Lo que les digo en la oscuridad, díganlo ustedes a plena luz; lo que se les susurra al oído, proclámenlo desde las azoteas. (Mateo 10:26-27 NVI)
En medio de serias advertencias sobre el rechazo en el cumplimiento de nuestra misión, aparecen un par de instrucciones muy alentadoras, en las que el Señor nos anima a no tener miedo. Hoy vemos la primera de ellas. Es la decimoprimera instrucción en la serie. Debemos proclamar públicamente aquello que el Señor nos ha enseñado en lo privado. No tengamos miedo, porque tenemos asegurada la victoria. Nada detendrá la llegada del reino en toda su plenitud.
Aunque hoy pareciera que es algo pequeño y escondido, algo que el Señor nos ha enseñado en la intimidad del corazón, el reino saldrá a la luz. Aquello que se fragua en lo secreto, como un susurro al oído, ha de proclamarse públicamente y a todo volumen. Lo que hemos conocido de Cristo en lo íntimo del corazón, ha de hacerse asunto público: Cristo es el amor de Dios derramado en buena voluntad por todo el mundo.
Esto quiere decir que hay una relación directa entre la vida devocional y el trabajo misionero. Esa oración de la mañana, íntima y secreta, sustenta la proclamación pública. Lo expresó así don Miguel de Unamuno:
Lo que me dices en lo oscuro, Cristo,
lo derramo a la luz;
lo que nadie jamás verá ni ha visto,
secretos de la cruz!
Campanadas sin campana,
palabras sin boca,
puro son;
la oración de la mañana
nadie toca;
se ha nacido por sí misma
desnuda la canción.[1]
No es un pasaje que nos amedrente, sino al contrario. Es un pasaje que nos exhorta a no tener miedo. No se trata de la publicación de todos nuestros asuntos privados. Se trata de la victoria cierta del reino de Dios, que en el momento actual pareciera ser un asunto pequeño y escondido, pero que un día brillará como la luz del nuevo día.
Del mismo modo que no se puede detener el amanecer, nada impedirá que brille la luz del reino de Dios. Es una victoria cierta, aun a pesar de nuestros errores e imperfecciones en el cumplimiento de nuestra misión. Cristo brillará plenamente por todo el mundo, y nada lo podrá impedir.
Las experiencias de rechazo no detienen este amanecer. No impiden que brille la luz de Cristo. Vale la pena invertir la vida por ese nuevo día que comienza en Cristo sin impedimentos de ningún tipo. Los enemigos de la misión no lo podrán impedir. Tampoco nuestros errores. Tengamos confianza porque es una victoria cierta. Hagamos pública la buena voluntad de Dios por el mundo.
Es misión de confianza y cercanía
¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos están todos contados. Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos.
(Mateo 10:28-31 RV1960)
Quienes trabajan en la cosecha de Dios deben tener seguridad de su identidad como siervos y siervas de Cristo, y pueden estar muy seguros de dónde colocan su lealtad. Esta es la decimosegunda instrucción a los misioneros en el capítulo 10 de Mateo. Dios nos cuida pues nos considera muy valiosos.
Las persecuciones y las oposiciones a la obra pueden provocar daños en la parte exterior de nuestro ser, pero no logran destruir la verdad central que alimenta nuestro trabajo. La fe en la realidad del reino de Cristo queda intacta. Nuestra alma se alimenta de esa verdad.
Por eso nuestra lealtad está puesta en Aquel que tiene autoridad sobre el cuerpo y el alma. El sacrificio de un par de pajaritos era común en el judaísmo del primer siglo. A pesar de ser una ofrenda de pobres, era aceptada por Dios como algo valioso y precioso. Mucho más lo será el sacrificio de cualquiera de sus trabajadores en la cosecha. Somos muy valiosos para Dios.
Para poder contar los cabellos de la cabeza es necesario acercarse y hacer contacto, tocar. Por eso esta es una figura hermosa cuya fuerza radica en la cercanía y en el contacto cariñoso, cuidadoso y familiar de nuestro Padre celestial. Podemos sentir su abrazo, su aliento cercano mientras nos cuenta los cabellos. Podemos escuchar que nos dice al oído: “No tengas miedo, hija/hijo mío. Yo estoy cerca”.
