La fe se puede ver

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La fe se puede ver
La fe se puede ver

Después de esto, Jesús subió de nuevo a la barca, pasó a la otra orilla del lago y se dirigió a la ciudad donde vivía. Allí le llevaron un paralítico echado en una camilla. Viendo Jesús la fe de los que lo llevaban, dijo al paralítico: — Ánimo, hijo. Tus pecados quedan perdonados. (Mateo 9:1-2 La Palabra)

Jesús subió de nuevo a la barca con sus discípulos después de que todo el pueblo de Gadara dio muestras de estar bajo el influjo del diablo (porque dieron expresión a los deseos de los demonios que cayeron en el agua y le suplicaron a Jesús que se fuera de esa comarca). Esa es la verdadera marca de la acción del diablo: tomar distancia, alejarse de Jesús. El diablo casi nunca opera de maneras tan obvias, como por medio del padecimiento de alguna persona atribulada por una crisis psicótica. Lo que quiere es alejarnos de Jesús. Tengamos eso presente, para estar alerta.

En aquella barca cruzando el lago, seguramente Jesús pensaba en el rechazo y la expulsión. Pero ese rechazo no significó el fin de su misión. Supo limpiarse el polvo de sus sandalias y continuar su trabajo, anunciando la buena noticia del reino de los cielos. Siempre habrá oportunidades de ministerio, pues el mundo es un campo abierto de muchísima necesidad. Al llegar a Capernaúm, se le presenta a Jesús una ocasión para continuar su ministerio. Es que el ministerio no se acaba cuando se sufre un rechazo.

Le trajeron un paralítico. Un hombre que no podía caminar, alguien cuyo mundo entero era una camilla y nada más. Todos pensaban que esa condición era consecuencia del pecado. Seguramente estaba pagando algún mal que había hecho. Era su merecido. En ese esquema de pensamiento no hay lugar para la compasión. Aquel hombre está pagando sus pecados. Pero quienes lo llevaron a Jesús tenían otra idea. Para ellos el destino de su amigo paralítico no estaba cerrado. No se había puesto punto final. Era sólo un punto y seguido.

Jesús le dijo: “Ánimo, hijo. Tus pecados quedan perdonados”. Sin la necesidad de hacer más penitencia, sin la necesidad de presentar el sacrificio de un becerro todo quemado, sólo por la palabra de Jesús al ver la fe de aquellos amigos. La fe se puede ver. No es algo abstracto ni un ideal que se disipa como niebla. La fe es algo que puede verse por los actos que produce. Que el primer acto sea acercarnos a Jesús para recibir el perdón de nuestros pecados.

Un nuevo reino, el reino de los cielos, está amaneciendo con Jesús. Abramos los ojos para ver la realidad del reino de los cielos presente aquí y ahora. Señor Jesús, queremos acercarnos a ti para escuchar las palabras que nos hacen vivir: tu pecado borrado ya quedó... Amén.

Los tres poderes

El paralítico se levantó y se fue a su casa. Al ver esto, la gente tuvo miedo y alabó a Dios por haber dado tal poder a los hombres. (Mateo 9:7-8 Dios habla hoy)

Sólo en el Evangelio según Mateo aparece este comentario final: La gente tuvo miedo y alabó a Dios por haber dado tal poder a los seres humanos. Nos preguntamos: ¿A qué poder se refiere? Según el uso que se hace en este pasaje del concepto poder y del vocablo autoridad, podemos ver que se trata de tres cosas al mismo tiempo. Primero se trata del poder para perdonar, luego, del poder para sanar, y finalmente, del poder para levantarse.

Dios le ha dado al ser humano Jesús de Nazaret el poder para perdonar pecados, que es un atributo exclusivamente divino. Pero por medio del Señor Jesús, Dios nos ha dado a los humanos que creemos en él ese mismo poder. De hecho, es un requisito indispensable para la práctica de la oración válida: Capítulo 6:14-15 “Porque si ustedes perdonan a otros el mal que les han hecho, su Padre que está en el cielo los perdonará también a ustedes; pero si no perdonan a otros, tampoco su Padre les perdonará a ustedes sus pecados”. Podemos y debemos ejercer este poder de perdonar.

