El Jesús de la historia es el Cristo de la gloria. Toda la creación da testimonio de la gloria de Dios, que se encarnó en Jesús de Nazaret.
Luego subieron a la barca y el viento cesó. Y los que estaban a bordo se postraron ante Jesús, exclamando: — ¡Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios! (Mateo 14:32-33 La Palabra)
A muchos creyentes nos ha llegado alguna vez la crítica que dice que la fe cristiana no se originó con Jesús, sino que proviene de siglos después, cuando se inventaron leyendas sobre la divinidad de Jesús. Se nos dice que Jesús era simplemente un ser humano, el Jesús de la historia. Nos dicen que el Cristo de la gloria es un producto posterior, del siglo V, cuando el cristianismo se hizo la religión oficial del imperio romano. Dicen que entonces comenzaron las leyendas, mitos y cuentos acerca del Cristo de la gloria, un personaje glorioso y divino que –según los críticos—no es el mismo que el Jesús de la historia.
Sin embargo, al tener frente a nosotros el himno de Colosenses 1, nos damos cuenta de que la devoción a Cristo con carácter divino comenzó desde el momento en que vivió el Jesús de la historia. Se trata de un documento cristiano que proviene de las primeras décadas después de que vivió entre nosotros Jesús de Nazaret.
Lo más probable es que el apóstol Pablo (que escribió la carta a los Colosenses alrededor del año 60) no sea el autor del himno, sino que él ya lo conocía como un cántico que las iglesias cantaban acerca de Cristo. Formaba parte de la liturgia de las primeras comunidades cristianas. No sabemos quién lo compuso. Una cristiana o cristiano anónimo lo compuso alimentado de los recuerdos del Señor Jesús.
La devoción cristiana se alimenta del evangelio. Conocemos al Señor Jesús por los episodios del evangelio, por esos benditos recuerdos, y nos damos cuenta quién es él. Doblamos la rodilla ante él como Señor y Dios, y le cantamos un himno. Por los años 60 d.C., Pablo incorporó en su carta un himno sobre Cristo que ya había sido cantado desde unos cinco o diez años antes. No se trata de varios siglos después del tiempo que vivió el Jesús de la historia. No hay tiempo suficiente para la formación de mitos o leyendas.
Algún testigo presencial de los episodios del evangelio es quien dijo: Él es la imagen del Dios invisible. El primogénito de toda creación. En él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra… Esta declaración que pertenece al Cristo de la gloria se refiere directamente al Jesús de la historia. En aquel carpintero galileo fueron creadas todas las cosas. Se une así al Cristo de la gloria con el Jesús de la historia.
De manera que no queremos conocer ni tener nada que ver con el Jesús de la historia si no es el Cristo de la gloria, ni viceversa. El Cristo de la gloria no se desarrolló siglos después, como dicen nuestros críticos, sino que desde la primera década después que vivió Jesús, ya se afirma que en él fueron hechas todas las cosas, y que él –verdaderamente—es el Hijo de Dios.
La solución trinitaria
Pues por medio de Cristo, los unos y los otros podemos acercarnos al Padre por un mismo Espíritu. (Efesios 2:18 Dios habla hoy)
La trinidad es el intento humano de explicar el problema que nos presenta el evento de Cristo en nuestro mundo. Con la venida de Jesús de Nazaret, tenemos el caso de un personaje que no es meramente un profeta. En la Biblia, de ningún profeta se afirma que en él fueron creadas todas las cosas. Ni de Elías, ni de Jeremías, ni de Isaías. Tampoco se dice eso acerca del rey David, o de ningún otro personaje bíblico. Sólo del Señor Jesús. En él fueron creadas todas las cosas.
El problema teológico que tenemos frente a nosotros es cómo afirmar al mismo tiempo la unidad indivisible de Dios y la realidad de que en Cristo estamos ante Dios encarnado. No es solamente un ser humano. Tampoco es un ángel, porque reina con toda potestad en el cielo y en la tierra. Puede perdonar pecados y recibe la adoración de seres humanos y de ángeles. Y tiene en su poder el dominio de toda la creación en los cielos y en la tierra, sobre cuestiones materiales y espirituales.
