Sucedió que, estando Jesús sentado a la mesa en casa, he aquí muchos publicanos y pecadores que habían venido estaban sentados a la mesa con Jesús y sus discípulos. (Mateo 9:10 RVA 2015)
El aislamiento
Andar con Cristo es como estar de fiesta. Cuando Jesús está presente en la casa, la mesa se convierte en lugar de vida y comunión. Se forman nuevas amistades, la mesa está abierta para romper barreras de aislamiento. Alrededor de la mesa los grupos se mezclan, se entrecruzan las conversaciones, se disfruta de la comida y la bebida con alegría y sencillez de corazón, y se plantean nuevos horizontes de vida, transformados por la gracia de Dios.
Sin embargo, aparece la primera amenaza a la fiesta de Jesús en casa de Mateo el cobrador de impuestos: es la actitud de aislamiento de los fariseos. Eran los Hasidim de hace dos mil años, los piadosos, los puros, los que observaban estrictamente los mandamientos de la ley de Moisés. Para ellos era inconcebible compartir la mesa con un pecador. La fiesta debía terminar. Según ellos, Jesús se estaba comportando mal al ofrecer conversación y amistad a cobradores de impuestos y a otra gente de mala fama.
Esas actitudes siguen vivas hoy en día. Es pensar que lo más importante es guardar las formas de la religión, cumplir los reglamentos y los estatutos. Eso es más importante que lo que hay dentro del corazón. Pero Dios tiene otra escala de valores. Para Dios es más importante lo que hay en el corazón: la compasión, la misericordia, la justicia, la fe. Eso vale más que tradiciones, reglas y formas religiosas.
Esa actitud era llevada al extremo por los esenios. Los esenios de aquella época eran una secta que vivía en comunidades aisladas, procurando mantenerse puros, sin la contaminación del mundo. Ellos se llamaban a sí mismos los “hijos de la luz”. Jesús dijo que la luz no se enciende para guardarla debajo de un cajón, sino que se pone en alto para que alumbre toda la habitación. Son los enfermos los que necesitan al médico. Nuestras actitudes de aislamiento amenazan con estropear la fiesta de Jesús.
Así, pues, no vayamos a estropear la fiesta de Jesús con nuestras actitudes de aislamiento y exclusión. Los cristianos no somos mejores que cualquier otro ser humano. Estamos igual de hambrientos—muertos-de-hambre—que todos los demás. La única diferencia es que nosotros ya hemos encontrado el lugar donde hay pan de vida, en suficiente provisión para alimentar a todos los hambrientos del corazón. No tenemos derecho a cerrar la mesa y estropear la fiesta con nuestro aislamiento. Jesús abre la mesa para saciar esa hambre, y el pan de vida es su propio corazón.
Señor Jesús, gracias por llamarnos a tu mesa abierta. Ayúdanos a vivir con el corazón abierto para dar tu luz a quienes viven en tinieblas. Amén.
La estructura
Un día se le acercaron los discípulos de Juan y le preguntaron: ―¿Cómo es que nosotros y los fariseos ayunamos, pero no así tus discípulos? (Mateo 9:14 NVI)
Hay tiempos para todo. Cuando es tiempo de fiesta no se debe ayunar ni afligir el alma. Al estar Jesús presente con sus discípulos, la comunión estrecha con el Señor y la alegría de la inauguración del reino de Dios no era momento para ayunar. El ayuno es una disciplina espiritual que tiene su momento propicio en la vida, principalmente para apuntalar la oración, fomentar el domino propio y engrandecer el corazón para la solidaridad. Pero justo en la fiesta de la inauguración del reino no es momento de ayunar.
¡Qué triste desilusión escuchar a los discípulos del gran profeta Juan el bautista ponerse del lado de los fariseos! La frase nosotros y los fariseos es ya una construcción gramatical trágica y desastrosa. Nunca debiéramos ponernos con los fariseos en una misma oración. Los fariseos interpretan las Escrituras con el corazón enceguecido por su orgullo y no son capaces de ver ahí a Cristo, ni de percibir el carácter del Dios de misericordia, justicia y paz que inspiró esas Escrituras.
Poner en primer lugar las estructuras es la segunda amenaza a la fiesta. Decíamos que el primer elemento que amenaza la fiesta con Jesús es el aislamiento. También vemos que son las estructuras. Pensar que el vino nuevo del evangelio puede guardarse en bolsas de cuero viejo es querer que a la fuerza se acomode el reino de Dios a nuestras estructuras mentales, religiosas y denominacionales. Según Jesús esto no es lógico ni inteligente. Es más bien una insensatez.
Las prácticas de la devoción piadosa, las disciplinas espirituales, sí tienen su lugar en el reino, y tienen su momento. Pero se practicarán siempre al servicio de la compasión, de la justicia y la paz. Es decir, el ayuno practicado fuera de las premisas del reino que inaugura Jesús es sólo muestra de luto, de aflicción del alma, de tristeza, o de depresión. Pero el ayuno practicado bajo las premisas del reino produce solidaridad con los hambrientos, apuntala la oración y fomenta el dominio propio para poder ser más útiles para el reino.
Así, pues, no vayamos a estropear la fiesta de Jesús con nuestras estructuras. Los evangélicos decimos que no tenemos tradiciones, pero no es así. Cada organización, y cada denominación tiene sus propias tradiciones. Son mandamientos de hombres que deben siempre reformarse para que podamos vivir la fe de acuerdo a la nueva realidad del reino de los cielos que irrumpe en nuestra historia y nos invita a alegrarnos con el gozo del Señor.