Dios le dio al ser humano Jesús el poder para sanar enfermedades. Y por medio de Cristo, nosotros, simples seres humanos también compartimos y participamos en esa gracia divina. Podemos ser instrumentos de salud de parte de Dios. Con nuestras palabras, con nuestras actitudes, con nuestra manera de tocar y orar por los enfermos, podemos ser canales de la salud que caracteriza a la nueva creación. Podemos colaborar para que nuestras relaciones familiares sanen. En Cristo tenemos la capacidad, la autoridad y el poder para ser promotores de la salud que proviene de Dios.

Finalmente, por medio de Cristo, Dios le dio al ser humano el poder para levantarse. Dios no quiere que vivamos paralizados de manera permanente. Nos ha dado el poder de levantarnos de nuestra postración. Es salir del pozo, fortalecer nuestras rodillas y piernas para lograr la postura erguida por la gracia de Dios, es decir, es recuperar la dignidad perdida, es mirar a los ojos a todos los demás, es volver a ser seres humanos plenos, lo cual es posible sólo por la gracia de Dios.

Padre celestial, aunque nos da un poco de miedo, te alabamos por habernos dado en JesuCristo el poder de perdonar, el poder de sanar, y el poder de levantarnos. Amén.

Un discípulo improbable

Al irse de allí, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a la mesa de recaudación de impuestos. «Sígueme», le dijo. Mateo se levantó y lo siguió. (Mateo 9:9 NVI)

Después de ocho capítulos, hasta ahora aparece por primera vez el nombre del autor de este libro: Mateo, antes cobrador de impuestos para el imperio romano, luego seguidor y apóstol de JesuCristo, y organizador de los eventos de la vida de Jesús, y de sus enseñanzas en un libro extraordinario que ha bendecido a millones de personas a lo largo de dos milenios. Han pasado muchas páginas antes que aparezca su nombre. O sea que el protagonista del libro no es él, sino el Señor Jesús. Es que así debe ser. Mateo no escribió para promoverse a sí mismo, sino al Señor.

Sentado a la mesa de recaudación de impuestos. Una mesa de muerte. Una mesa para extraer lo poco que tienen los pobres de Galilea para dárselo a los ricos de Roma, que se alimentan de los tributos de todas las provincias conquistadas y subyugadas bajo su dominio. El cobrador de impuestos era una persona despreciable, pues siendo del mismo pueblo judío, se beneficiaba a costa de sus compatriotas, cobrando tanto como se le antojara cobrar, por cuestiones tan caprichosas como el número de ruedas en una carreta, y las cosas que se transportaban en ella.

Los cobradores de impuestos tenían prohibida la entrada a las sinagogas y por supuesto, también al templo. Por su trabajo inmoral, quedaban excluidos de toda gracia de Dios. Su ideología era: el dinero es lo más importante en la vida. Por dinero, y por el estilo de vida que el dinero les otorgaba, eran capaces de venderlo todo, hasta su misma dignidad. Cuando se pone en primer lugar el dinero, las personas se convierten en signos de pesos, y las relaciones se envenenan y se pudren.

De esa forma, el corazón de quien vive bajo esa orientación metalizada y materialista por la idolatría de la avaricia, está en un estado terrible de desolación y hambre espiritual. Es pobre, con una pobreza horrible, porque lo único que tiene es dinero. No tiene alegría, no tiene comunidad, no conoce la sencillez del amor. Su mesa de trabajo es una mesa de muerte. Es una mesa odiada, una mesa que empobrece y que destruye la comunidad.

A pesar de ser tan diferente a los otros discípulos de Jesús, Mateo también recibe la llamada, la palabra que le dice: “Sígueme”. Es el discípulo más improbable de Jesús. Despreciado por el sistema religioso, odiado por todos, tiene esperanza de transformar su mesa en una mesa de comunidad. Al seguir a Jesús, su vida cambiará y dejará de ser esclavo del dinero, para convertirse en un siervo del reino de los cielos que ya está amaneciendo; un reino en donde el rey no es el dinero, sino Cristo, y su manera de ver la realidad es liberadora y transformadora.

Señor Jesús, gracias por llamarnos a seguirte, por ver en nosotros algo más, algo que nadie podía ver: nuestro corazón empobrecido, y las posibilidades de vida que hay en ti. Amén.

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