Es misión del Espíritu
Mas cuando os entreguen, no os preocupéis por cómo o qué hablaréis; porque en aquella hora os será dado lo que habéis de hablar. Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros. (Mateo 10:19-20 RV1960)
El Espíritu Santo es el Señor de la misión. Tal como lo aprendió Josué la noche antes de su batalla más famosa, la toma de Jericó, cuando vio a un ángel reluciente y con espada desenvainada y le preguntó: “¿Estás de nuestro lado? ¿Vienes a ayudarnos?” El ángel le respondió: “No vengo a ayudarles. Vengo encabezando el ejército de Dios para realizar esta tarea”.
Josué se dio cuenta de este principio fundamental de la misión: No se trata de que Dios le ayuda al ser humano a cumplir la misión. Es al revés. La misión es de Dios, y en todo caso, con todas nuestras limitaciones, nosotros somos sus colaboradores.
El Evangelio según Mateo no se distingue por hacer tantas referencias al Espíritu, como sí lo hace Lucas. Sin embargo, comparte esta convicción bíblica: La misión cristiana es misión pneumática.
Es obra del Espíritu. Dios es quien dirige y gobierna sobre su obra en el mundo, por lo tanto, es también quien llama, sustenta y protege a sus misioneros.
A estas alturas del texto del Evangelio según Mateo, el Espíritu Santo se ha mencionado en el capítulo uno, pues el bebé en el vientre de la bienaventurada María fue concebido por el Espíritu Santo.
También en la predicación del bautista en el capítulo tres, dice que el Señor vendría a bautizar con el Espíritu Santo y con fuego. Y al salir del agua, al ser bautizado el Señor, vio al Espíritu descender sobre él como una paloma. Inmediatamente después, el Espíritu llevó al Señor al desierto para enfrentar las tentaciones del enemigo.
Esta séptima instrucción para la misión ha sido malinterpretada como un permiso para no preparar el sermón, confiando en que “el Espíritu hablará”. Pero no se refiere a la tarea de predicar, que ciertamente debe ser trabajo diligente, sino a la defensa del Evangelio ante los poderes del mundo.
La misión que realizamos no es nuestra. Es de Dios. Más vale que lo que hagamos esté totalmente en concordancia con los buenos intereses del Espíritu en el mundo: la vida abundante, el gozo de la salvación, la salud integral, la paz con justicia, el buen trato a toda persona vulnerable, y el respeto a la creación de Dios.
Sólo la gracia perdura
El hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo. Los hijos se rebelarán contra sus padres y harán que los maten. Por causa de mi nombre todo el mundo los odiará, pero el que se mantenga firme hasta el fin será salvo. (Mateo 10:21-22 NVI)
Octava instrucción a los misioneros: Todas las relaciones afectivas pueden fallar. Sólo la gracia perdura. Es un anuncio dramático del fin de todos aquellos amores humanos que nos han acompañado y animado.
Sólo la relación con el nombre de Cristo (la gracia de Dios) es lo único que permanecerá cuando todas las otras relaciones afectivas nos desilusionen.
Recibe el contenido de Protestante Digital directamente en tu WhatsApp. Haz clic aquí para unirte.
