No se puede ser neutral

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No se puede ser neutral
No se puede ser neutral

Las obras del diablo y la obra de Jesús

Entonces fue traído a él un endemoniado, ciego y mudo; y le sanó, de tal manera que el ciego y mudo veía y hablaba. Y toda la gente estaba atónita, y decía: ¿Será éste aquel Hijo de David? (Mateo 12:22-23 Reina-Valera 60)

Comenzamos aquí una nueva sección en el texto de Mateo, que tiene que ver con la facultad de ver y hablar, y el uso que hacemos de las palabras. En el pasaje anterior dice que Jesús sanó a todos los que lo siguieron después del incidente en la sinagoga (del hombre que tenía la mano seca).

Mateo ha seleccionado un milagro de entre todos los que hizo el Señor Jesús, para que sirva como un ejemplo o ilustración que hace la función de ser el detonante de toda una reflexión sobre la capacidad de ver y de usar las palabras.

Nos llama la atención la condición del hombre que es traído al Señor Jesús. Endemoniado, ciego y mudo. La acción del diablo en la vida de este hombre no consistía en hacerlo arrastrarse ni gruñir como una bestia, ni en echar espumarajos por la boca, sino en el no ver y el no hablar.

Esta combinación de discapacidades no es común entre los casos que Jesús atendió. Se habla de sordo-mudos, o de ciegos, pero este es el único lugar en que vemos a un ciego-mudo, que está así por obra del diablo.

Por los varios relatos de endemoniados que aparecen en el Evangelio, podemos darnos cuenta de algunos elementos importantes:

1) El poder de Jesús es infinitamente más grande que el del diablo.

2) La presencia de Jesús pone al diablo en retirada, pues sus objetivos son totalmente contrarios y mutuamente incompatibles: El diablo quiere destruir. El Señor Jesús quiere construir.

3) Jesús no realiza encantamientos ni rituales misteriosos para liberar a la gente. Es decir, no se esfuerza, no se inmuta, no se pone a hacer contorsiones ni a gritar. Simplemente lo hace, con una palabra, con una orden, con el toque de su mano.

4) La obra del diablo es más sutil y más peligrosa que atormentar a un individuo atribulado por desequilibrios que ya están tipificados como padecimientos de orden psiquiátrico. Es decir, que el endemoniado realiza la función de ser un señuelo que nos distrae, para que pensemos que ahí está la obra del diablo, para que no veamos cómo está actuando en otros niveles más profundos y más dañinos en toda la familia y en toda la comunidad.

Lo que hace el diablo en nuestra vida es que no veamos lo que está justo frente a nuestros ojos: la maravilla de la gracia de Dios. Que no hablemos, que nos quedemos mudos cuando más debemos usar las palabras para bendecir y afirmar a quienes caminan con nosotros. El Señor Jesús se encarga de abrirnos los ojos y de darnos la facultad de hablar palabras de vida y bendición. Evidentemente, Jesús es el rey, es el Hijo de David, el Mesías, el que ejecuta la agenda de Dios en nuestra historia.

Abre nuestros ojos, Señor Jesús, para poder ver las maravillas de tu gracia. Ayúdanos a hablar tus palabras de bendición el día de hoy.

Mejor sería ser mudo

Al oír esto, los fariseos dijeron: «Beelzebú, el jefe de los demonios, es quien le ha dado a este hombre el poder de expulsarlos. (Mateo 12:24-27 Dios habla hoy)

No sólo se trata de banalizar la obra de Jesús. Lo que están haciendo los fariseos es algo terrible. Están asignando al diablo las buenas obras de Jesús. Esto está fuera de toda lógica y representa el peor uso que podemos dar a nuestras palabras.

Si con nuestra boca no vamos a dar gloria a Dios –y no sólo eso, sino que vamos a dar una teoría equivocada sobre quién es quién, tal vez mejor sería ser mudo.

Asignarle al enemigo las obras de Dios equivale a tener totalmente descompuesta la brújula moral y espiritual. Es no saber cómo está la lucha cósmica, cuáles son los bandos en este conflicto de los siglos.

Es uno de los productos de la mentira ideológica, como lo describe muy bien George Orwell en su novela 1984. Es confundir la luz con las tinieblas, lo bueno con lo malo, la salud con la enfermedad, la guerra con la paz, la libertad con la esclavitud.

Toda esa confusión es el fruto de una mala raíz, de entregarse a una ideología de mentira que obliga al individuo a rendir su libertad y a suprimir su opinión personal para adoptar la versión oficial de la ideología.

Jesús responde con una lógica tan sencilla como impecable: una familia dividida en bandos enemigos no puede mantenerse en pie. La expulsión de demonios, que también intentaban practicar los fariseos con sus ritos y remedios caseros, no es obra del diablo.

Asimismo, no es obra del diablo la promoción de la justicia y la paz, la salud de los enfermos, la alfabetización de los iletrados, la búsqueda de cooperación y diálogo entre grupos cristianos, la reconciliación en las familias, la transformación del corazón humano para hacerse más sencillo, generoso y compasivo… nada de eso es obra del diablo, y cometeremos un gran error si juzgamos a la ligera asignándole al enemigo el trabajo que está realizando el Espíritu Santo en nuestro mundo hoy.

Señor, arregla nuestra brújula desimantada para saber orientarnos en este mundo, y reconocer tus buenas obras en medio nuestro.

El reino está presente

Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios. (Mateo 12:28 Reina-Valera 60)

En pocas palabras, y para acabar pronto, el reino de Dios es Cristo Jesús. Mucho se ha dicho sobre la forma en que el Evangelio según Mateo se refiere al “reino de los cielos”, y se intenta diferenciar del “reino de Dios”.

