Jesús envió a estos Doce con las siguientes instrucciones: — No vayan a países paganos ni entren en los pueblos de Samaría; vayan, más bien, en busca las ovejas perdidas de Israel (Mateo 10:5-6 La palabra).
Se comienza por la casa
El Evangelio según Mateo nos presenta al Señor Jesús como un Maestro excelso, que brinda sus enseñanzas a sus discípulos en cinco sermones, dando a entender que Cristo tiene la autoridad divina de dictar de nuevo los cinco libros de la ley. Tal vez el más conocido de los cinco es el Sermón del monte, donde aparece el “retrato hablado” del pueblo que sigue a Cristo.
Observamos que el evangelista Mateo debió haber sido una persona muy organizada, pues casi todo en su libro está en grupos de siete o de catorce. Recordamos la genealogía de Cristo al comienzo, con tres grupos de catorce generaciones cada uno. En el Sermón del monte se pueden distinguir catorce instrucciones específicas para guiar la conducta del pueblo que le sigue: “No vivas de pleito, no juegues con la tentación, toma en serio tu estado civil, dale valor a tu palabra, no respondas con violencia, no limites tu bondad, no publiques tus ayudas, no publiques tu vida de oración, no te hagas el centro de tu devoción, no uses palabrerías vanas al orar, no vivas en angustia, pon tu corazón en lo que vale la pena, arregla tu vida antes de meterte en la vida de los demás, no des tu confianza a ‘perros y cerdos’”.
El segundo sermón consiste en las instrucciones que el Señor da a sus misioneros. También está compuesto de catorce enseñanzas. La primera de las instrucciones misioneras es: la misión debe comenzar desde lo más cercano y doméstico.
Ya sabemos que en la famosa “gran comisión” Jesús nos envía hasta lo último de la tierra. Pero todo debe comenzar por la casa. Y es que, para ser verdadero, todo amor debe concretizarse. No podemos decir que amamos a la humanidad entera si no amamos a nuestros hijos, o a quienes comparten nuestro techo.
Por eso la primera instrucción es la de comenzar con lo cercano, con lo inmediato. No se trata de una misión de conquista del mundo entero. En casa hay mucha necesidad. Especialmente después de los años de confinamiento por la pandemia de COVID 19, muchos adolescentes y jóvenes de nuestras iglesias quedaron en un estado de aturdimiento espiritual. Es necesario predicar a nuestras propias “ovejas perdidas”, nuestras iglesias requieren ser otra vez evangelizadas. Nuestra misión debe comenzar en casa, en nuestra iglesia. En nuestros barrios, entre nuestras amistades, hay ovejas perdidas. Hay confusión, hay hambre, hay tristeza, hay desesperanza.
El verdadero amor, la verdadera misión cristiana, comienza desde lo más pequeño, sin pretensiones, es fiel en lo poco, brilla en el sitio donde está plantada. Tiene visión global, pero se vive de manera local. Los grandes misioneros de alcance internacional saben buscar y amar primero a esas ovejas perdidas de su propia familia.
Es para dar salud y vida
Vayan y anúncienles que el reino de los cielos está ya cerca. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, limpien de su enfermedad a los leprosos, expulsen a los demonios. Pero háganlo todo gratuitamente, puesto que gratis recibieron ustedes el poder. (Mateo 10:7-8 La palabra)
La segunda de las instrucciones de Jesús a sus misioneros es esta: La misión es para dar gratuitamente salud y vida. El reino de los cielos es la irrupción del cielo en la tierra. Es la invasión de la realidad de Dios a nuestra realidad.
Este fenómeno está marcado por ciertos indicadores precisos, que son: La justicia, la paz, la restitución de la comunidad para quienes habían sido excluidos, la promoción de la salud y la vida, y un sentido de alegría inmensa por la presencia de Dios entre nosotros.
La misión consiste en dar vida y salud; así se gana terreno para el reino de Dios. Se confunden mucho quienes piensan que su misión es amargarse y amargar a los demás. La misión cristiana no es enfermar sino sanar. No es vivir encadenado por envidias y resentimientos, sino liberados para Dios. Quienes recibimos este encargo misionero de parte del Señor tenemos la tarea de resucitar lo muerto y curar lo enfermo, de recuperar aquello que le pertenece a Dios pero ha sido usurpado por el diablo.
Hay relaciones que se han marchitado, hay esperanzas que han muerto, hay proyectos de vida que se han apagado, y es nuestra tarea ser promotores de la esperanza y la vida que hay en el evangelio.
Esta facultad de dar vida y salud no es para hacer negocio o para obtener ganancias económicas. Es la circulación libre de la gracia de Cristo en nuestro ministerio. Que nuestras iglesias no sean asociaciones religiosas de angustia, enfermedad, amargura, o envidia. Más bien que sean comunidades de vida y salud por la gracia de Dios.
Pidamos perdón al Señor Jesús si hemos creído que nuestra misión era enfermar a los demás. A partir de hoy, por su gracia, somos sanadores y promotores de vida.
De fondos a fondos
No lleven oro ni plata ni cobre ni provisiones para el camino. No lleven ropa de repuesto ni sandalias ni bastón, pues el trabajador tiene derecho a su alimento.
(Mateo 10:9-10 Dios habla hoy)
Tercera enseñanza: Lo que se lleva en el corazón es más importante que lo que se lleva en la alforja. El ministerio no se fundamenta en los fondos económicos, sino en lo que hay en el fondo del corazón. Los fondos económicos se recaudan para servir al ministerio, y no al revés.
Obviamente es necesaria la recaudación de fondos para el ministerio, pero qué trágico panorama cuando no hay nada en el corazón para compartir. Si no existe nada en el fondo de nuestro corazón, aunque tengamos todos los fondos económicos, no sirve nuestra misión. Es bueno tener apoyo económico, pero el ministerio se hace primordialmente con lo que está en el fondo del corazón, no en el fondo del bolsillo.
Para evitar esa confusión, el Señor Jesús instruye a viajar ligeros. Necesitamos el alimento, es lógico. Y efectivamente no nos faltará qué comer. Pero no podemos confundir nuestra misión con una campaña de recaudación de fondos. Esa campaña está al servicio de otro tipo de recursos.
Los recursos más importantes para la misión son la oración, la relación estrecha con la palabra de Dios, el gozo del Señor, la fe, la esperanza y el amor. Nada de esto se compra con dinero. Es lo que sustenta al ministerio—cualquier ministerio, en la confianza de que todo lo demás vendrá por añadidura.
Padre celestial, da a nuestro corazón tu paz, para poder ubicar los fondos económicos en su lugar correcto. Amén.
