En sus marcas, listos, ¡ya!

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En sus marcas, listos, ¡ya!
En sus marcas, listos, ¡ya!

Acababan de irse los ciegos cuando se acercaron unos a Jesús y le presentaron un mudo que estaba poseído por un demonio. En cuanto Jesús expulsó al demonio, el mudo comenzó a hablar. (Mateo 9:32-34 La Palabra)

El mudo comenzó a hablar

Este episodio es el segundo elemento en la tríada que nos prepara para entrar al sermón del capítulo 10 de Mateo (las instrucciones a los misioneros). El primero es la curación de dos ciegos. Aquí encontramos dos diferentes tensiones presentes en el relato.

La primera es la tensión entre la facultad de hablar y la fuerza diabólica que mantiene enmudecido al hombre. Dios nos hace hablar, para contar a todos las maravillas del evangelio. El diablo, en cambio, nos hace callar. Su interés es que no podamos comunicar, ni siquiera decir a nuestros seres queridos cuánto los amamos. Dios quiere que hablemos bien, que bendigamos.

La segunda tensión es la reacción que esto provoca. La gente está asombrada; reconoce maravillada que algo nuevo está sucediendo en el pueblo. En cambio, los fariseos reprimen su asombro y hacen un mal intento de racionalización. Dicen: es por el diablo que Jesús hace estas cosas. Están usando mal su capacidad de hablar. Están hablando mal. Están maldiciendo.

Si podemos hablar, usemos esta capacidad para exaltar a Dios, para reconocer que en Cristo está ocurriendo algo nuevo que nunca se había visto. El corazón humano es transformado como nunca antes. El que no podía perdonar ahora lo puede hacer. El pobre recibe buenas noticias de justicia y de paz. Usemos la capacidad de hablar para afirmar, para bendecir, para dar amor con nuestras palabras y con nuestra forma de hablar.

Pidamos al Señor Jesús que nos haga hablar el día de hoy. Que no quedemos sin poder alabarle, y sin poder dar a quienes viven con nosotros el gran amor que proviene de Cristo. Somos los misioneros de vida y esperanza, que proclamamos que Cristo es Rey de reyes y Señor de señores.

Manda trabajadores, Señor

Por eso, pídanle al dueño de la mies que mande trabajadores a su mies.
(Mateo 9:35-38 La Palabra)

Esta es la culminación de la tríada que nos prepara para entrar al sermón de los misioneros en el capítulo 10: El Señor dio la vista a unos ciegos. Si podemos ver, es para ver con compasión la realidad de nuestro pueblo. El Señor dio la capacidad de hablar a un mudo. Si podemos hablar, es para anunciar la buena noticia del reino y todo lo que eso implica. La tríada funciona como las tres llamadas para empezar la carrera: “¡En sus marcas, listos, fuera!”

Si Dios es rey, habrá paz con justicia, integridad en nuestro trato a la creación, se acabará el mal de la violencia, habrá salud de todo tipo en nuestra vida, y una alegría incomparable por la presencia de Dios mismo entre su pueblo, acompañándonos como el buen pastor que cuida a sus ovejas.

Si podemos ver, veamos como Jesús. Él ve a todo su pueblo, maltrecho y desalentado, desamparado y disperso, vulnerable, en peligro de ser atacado. Así está nuestra gente: Confundidos, sin liderazgo, sin hallar el sentido a su vida. Cristo nos abrió los ojos para ver esta necesidad, y para ver también lo que Dios puede hacer.

Si podemos hablar, hablemos como Jesús. Él proclama el reinado de Dios sobre todos los aspectos de la vida humana, y esa es la mejor de todas las noticias. Principalmente, él ora para que el Padre celestial mande trabajadores a su cosecha. Tengamos cuidado al hacer esta oración, porque seguramente Dios contestará llamándonos a nosotros mismos para servir en su gran obra de amor.

Pidamos al Señor Jesús que envíe obreros a su mies. Hombres y mujeres leales a su causa que orienten y amen a su pueblo que hoy está desamparado y disperso.

Los primeros doce trabajadores

Jesús reunió a sus doce discípulos y les dio autoridad… (Mateo 10:1-4 La Palabra)

Jesús acaba de invitar a orar para que el Señor mande trabajadores a su cosecha, e inmediatamente la oración ha sido contestada. Los primeros enviados, los primeros apóstoles, son estos doce galileos. Elegidos por Jesús y dotados de autoridad para traer la salud y la paz del reino.

El número doce es importante porque recuerda las doce tribus del antiguo Israel. Es un indicador del proyecto de Jesús: restaurar al verdadero Israel de Dios. Es por eso que son todos varones, por el símbolo de la representación de las doce tribus. No son doce de distintas familias, pues todos son judíos (de una sola tribu), pero serán los primeros doce trabajadores de la mies identificados por nombre. Junto a ellos el grupo alrededor del Señor Jesús estaba compuesto de hombres y mujeres que aprendían sus enseñanzas y recibían juntamente los encargos misioneros.

El grupo es diverso: cuatro pescadores, por lo menos dos zelotes, un cobrador de impuestos y cinco más que son gente del pueblo. Esto nos dice que entre los trabajadores de la cosecha hay diversidad. No todos pertenecen a la misma denominación, ni tienen todos la misma formación cultural, ni simpatizan por el mismo partido político.

Entre los trabajadores de la cosecha, nadie debe descalificar ni expulsar a otro sólo porque no es idéntico a los demás. Desde ahí comienza el respeto a la libertad de conciencia y a la obra de la gracia de Dios, que nos hace ser lo que somos: compañeros en el trabajo de cosecha del reino de Dios.

Señor Jesús, danos un corazón grande para incluir como colegas a quienes tú has llamado a ser trabajadores y trabajadoras de tu cosecha. Comenzamos a correr la carrera de la misión siguiendo tu llamada a ver bien, a hablar bien y a hacer equipo bien.

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