La realidad del Señor Jesús, Dios hecho carne, es lo que origina la necesidad de formular la doctrina de la trinidad. Es la mejor explicación que podemos dar para decir qué fue lo que pasó en el mundo cuando vino Jesús de Nazaret. La trinidad es Dios en acción, alcanzándonos y haciendo un acceso para que podamos relacionarnos con Dios. Por medio del Hijo podemos acercarnos al Padre gracias al Espíritu Santo.
No debemos distraernos con el aspecto taumatúrgico del Señor Jesús, es decir, con sus actos mágicos y milagrosos. El carácter divino de Jesús no consiste en su capacidad de hacer milagros. Los milagros son sólo señales que indican algo más profundo. Si lo divino consistiera sólo en lo mágico y lo extraordinario, entonces cualquier ilusionista podría engañarnos. Lo divino no consiste en poder caminar sobre el agua, sino en caminar sobre las aguas agitadas y caóticas de la noche en tempestad (Mt 14:24-27).
En la imaginación del judaísmo de aquella época, las aguas embravecidas representaban las fuerzas desatadas del diablo y de la maldad. Jesús caminando sobre las aguas en una noche de mar picado y con viento contrario, es la prueba de su naturaleza divina, porque su poder es inmensamente mayor al poder del diablo. Él puede superar a los poderes diabólicos del mar agitado.
El Padre en relación eterna con el Hijo eterno, y ambos con el Espíritu Santo. La trinidad es Dios en relación. Un Dios en tres personas. Esto es indispensable para poder afirmar que Dios es amor. Si Dios no fuera trinidad, no sería amor. Porque el amor sólo se manifiesta en relación. No existe el amor si no existe la relación. Por eso afirmamos que Dios es amor, porque Dios siempre ha estado en relación: el Padre con el Hijo, y con el Espíritu Santo, en mutuo servicio y en honra mutua por toda la eternidad.
La constitución de la realidad
En este personaje, el Jesús de la historia, en Jesús de Nazaret, en él fueron creadas todas las cosas. No sólo decimos que por medio de él todo fue creado; eso viene un poco más delante en este himno: Cristo es el agente de la creación, por ser la Palabra creadora de Dios. JesuCristo no es creación, sino creador, porque es el agente por medio de quien Dios lo creó todo. No es criatura, sino que es la Palabra creadora, como Hijo eterno del Padre.
Pero también afirmamos que las cosas fueron creadas en él. Él no solo es el agente de la creación, sino que también es el plano arquitectónico de toda la creación. Todo lo que existe fue creado de modo que contiene una intrincada sabiduría profunda. Esa sabiduría profunda que constituye toda la realidad se hizo carne en Jesús de Nazaret.
El Señor Jesús es la encarnación de la sabiduría profunda con que Dios hizo a toda la creación. Esto quiere decir que cada una de las células que nos componen (miles de millones) lleva testimonios elocuentes de Cristo, de la acción creadora de la gloria de Dios. O sea que Cristo nos conoce muy profundamente. Conoce nuestro nombre, y conoce nuestras inquietudes. Conoce nuestros sueños y frustraciones. Conoce nuestras esperanzas y desilusiones. Conoce nuestras lágrimas y también nuestras alegrías. El Señor Jesús está más cerca de nosotros que nuestro propio aliento. Porque en él fuimos creados, junto con todo el universo.
La implicación ética de esta afirmación es tremenda. Quiere decir que toda la realidad existente tiene un fundamento de justicia y rectitud. El universo está constituido según la rectitud y la justicia del Señor Jesús. Todo lo que se siembra, se cosecha. Hay un principio básico de justicia que sostiene toda la realidad, porque ésta ha sido creada en Cristo.
De modo que quien camina en sendas torcidas de injusticia, de infidelidad y traición, de mentira y simulación, de inmoralidad e indiferencia, está yendo en contra de las fuerzas más básicas que constituyen al universo. Nadie puede esperar que si infringe las leyes morales que constituyen la realidad, logrará salir ileso, porque todo fue creado según el plano arquitectónico de JesuCristo, el Justo, el fiel, el verdadero.