Señor Jesús, perdona si nos hemos puesto del lado de los fariseos. Ayúdanos a entrar en la canción que nos quieres enseñar, porque la alegría del Señor es nuestra fuerza. Amén.
Las restricciones por género
Mientras él les decía esto, un dirigente judío llegó, se arrodilló delante de él y le dijo: ―Mi hija acaba de morir. Pero ven y pon tu mano sobre ella, y vivirá. (Mateo 9:18 NVI)
En el día de Pentecostés, el apóstol Pedro se refirió a un texto del profeta Joel para explicar lo que estaba sucediendo. El Espíritu Santo sería derramado sobre todo el pueblo. El texto utiliza lenguaje inclusivo: Sobre los hijos, y sobre las hijas. Sobre los siervos y las siervas. Las mujeres también forman parte del pueblo lleno del Espíritu, también son trabajadoras de la cosecha de Dios; también son discípulas de Cristo, también trabajan en su cosecha, y también son invitadas a la fiesta de la gracia de Dios.
En el Evangelio según Mateo este relato de las dos mujeres aparece de manera más breve y concisa. Sólo aquí vemos un detalle muy impactante: El que se arrodilló ante Jesús le dijo que su hija ya estaba muerta. No hay prisa por llegar a la casa. Este hombre cree que Jesús la puede resucitar sólo con el toque de su mano. Él cree que su hija debe vivir. Es justamente la vida de una niña, que en nuestro mundo es algo tan desvalorizado, como si las niñas fueran de menor importancia.
Pero no es así para el Señor Jesús. Él toma de la mano a la niña para que viva. Y que entre a la vida como mujer con toda dignidad, valor y derecho. Llena del Espíritu, la hija puede ser sierva de Cristo. Por si esto fuera poco, en medio del relato se inserta otro episodio. Otra mujer que también recibe el trato de “hija”. Tenía una enfermedad evidentemente femenina, que la mantenía en un estado permanente de impureza ceremonial. La excluía totalmente de todo desarrollo espiritual, de toda participación en la vida del culto, de toda dimensión festiva de la vida.
Este episodio doble, de dos hijas amadas, de dos mujeres que reciben la gracia de Dios por medio de Jesús, es el primer preludio al sermón de los misioneros que viene en el siguiente capítulo. Si somos fieles al Señor Jesús no podemos mantener una actitud excluyente hacia la participación de mujeres en el ministerio. No es el ministerio del hombre ni de la mujer. Es el ministerio del Espíritu. En el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer es sin el varón. Una amenaza más a la fiesta de Dios es la exclusión de las mujeres, a pesar del poder del Espíritu derramado en ellas también.
Vamos a divulgar esta noticia por todas partes: Cristo valora la vida de las niñas y de las mujeres. Cristo las llena de su Espíritu y las hace colaboradoras suyas en su gran obra de cosecha. Independientemente de si nosotros los varones las reconocemos y las ordenamos o no, ellas ya son siervas de Cristo, porque su Espíritu no hace esa distinción. Son hijas a quienes Cristo levanta y les dice: Ten ánimo, hija…
Señor Jesús, perdona si nos hemos puesto del lado de los fariseos. Ayúdanos a compartir tu ministerio como comunidad de siervos y siervas. Amén.
Jesús nos hizo ver
Al salir Jesús de allí, dos ciegos lo siguieron, gritando: —¡Ten compasión de nosotros, Hijo de David!
(Mateo 9:27-31 DHH)
Con este episodio entramos en el segundo preludio al sermón del capítulo 10 de Mateo, las instrucciones a los misioneros. Este segundo preludio (después del episodio de las dos mujeres-las hijas amadas) está compuesto por una tríada: el primer elemento es el de la sanidad de dos ciegos. El segundo es la sanidad de un hombre que no podía hablar, y el tercero será la conclusión del capítulo 9, donde Jesús habla de la cosecha.
En el Evangelio según Mateo hay una característica interesante. En algunos relatos aparecen duplicados los personajes. Son dos los endemoniados gadarenos en el capítulo 8, son dos los ciegos en este pasaje y también son dos ciegos en el capítulo 20. Eso nos hace pensar en la naturaleza pedagógica del texto, para el seguimiento de Jesús. La persona que lee debe incluirse en el relato, asumiendo que él o ella es uno de esos dos personajes. Es decir, somos nosotros los ciegos que hemos sido sanados por Jesús.
El toque sanador de la mano de Jesús nos hizo recobrar la vista, y participar en su fiesta. Es su mano la que abrió nuestros ojos y nos hizo ver a su pueblo y a su mundo, pues antes éramos ciegos. Ahora podemos darnos cuenta de la realidad. Jesús les advirtió que guardaran el secreto. Pero, ¿cómo se puede guardar un secreto así? Todos los que hemos recibido el toque de la mano de Jesús y que hemos recobrado la vista no podemos quedarnos callados.
Esos dos hombres que habían sido ciegos se convirtieron en misioneros de Jesús. Esa es la esencia de la misión. Es compartir la experiencia personal de cómo—por el toque de la mano de Jesús—nuestra vida ha sido transformada en una fiesta de la gracia. Ahora podemos ver todo con claridad. Podemos reconocer con verdad la manera en que está constituida la realidad y especialmente podemos ver sus posibilidades de transformación por la gracia de Dios.
Jesús nos hizo ver. Abramos los ojos el día de hoy para ver la realidad de necesidad, la realidad de la gracia de Dios y la realidad de lo que Dios puede hacer con el poder infinito de su amor.
Señor Jesús, ten compasión de nosotros y toca nuestros ojos. Ayúdanos a ver la realidad, la necesidad que hay en nuestro entorno, y el poder de tu gracia. Amén.
