Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre (Mateo 4:1-2 RVA 2015).
La cifra cuarenta tiene un gran significado como tiempo de preparación, de aprendizaje, de concentración. A lo largo de un semestre, un curso normalmente dura cuarenta horas de clase. Es tiempo de prueba y preparación. En el caso de Jesús, lo que está en juego es la redención del mundo.
El comienzo del reino de los cielos está marcado por un período de preparación y de prueba. El Señor Jesús mismo es puesto a prueba. Todo el destino del gran proyecto de Dios de rescatar a su creación está en juego. La moneda está en el aire.
Todo podría haber acabado ahí en ese desierto. La tentación ocurre en el desierto, es decir, cuando no hay sistemas de apoyo, amistades lindas que ofrezcan cobijo y fraternidad. El enemigo se nos acerca en la soledad, cuando no contamos con el calor del hogar espiritual.
Durante toda la vida del Señor Jesús, el diablo siempre quiso estropear su misión. Ese es el objetivo de la tentación. El diablo quiere estropear nuestra misión. Quiere que seamos inútiles en el mundo para que no participemos en los propósitos de Dios de rescatar a su mundo por su amor.
Es un asunto serio que requiere toda nuestra atención. Con la victoria del Señor Jesús nosotros también podemos vencer la tentación por la fuerza del Espíritu…
Pidamos al Espíritu Santo que nos acompañe en este desierto, para tener la fuerza para vencer la tentación que quiere echar a perder nuestra misión en el mundo que Dios ama tanto.
Participemos hoy de la victoria que hay en Cristo. No estamos solos cuando enfrentamos la prueba. Podemos dejar atrás todo pecado y extendernos hacia adelante, siguiendo a Jesús. El Señor Jesús sabe bien cómo funcionan las tentaciones, pues él mismo las vivió y las venció.
No solo de pan
¿Qué tiene de malo convertir una piedra en un pedazo de pan para saciar el hambre? Esta idea representaba una tentación peligrosa, que ponía en juego todo el plan de Dios de rescatar y redimir a su creación por medio de JesuCristo.
Primero, el origen de la idea. Quién la propone. Es iniciativa del diablo. Aunque Jesús tenga mucha hambre, no va a seguir una idea sugerida por el enemigo. Segundo, la motivación. Es para probar la identidad de Jesús. Jesús no necesita probar su identidad a nadie, y mucho menos al diablo.
Tercero, es una mala idea porque reduce la condición humana a un simple problema fisiológico. Como si todos los problemas de la humanidad se resolvieran después de saciar el hambre del estómago. Aun después de haber terminado de comer, el corazón humano sigue perdido, enfermo y esclavizado.
Más bien, lo que sostiene la vida del ser humano es primero que nada asumirse como criatura frente a un Dios que ha hablado. Escuchar, recibir esa palabra de Dios. Porque cuando habla el Señor, pasan grandes maravillas. Todo el mundo cobra vida y comienza a cambiar. Cuanto habla el Señor, este corazón de piedra es cambiado por la gracia, y ahora vuelve a palpitar.
Dios santo, vivimos por tu palabra. Es palabra de vida y salud; es palabra de juicio y corrección; es palabra de amor y afirmación. Queremos escucharla el día de hoy en JesuCristo. Amén.
No solo de espectáculos
Las tres tentaciones del desierto en realidad son la misma: “Comprueba tu identidad de Hijo de Dios, por medio de demostraciones extraordinarias, desde arriba, y no por medio del camino del amor y la compasión”. “Conviértete en el Mesías que todos quieren, no vayas a la cruz”.
Al mismo tiempo las tres tentaciones implican un entendimiento del problema humano, que no tiene nada que ver con la conversión, con el arrepentimiento, con el cambio de corazón desde adentro. En la primera, el ser humano es simplemente un estómago vacío. En la segunda, el ser humano está aburrido.
Como si el verdadero problema humano fuera la necesidad de espectáculo, de demostraciones extraordinarias y milagrosas del poder de Dios. “Tírate desde 45 metros de altura, justo en el templo, así como lo están esperando los fariseos… Así todos creerán que eres el Hijo de Dios”.
El problema es que cada cosa espectacular que el aburrido ser humano contempla sólo le da más hambre de algo más y más espectacular. Los ojos nunca se cansan de ver más y más espectáculos. Y eso no soluciona el verdadero problema humano: el corazón. El ser humano no sólo es un alma aburrida. Es un esclavo que necesita redención. Es un enfermo que sólo se salvará con un trasplante de corazón.
Dios santo, perdona si te hemos puesto a prueba, a pesar de todas las demostraciones extraordinarias de tu amor que están a nuestro alrededor. Abre nuestros ojos para verlas hoy. Amén.
No solo de gobiernos
Es común encontrarnos en el Evangelio según Mateo la estructura de tríadas. El tercer elemento de la tríada casi siempre contiene la parte culminante, la conclusión contundente, el resumen, o el mandamiento de Jesús. En este caso se trata de una tríada de tentaciones en el desierto, que culmina con la más importante. A quién hay que adorar—a quién hay que servir.
Las tentaciones presentan versiones incompletas e inadecuadas del problema humano. El ser humano no es solo un consumidor de pan. No es sólo un espectador de las pantallas del entretenimiento. Y no es sólo un súbdito, ciudadano o como decía Aristóteles, un animal político. Su problema no se soluciona con un cambio de régimen, ni con una reforma desde arriba ni con una revolución. El poeta inglés Samuel Johnson lo decía bien al hablar de nuestro verdadero problema en un verso escrito en 1749:
De las cosas que al corazón humano afligen,
qué pocas son las que reyes y leyes corrigen. [1]
Queda claro que hay una conexión estrecha entre el diablo y la gloria de los reinos del mundo. Cuando el poder se usa para la vanagloria, para alimentar el ego del líder, para servirse con la cuchara grande en lugar de para servir al pueblo, entonces el gobierno está en poder del diablo.
Algún día los reinos del mundo serán de nuestro Señor y de su Mesías, y él reinará por los siglos de los siglos. Pero ese fin no se conseguirá por medios diabólicos. Es una semilla de mostaza que comienza desde abajo y no desde arriba, y que conquista lavando nuestros pies. Ahí donde Jesús reina, hay paz con justicia, integridad en la creación, y se acaba el mal de la violencia.
Señor Jesús, comienza ya a reinar en nuestra vida. Que tu reino se haga realidad en nuestro ámbito doméstico y también en nuestro ámbito social y político. Amén.
Notas
[1] How small, of all that human hearts endure,
That part which laws or kings can cause or cure.
(Traducción del autor)
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