Esta creación presente está constituida en Cristo, es decir, tiene esta base ética de acuerdo a la persona del Señor Jesús, y también la nueva creación está constituida en Cristo, porque si alguno está en Cristo, nueva criatura es.
Todo está constituido en Cristo. El pan que nos comemos y la mesa en la que preparamos los alimentos. La familia y la convivencia de afecto, y el amor por todo aprendizaje acerca del mundo que nos rodea, todo está constituido en Cristo. Él es el Alfa y la Omega (primera y última letra del alfabeto griego). Cristo es la A y la Z. Todo lo que podemos llegar a decir, a pensar y a conocer, está en Cristo. Y esto no es decir poca cosa acerca del Jesús de la historia.
Que podamos corregir hoy nuestro camino para estar en concordancia con el tejido que constituye toda la creación. Que el Señor nos enseñe su camino de bondad y de justicia, para vivir de acuerdo al inmenso testimonio de su gloria que percibimos en todo su mundo.
El alcance de la creación
Todas las cosas en él fueron creadas, tanto en los cielos como en la tierra. La realidad está constituida según el plano de justicia y rectitud, de misericordia y verdad que se encarnó en el Señor Jesús.
En la antigüedad existía una doctrina muy común entre la gente, una mezcla de ideas filosóficas y religiosas, que se llamaba gnosticismo. Ya desde el primer siglo de la iglesia estuvo presente una amenaza de intromisión, los inicios de lo que más tarde serían las herejías gnósticas.
Los gnósticos decían que el Dios supremo había creado solamente las cosas del cielo: las cosas espirituales, las ideas, las cosas perfectas, que existen en esencia como ideas en el cielo. Pero las cosas de la tierra, la existencia física y material, no habían sido creadas por el Dios supremo.
Ellos decían que esta realidad material la había creado un ser divino de menor categoría, un demiurgo. Una especie de duende o diosecillo menor había creado esta existencia física. A los gnósticos les parecía que la existencia material tiene muchos dolores. Así querían ellos explicar las enfermedades y malestares físicos, el envejecimiento y la debilidad, el hambre y la sed, el dolor de tener existencia física.
Efectivamente, el tener cuerpo no es siempre una alegría. Nos duele, y nos limita. Nos hace sentir pequeños. Estas limitaciones y estos dolores físicos les hacían pensar a los gnósticos que el Dios supremo no creó esta existencia material. Esta creación debió haber sido la maldad o travesura de un demiurgo.
Los cristianos en la antigüedad afirmaron que en Cristo fueron creadas todas las cosas: tanto las de los cielos como también las de la tierra. Las cosas físicas de la tierra también fueron creadas en Cristo. El Dios supremo no sólo creó los cielos, sino también la tierra. Todo lo que existe (no sólo lo espiritual, sino también lo material) forma parte de la buena creación de Dios.
Las enfermedades, dolores, limitaciones y muerte de nuestro cuerpo indican que la buena creación de Dios está sometida a esclavitud y en espera de su plena liberación, cuando venga la nueva creación. Son las consecuencias naturales de la caída, de la presencia de nuestro pecado que lo ha afectado todo.
No sólo lo celestial está constituido sobre una base ética de justicia y rectitud. También este mundo en que vivimos. Esta realidad material en la que existimos está confeccionada sobre fundamentos permanentes de justicia. La ONU dice que la democracia se sustenta sobre tres columnas: derechos humanos, paz y desarrollo. El judaísmo enseña que los tres pilares que sostienen al mundo son: la verdad, la justicia y la paz. La confesión cristiana es que todo eso que sostiene al mundo se encarnó en el Señor Jesús, en quien fueron creadas todas las cosas, las de los cielos y también las de la tierra.
Lo visible y lo invisible
En el siglo XIX hubo un pensador francés llamado Augusto Comte, que insistía en lo que él llamó positivismo: una doctrina que influyó mucho la educación durante el siglo XX, y a la cultura en general hasta el día de hoy.
El positivismo afirma que sólo existe lo material, aquello que se puede ver, lo que se puede contar, medir y pesar en un laboratorio. Lo único real es lo que pasa por la sanción, el escrutinio y los métodos de la ciencia.
