cosas buenas, y el hombre malo del mal tesoro saca cosas malas. (Mateo 12:33-35 RVA)

Frente a la casa tenemos un naranjo que ya está repleto de frutos, todavía muy verdes y pequeños, pero que para la Navidad nos dará el sabor dulce de la naranja que tanto esperamos.

Por un trabajo de remodelación que estamos realizando en casa, los albañiles comenzaron a depositar el escombro ahí, justo debajo del naranjo. Por un tiempo, el árbol se quedó como encerrado entre tanto escombro.

Después de muchos días de intenso calor y sequía, el arbolito ya estaba comenzando a cerrar sus hojitas, como avisándome que, en esta Navidad, sus naranjas serían más pequeñas y más secas y también que su vida misma estaba en peligro de extinguirse.

Cuando se llevaron el escombro, me dediqué a limpiar el área que rodea al naranjo, y ya llevo varios días suministrándole bastante agua, con la esperanza de salvarle la vida. No sé si lo lograré, pero entendí algo del texto de hoy.

Es posible hacer al árbol bueno, o malo. Depende del trato que se le dé. Si no tiene suficiente agua, y si su entorno está lleno de escombros y basura, su fruto será podrido y seco. Pero si recibe suficiente agua y aire, dará buen fruto.

Jesús dice que las palabras que decimos son como el fruto de un árbol. Nuestra conversación, nuestras opiniones, nuestros comentarios, todo lo que decimos es indicador de lo que está dentro de nuestro corazón, de lo que abunda en nuestros pensamientos.

Si hemos estado rodeados de basura, eso es lo que hablará nuestra boca. Pero si nuestro corazón está lleno con la palabra de vida, con los pensamientos de paz y justicia que vienen de Dios, nuestra boca hablará de un buen tesoro.

No se trata solamente de la memorización de textos bíblicos para luego recitarlos, sino de tener las actitudes y el carácter del Dios que inspiró esos textos bíblicos.

Los fariseos conocían y recitaban textos bíblicos, pero Jesús les llamó “hijos de víbora” porque de su boca sólo salía veneno y palabras ponzoñosas; nada de fruto bueno.

¿Qué clase de palabras salen de nuestra boca? ¿Qué opiniones expresamos? ¿Cómo usamos nuestras palabras? Tal vez estamos rodeados de escombro y basura, y nos falta desesperadamente recibir el agua de vida que viene de Dios.

Así se hace bueno al árbol, sólo cuando el corazón está lleno de la esperanza de vida que viene de Dios. Esa esperanza de vida es el mayor tesoro que puede llenar nuestro corazón.

Señor, queremos que pongas en nuestro corazón tus palabras. No solamente para tenerlas aprendidas de memoria, sino para nutrirnos de su compasión, su paz y su justicia.

El poder de las palabras

Les advierto que, en el día del juicio, cada cual habrá de responder de toda palabra vacía que haya pronunciado. (Mateo 12:36-37 La Palabra)

Terminamos aquí una sección que comenzó cuando le trajeron a Jesús a un hombre que estaba ciego y mudo por acción del demonio en el versículo 22.

Hemos tratado de ver desde ahí el tema de nuestra facultad de hablar, y del uso de nuestras palabras como reflejo de lo que abunda en el corazón.

Dice una canción del cubano Silvio Rodríguez: Cuentan que cuando un silencio aparecía entre dos, era que pasaba un ángel que les robaba la voz; y hubo tal silencio el día que nos tocaba olvidar, que de tal suerte, yo todavía no terminé de callar…

Es por la acción del diablo que nos quedamos ciegos y mudos: sin poder ver las maravillas de la gracia de Dios justo frente a nuestros ojos, y sin poder usar nuestra voz para pedir ayuda cuando más lo necesitamos, y para bendecir a quienes viven con nosotros con nuestras palabras de afirmación. Es como si un mal espíritu nos hubiera dejado ciegos y mudos.

Pero el Señor Jesús nos abre los ojos para mirar los grandiosos milagros que ocurren todo el tiempo, y también llena nuestro corazón con sus palabras para que podamos hablar y bendecir con lo que hablamos.

En Las Crónicas de Narnia, cada libro tiene un tema central. En el caso del libro El sobrino del mago, el tema es el poder de la palabra. La reina Jadis es capaz de pronunciar “la palabra deplorable”: una palabra que tiene la capacidad de desintegrarlo todo.

Es tan destructiva como una explosión nuclear. En cambio, el gran león Aslan es capaz de crearlo todo por medio de sus cantos. Su voz es melodiosa; tiene música. Sus palabras crean belleza y bendición.

Cantando, Aslan se pone a crear todo lo que existe, por el poder de su palabra. Es una hermosa ilustración de lo que Dios ha hecho por medio de su Palabra. Usando su Palabra, Dios crea y construye, mientras que el enemigo —también usando sus palabras— puede desintegrarlo todo, como si se tratara de una bomba atómica. De modo que nuestras palabras también pueden funcionar así.

Por lo que decimos cuando nuestras palabras son vacías e inútiles, podemos llegar a acabar con todo, a destruir una vida o un hogar. También por lo que decimos cuando nuestras palabras son llenas de verdad y restitución, podemos bendecir.

Podemos fortalecer los lazos del sagrado voto matrimonial y por la gracia de Dios salvar el futuro de nuestra familia. Todo está en nuestras palabras.

Dios nos dio la facultad de hablar. Usemos nuestras palabras para dar vida y esperanza. Escuchemos atentamente, y hablemos con prudencia y con sentido, pensando en el efecto que tendrá lo que vamos a decir. Que sea para nuestra salvación y no para nuestra destrucción.

Padre nuestro, que podamos hablar como lo haces tú. Que nuestras palabras sean edificantes y constructivas, así como lo es tu Palabra en nuestra vida. Amén.

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