Dios-en-relación
Mi Padre lo ha puesto todo en mis manos y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre; y nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo quiera revelárselo. (Mateo 11:27 La palabra)
Al observar el cielo estrellado hay ciertas luces que, al verlas con un telescopio simple, nos parecen una estrella, pero que con el uso de telescopios especiales y súper potentes se ve que se trata de una multitud de estrellas, una galaxia. Algo similar pasa con Dios. A simple vista nos parece una sola luz, pero cuando nos acercamos a mirar con más detalle vemos que se trata de una relación. Es una relación eterna entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que son UNO, y que este UNO vive y ha vivido eternamente como tres.
Estamos frente a una relación especial de amor y de honra mutua. El Padre es Padre eterno porque por toda la eternidad ha sido Padre. No hubo un momento en que haya comenzado a ser Padre, sino que ha tenido esta relación con el Hijo durante toda la eternidad pasada y la tendrá también en la eternidad futura. Por eso es Padre eterno. En Dios, la relación entre el Padre y el Hijo es una relación de honra mutua. El Padre ha dado toda la gloria y todo el poder al Hijo. El Hijo, a su vez, obedece en todo al Padre.
El Señor Jesús sabe quién es Dios. De hecho, la afirmación evangélica es que Jesús es el único que sabe quién es Dios, y sólo él lo puede revelar. Es decir, que Dios no es producto de nuestra imaginación o de nuestra conveniencia. No está hecho a nuestra imagen y semejanza. El Hijo ha revelado al Padre. En nuestra cultura la figura paterna aparece como alguien que infunde miedo, que se impone y que manda. Tal vez nos hemos equivocado al pensar en Dios así en esos términos.
Porque el Padre que el Señor Jesús revela no es un tirano caprichoso que quiera hacernos daño. Jesús nos revela el corazón misericordioso de un Padre que quiere perdonar, que busca la reconciliación. El Señor Jesús nos muestra al Padre cercano, que nos ve en lo secreto, que conoce y provee por su gracia en nuestras necesidades, que ama lo sencillo y aborrece el orgullo y la soberbia, que se compadece de nuestras tragedias y se alegra con nuestras celebraciones de vida.
El Señor Jesús es la imagen de un Dios que es invisible. Es decir, que Jesús hace visible a Dios. La palabra imagen en griego es ícono, así como cuando damos clic a un ícono en la computadora para abrir un programa, al acercarnos a Jesús, al dar clic a este ícono que es Jesús, es decir, al obedecer sus enseñanzas, al conocer más de su vida, al creer en él y depositar nuestra fe en lo que hizo por nosotros en la cruz, conoceremos a Dios; Dios se abrirá plenamente frente a nosotros en Jesús. Es sólo por medio de Jesús que podemos entrar a conocer mejor a Dios.
Así nos damos cuenta de que Dios es Dios-en-relación. Así como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son UNO, por el amor y por la honra que mutuamente se prodigan, nosotros también debemos vivir en ese intercambio de amor y honra.
Señor Jesús, gracias porque quieres revelar el corazón del Padre. Lo has escondido a los orgullosos, y lo has mostrado a los humildes, a los trabajados y cargados. Gracias porque tu invitación está abierta.
Invitación abierta
Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga. (Mateo 11:28-30 Reina-Valera 60)
Hay una forma de vida religiosa que produce cansancio, que oprime. Hace que la gente esté trabajada y cargada. Es una manera de vivir la fe que no conoce lo que Eugene Peterson llama “los ritmos no forzados de la gracia”. Se concentra en el cumplimiento de las responsabilidades, y no en el disfrute, ni en la libertad, el juego, y la alegría. Es precisamente la religión de los fariseos, la que se dedica a buscar las faltas ajenas, procurando así sentirse superior a los otros pecadores.
Ese tipo de religión es lo que produce las respuestas indeseables de la segunda mitad del capítulo 11 de Mateo: produce respuestas de indiferencia. Ante una religión farisea, la gente reacciona con impasibilidad o insensibilidad, porque sabe que es una religión estéril. Ante una religiosidad farisea, la gente responde con impiedad, porque está habituada a lo aburrido, a ignorar la presencia sorprendente de Dios en medio de su pueblo.
El fariseísmo es la peor desgracia que ha infectado a la fe cristiana. Genera la falsa impresión de santidad y rectitud, por el cumplimiento de reglamentos y estatutos rígidos. Esos reglamentos deben tener la función de estructurar la vida para garantizar la alegría, la salud y la espontaneidad, y no para señalar, excluir, dividir y destruir la comunidad.
El Señor Jesús nos invita a descansar. En ninguna otra parte del Evangelio nos dice que aprendamos de él; sólo aquí. No nos invita a aprender cómo sacar demonios, o cómo caminar sobre las aguas. Nos invita a aprender la mansedumbre y la humildad. La sencillez de alegrarnos con los ritmos no forzados de la gracia.
En el filme danés de 1989 “El festín de Babette”, los miembros de una iglesita muy sencilla y muy farisea han sido invitados por Babette a un banquete de agradecimiento por su hospitalidad. Es el festín más fino de toda su vida y no saben qué hacer, porque son demasiados manjares, de la mejor comida y bebida que hay en el mundo. Por su formación farisea piensan que es pecado disfrutar todo aquello. Por otro lado, no quieren desairar a Babette. Así que toman la decisión que, según ellos, será muy sabia. Van a comer y beber ese banquete sin disfrutar de él. ¡Qué gran parábola que nos describe a nosotros mismos, cuando olvidamos los ritmos de la gracia! Dios ha puesto frente a nosotros la vida, como un banquete, y nosotros la hemos convertido en amargura. Hemos tomado la decisión de no disfrutar y no descansar en Cristo.
Señor Jesús, estamos cansados de fariseísmo. Queremos tu carga ligera, tu yugo fácil, para poder descansar y disfrutar de los ritmos no forzados de la gracia.