Dios nos dice: “Realiza tu ministerio con confianza. Yo estoy cerca de ti. Yo te cuido y te defiendo. Te conozco y te quiero, te amo entrañablemente. Eres muy especial, eres muy valioso para mí. Tenemos todavía mucho que hacer en esta cosecha. No te desanimes. Yo estaré contigo”.
Padre celestial, gracias por tu amor, tu cuidado y tu cercanía precisamente cuando estamos trabajando en tu cosecha, y cuando más lo necesitamos. Amén.
Es misión de confesión valiente
Todo aquel que se declare a mi favor delante de los demás, yo también me declararé a favor suyo delante de mi Padre que está en los cielos. Y, al contrario, si alguien me niega delante de los demás, yo también lo negaré a él delante de mi Padre que está en los cielos. (Mateo 10:32-33 La palabra)
La palabra clave en la duodécima instrucción a los misioneros del capítulo 10 de Mateo es la palabra CONFESIÓN. La lealtad a Cristo se pone a prueba no cuando todos estamos juntos en el culto, sino en ese momento en que hay que dar la cara frente a los demás. Hay que confesar que somos de Cristo.
En especial si se trata de un contexto hostil al evangelio, como un salón de clases, una oficina o lugar de trabajo, un grupo de amistades, etcétera. Se nos pregunta como a Pedro en aquella noche del arresto de Jesús: ¿Tú también andabas con Jesús? ¿Tú también crees en Cristo?
Después de los siglos de historia de injusticias, guerras de religión, esclavitud, cruzadas, inquisiciones, ¿todavía crees en Cristo? Después del colapso y la desintegración cultural de occidente, ¿todavía crees que el cristianismo tiene algo que aportar al mundo de hoy?
Sinceramente nos preguntamos si esta cultura occidental alguna vez se ha rendido realmente a Cristo. O si lo que ha pasado es sólo una fachada cristiana, una manipulación religioso-política del evangelio, pero no una conversión verdadera. El periodista inglés del siglo XX, G.K. Chesterton, dijo: “No es que el mensaje cristiano haya sido intentado y hallado deficiente. Es que ha sido hallado difícil, y dejado sin intentar”.
Y la respuesta es: Sí. En este mundo de relativismos, de confusión ética, de desvalorización de la vida humana y de deterioro ambiental, el mensaje de Cristo no puede ser más pertinente y urgente. En el evangelio está la esperanza para el rescate del corazón humano, del matrimonio y la familia, de nuestras estructuras sociales y del mundo entero.
Espíritu Santo, danos la fuerza y el valor para confesar que somos de Cristo en cualquier circunstancia y ante cualquier persona. Amén.
Es misión de prioridad
El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no merece ser mío; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no merece ser mío; y el que no toma su cruz y me sigue, no merece ser mío. El que trate de salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por causa mía, la salvará.
(Mateo 10:34-39 Dios habla hoy)
Es la última instrucción de Cristo a sus misioneros en su segundo sermón del Evangelio según Mateo. La palabra clave es PRIORIDAD. El mensaje del reino consiste en la realidad del reinado de Cristo en todas las áreas de nuestra vida.
Observamos que la lealtad a Cristo debe estar por encima de las lealtades familiares. Con una mirada más detallada nos damos cuenta de que no se trata de cualquier relación familiar. Son las relaciones familiares intergeneracionales, las de padre-hijo y madre-hija. No se habla de hermanos ni de esposos.
Y es que los desafíos del reinado de Dios involucran la competencia del alma humana, su capacidad de responder a la llamada de Cristo: “Sígueme”. Esta respuesta es la decisión más importante de toda la vida.
Pero en muchos casos, el mayor impedimento para seguir a Jesús se encuentra en las relaciones asfixiantes de los padres para con los hijos. Son redes de chantaje que no permiten a la nueva generación seguir al Señor. Nuestros hijos no son nuestra propiedad. Le pertenecen a Dios.
Cuando las relaciones familiares ocupan el primer lugar en nuestra vida (ese lugar que debería ocupar el Señor Jesús) estamos haciendo algo equivocado con la siguiente generación. Los debemos preparar para seguir y servir a Cristo, con la libertad de perder la vida por su causa, porque esa es la única manera de salvarla en realidad.
Señor, enséñanos a criar hijos que te amen por encima de todo, como su primera prioridad. Amén.
[1] Unamuno, Cancionero Bs. Aires; Losada: 1953. Pág. 98
