Cuando Jesús terminó este discurso, la gente estaba profundamente impresionada por sus enseñanzas, porque los enseñaba con verdadera autoridad y no como los maestros de la ley (Mateo 7:28-29 La Palabra).
¡Cuánto impacto puede provocar alguien que enseña! Todos podemos recordar a aquella persona que nos enseñó a tomar el lápiz y a escribir los primeros trazos. Recordamos maestras y maestros excelentes en su trabajo. Sin embargo, en nuestro recuerdo seguramente también hay momentos malos, de maestros que no enseñaban bien, que no amaban su materia o no amaban la enseñanza o simplemente no amaban a sus alumnitos.
Al terminar de escuchar el discurso de Jesús, la gente quedó asombrada por este maestro. Estaban habituados a escuchar a maestros aburridos, rutinarios, sin verdadera pasión por su materia, sin creer de corazón lo que estaban enseñando, ¡que no era otra cosa sino la Palabra de DIOS!
El Señor Jesús fue un gran comunicador. Utilizaba ejemplos de la vida diaria, era capaz de diagnosticar perfectamente la realidad humana en lo individual y en lo social, se apropiaba de su tema con dominio total, y transmitía el amor por el aprendizaje, que es lo más importante que puede enseñarse.
Hoy nos quedan las palabras que Jesús enseñó. Quedaron registradas en los Evangelios. ¿Acaso es todo? No tenemos grabaciones de su voz. No tenemos vídeos. Pero sí tenemos algo mejor que todo eso. Tenemos su Espíritu. En eso consiste la verdadera diferencia con respecto a los maestros de la ley. Enseñaban la misma materia, pero Jesús sí estaba lleno del mismo Espíritu que sustenta a esa ley. Del Espíritu viene la autoridad para de veras enseñar la Palabra de Vida como Jesús.
Con el Espíritu Santo tenemos un adelanto de la nueva creación. Escribe la ley de Dios en nuestro corazón y nos inunda con las intenciones que subyacen a los mandamientos de la ley. Como pueblo suyo, somos guiados por el Espíritu Santo para dar testimonio de la luz de Dios a todo el mundo.
Tócame, Señor
Al bajar Jesús del monte, lo seguía mucha gente. En esto se le acercó un leproso, que se postró ante él y le dijo: — Señor, si quieres, puedes limpiarme de mi enfermedad. Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: — Quiero. Queda limpio. Y al instante el leproso quedó limpio. Jesús le advirtió: — Mira, no se lo cuentes a nadie; vete a mostrarte al sacerdote y presenta la ofrenda prescrita por Moisés. Así todos tendrán evidencia de tu curación (Mateo 8:1-4 La Palabra).
Los mejores sermones pueden quedarse sólo en las palabras, y no volverse realidad. Jesús acaba de dar sus enseñanzas en el famoso primer sermón en Mateo, y no lo vemos retirarse en soledad, o irse a una habitación de hotel muy exclusiva, sino que tiene contacto con la gente.
De esto se trata el ministerio del reino de los cielos. Es contacto con la gente, contacto con la realidad de sufrimiento, enfermedad, tragedia, y esperanza. Un leproso se postró ante él y lo llamó “Señor”. Le dijo algo que nos deja intrigados: “Si quieres, puedes limpiarme de mi enfermedad”.
Nunca dudes que el Señor quiera o no quiera sanar. Él es la buena voluntad de Dios para con la humanidad. Cristo es el Sí, glorioso y pleno, que ha pronunciado Dios para nuestra redención. Esa es la verdad a nivel general. Y todos quisiéramos que se aplicara en el nivel más particular de nuestras situaciones. Pero su respuesta a nuestros clamores no siempre es afirmativa. Y no sabemos por qué.
Jesús tocó a un hombre leproso, un marginado e impuro. Eso equivalía a contaminarse. Pero lo que ocurrió fue el movimiento opuesto. El Señor Jesús con su santidad purificó a aquel leproso. Con el toque de su mano, Jesús limpió de su impureza a aquel hombre. La comunidad del reino se forma precisamente con los más indignos, quienes éramos impuros y hemos sido tocados por Cristo, los que hemos sido expulsados, a quienes Jesús abre las puertas.
Pidamos al Espíritu Santo que nos lleve hoy a donde hay necesidad de Dios. Que el Señor nos toque con su mano y use nuestras manos para tocar al mundo enfermo al que Dios ama de tal manera… Amén.
No soy digno…
Cuando Jesús entró en Carfarnaún, se acercó a él un oficial del ejército romano suplicándole: — Señor, tengo a mi asistente en casa paralítico y está sufriendo dolores terribles. Jesús le dijo:
— Yo iré y lo curaré. Pero el oficial le respondió:
— Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa. Pero una sola palabra tuya bastará para que sane mi asistente. Porque yo también estoy sujeto a mis superiores, y a la vez tengo soldados a mis órdenes. Si a uno de ellos le digo: “Vete”, va; y si le digo a otro: “Ven”, viene; y si a mi asistente le digo: “Haz esto”, lo hace. (Mateo 8:5-9 La Palabra)
En este pueblito Jesús estableció su base de operaciones, en la casa del pescador Simón. Todos se conocen en un pueblo pequeño. Todos saben quién es este centurión romano. Su presencia en el pueblo es un recordatorio viviente del estado de cosas. Los romanos son los conquistadores, y ellos mandan. Si uno de ellos pide a un judío llevar su carga por una milla, lo tiene que hacer.
¿Cómo reaccionará Jesús ante esta realidad? ¿Lo tratará con dureza, como se merece el opresor extranjero? ¿Será que el amor de Dios también alcanza a los paganos? ‘Cuando sale el sol, cuando llueve, el sol de Dios, la lluvia de Dios, también viene sobre los romanos…’ Jesús está dispuesto sin reservas, a ir a la casa de este centurión romano. Algo con lo que el mismo Simón Pedro lucharía tiempo después en Hechos 10.
Jesús no se escandaliza ante la realidad de vida de este oficial romano. ¿Por qué intercede por uno de sus siervos enfermo? ¿Qué le puede importar a este imperialista pagano la vida de un simple esclavo galileo, que pudiera considerarse como algo descartable, reemplazable fácilmente? En aquella época era común que muchos de los romanos poderosos tuvieran un siervo favorito, por motivos demasiado abominables y paganos para la moral judía. En este caso no sabemos más. Solamente que era un siervo muy apreciado por su amo.
La actitud de Jesús es conmovedora. Él es quien lleva nuestras enfermedades y dolores. Incluso las de personas envueltas en dinámicas de relación contrarias a la voluntad de Dios. En un segundo, el centurión reconoce su indignidad. Muy seguramente su modo de vida pagano no corresponde a la intención de Dios para el ser humano. Por favor, Jesús, no entres en mi casa. Sólo da la orden y mi asistente sanará…
Señor Jesús, tenemos tanto que aprender de ti. Siempre recuérdanos que por tu palabra de vida nos llamas a un estilo nuevo de vida según la buena intención de Dios para el hombre y la mujer. Pero también recuérdanos que tu reino incluye y no excluye. Amén.