Pero aquí tenemos un ejemplo de la expresión “reino de Dios” en Mateo, así como en el famoso versículo 6:33, buscad primero el reino de Dios y su justicia… Esto nos indica que se trata de la misma realidad. El reino de Dios es el reino de los cielos.

Es de los cielos porque proviene de un plano de la realidad distinto al nuestro. Proviene del territorio de Dios, del contexto de Dios, de la cultura de Dios, del lenguaje de Dios, del corazón y la vida de Dios.

Se distingue por ciertas marcas que lo identifican, así como cuando se puede detectar la presencia de un cierto elemento en una mezcla por medio de pruebas químicas, así se puede detectar la realidad del reino de Dios por ciertos indicadores precisos.

El Señor Jesús afirma que la manera de corroborar que el reino de Dios ya ha llegado a nosotros es cuando le gana terreno al diablo, cuando por el Espíritu Santo, el enemigo se va en retirada, huye.

El reino de Dios se distingue porque está presente el Señor JesuCristo como Señor y salvador, como liberador de nuestra vida. Su presencia liberadora produce la justicia que genera paz, su presencia redentora da lugar a sanidades, pues él es la fuente de toda salud.

Aun en medio de la prueba de la enfermedad, se puede experimentar la salud de muchas maneras por la gracia de Dios que se perfecciona en nuestra debilidad.

Y su presencia salvadora es fuente de una alegría desbordante en la vida, de modo que llena de sentido nuestra existencia porque nos restaura a la verdadera comunidad. El reino es Cristo Jesús.

Cuando el Señor Jesús está presente en la vida, las acciones del diablo son neutralizadas. Sus iniciativas destructoras y desintegradoras son frustradas por el amor inmenso de Cristo Jesús.

El diablo sólo quiere estropearnos la vida. Cristo la quiere restaurar en toda su dignidad. El diablo quiere amargar nuestro corazón. Cristo quiere darnos ríos de agua viva, una fuente que salta para vida eterna desde nuestro interior, y que riega toda nuestra circunstancia.

Nuestros seres queridos reciben bendición por lo que decimos y hacemos. Nuestro entorno comienza a florecer. Cuando habla el Señor, pasan grandes maravillas. Todo el mundo cobra vida y comienza a cambiar. Cuando habla el Señor, este corazón de piedra es cambiado por la gracia, y ahora, vuelve a palpitar.

Señor Jesús, haz huir al diablo en nuestra vida. Frustra sus malas intenciones de destrucción. Que nuestros ojos estén puestos en ti, para mirar las maravillas de tu gracia y tu justicia.

No se puede ser neutral

Si alguien quiere robar lo que un hombre fuerte tiene en su casa, primero tiene que atar a ese hombre, y después podrá robarle todo. El que no está de mi parte, está contra mí. El que no me ayuda a traer a otros para que me sigan, es como si los estuviera ahuyentando. (Mateo 12:29-30 TLA)

Es ilógico atribuirle al enemigo las buenas obras que realiza el Señor Jesús. Su trabajo es precisamente despojar al enemigo de los cautivos que éste tiene atrapados.

El trabajo de Jesús es deshacer las obras del diablo, y juntar un pueblo restaurado y redimido para Dios. Al hacer uso del ejemplo de un ladrón, no está dictando una estrategia de guerra espiritual, como pretenden algunos.

No es un “plan de ataque” para exorcizar a toda una ciudad, como a veces se pretende interpretar esta figura. Muchos piensan que, si primero hacen oración de guerra espiritual, luego la gente podrá creer en el evangelio.

El problema de esa interpretación es que pasa por alto el requisito indispensable del arrepentimiento y la profesión de fe, que es un asunto de rendir la voluntad personal al Señor, y eso lo realiza cada individuo; no es algo que ocurra en paquete, después de haber hecho una supuesta “oración de guerra”.

Tiene sentido que Jesús se compare a un ladrón, porque “roba” nuestro corazón con sus palabras, con sus actitudes, y con su sacrificio en la cruz. Como dice aquel famoso soneto: Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar por que te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.


Somos tuyos, Jesús, por tu inmenso amor.

En esta misión que está realizando Cristo no se puede ser neutral. Colaboramos o estorbamos. Juntamos con él o ahuyentamos. Ayudamos a formar el pueblo, o destruimos ese pueblo de Dios.

Somos pastores que unifican al pueblo de Dios, o somos lobos que dividen al pueblo, que expulsan líderes, que inyectan envidias y siembran sospechas para dispersar al rebaño de Dios.

¿Qué tipo de actitud debe haber en nuestro corazón y qué tipo de palabras deben salir de nuestra boca para participar en la obra de Cristo? ¿Seremos sus ayudantes en la tarea de reunir a su pueblo? ¿O trabajaremos como enemigos suyos, ahuyentando a la gente, dispersando, desparramando lo que Cristo quiere juntar?

Cristo nos llama a colaborar con él en esta misión de cosecha. Dios ama de tal manera al mundo, que sigue llamándolo el día de hoy desde la cruz del Calvario, desde donde se oye la bondadosa invitación: Cree en el Señor JesuCristo y serás salvo…

Señor Jesús, roba nuestro corazón y haznos colaboradores tuyos en la tarea de juntar un pueblo redimido para Dios. Perdona si hemos participado en la dispersión de tu pueblo, y danos hoy una oportunidad de recoger contigo a ese pueblo precioso que te pertenece.

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