A las ideas filosóficas, Comte les llamaba “mitología”. Y consideraba que toda creencia religiosa pertenecía a la infancia de la humanidad. Según él, la humanidad había dejado atrás la época teológica, gobernada por la fe; y la mitológica, bajo el dominio de las ideas filosóficas, y ahora estamos en la época positiva. En esta época somos científicos y sólo existe aquello que podemos medir, contar y pesar en un laboratorio.
Sin embargo, en el himno a Cristo que leemos en Colosenses se afirma que hay cosas visibles, y también cosas invisibles, que no podemos someter a mediciones en un laboratorio. Son invisibles y son reales, aunque no sean positivas. Para ese pensador serían mitos, porque son invisibles, pero existen.
¿Cuáles son esas cosas invisibles? Todo el trabajo humano de reflexión sobre el mundo es real y muy necesario. Necesitamos tener una teoría del gobierno, una filosofía del poder, una teoría del trabajo, un estudio sobre la justicia. ¿Qué es la responsabilidad? Algo invisible, pero real. Así también son la amistad y el amor. ¿Qué es el afecto? ¿Qué es la lealtad? ¿Qué es la fidelidad? Son cosas invisibles, pero muy reales.
En la iglesia hablamos de muchísimas cosas que son invisibles, pero muy reales, y que tienen su manifestación visible, como la iglesia misma. No queremos sólo vivir una iglesia en lo ideal, que viva en las nubes, adorando a Dios, sin contacto con la realidad del mundo. Queremos una iglesia con los pies en la tierra, que sepa abrazar e inclinar la rodilla cuando compartimos un motivo de oración. Una iglesia que nos dice: “No estás solo, hermano, hermana. Vamos a orar juntos y a caminar juntos, a pasar por este trago amargo, juntos”.
En Cristo fueron creadas todas las cosas. Él no sólo es el agente creativo, sino también el plano de la constitución de la realidad. Cristo está muy cerca de nosotros y nos conoce mejor de lo que nosotros nos conocemos. Todo lo que existe está fundado en la justicia, la paz y la verdad que se encarnaron en el Señor Jesús. Los cielos y la tierra forman parte de una misma creación, y llevan esta marca de pertenencia y calidad. Todo lo que existe: lo visible y lo invisible, son el contexto en el que conocemos mejor a Cristo a través de su pueblo en el mundo.
Cantarle a Cristo
En el siglo II, Plinio el joven, gobernador romano de la provincia de Bitinia, describió a los cristianos como gente que se reunía a la salida del sol para cantarle un himno a Cristo como su Dios, y para prometerse unos a otros que en ese día no iban a mentir, ni a cometer adulterio, ni a defraudar a nadie. Desde el principio, la gente cristiana se distingue porque le canta a Cristo, reconociéndolo como Dios, y porque a partir de ese reconocimiento vienen consecuencias de tipo ético. Hay una forma correcta de vivir, que se desprende de nuestra devoción al Señor Jesús.
El himno de Colosenses es uno de los primeros ejemplos de esto. Declara que Dios lo creó todo en Cristo Jesús. Sin embargo, es notable que no se trata de un ensayo teológico, ni de un discurso académico sobre Jesús. Es un himno. Quiere decir que la verdad del evangelio es algo que se tiene que cantar para poder apreciarlo plenamente. Al cantarlo, conectamos la mente con el corazón.
Por medio de los himnos cristianos, tocamos las verdades más profundas con las fibras más hondas de nuestro ser.
Los antiguos mexicanos usaban un nombre especial para referirse al Dador de la Vida. Lo llamaban Tloke-Nauake, que significa “El Señor del cerca y del junto”. Su intuición no estaba equivocada. Cristo está muy cerca, porque en él fuimos creados. Por lo tanto, para cumplir con el diseño de nuestra existencia, hay que seguir sus pasos. Cuando caminamos con Cristo vamos de acuerdo con los principios que sostienen toda la vida: la verdad, la justicia y la paz.
Así lo expresa el himno del pastor uruguayo Mortimer Arias: “En medio de la vida”. Comparto aquí su letra:
En medio de la vida estás presente, Oh Dios, más cerca que mi aliento, sustento de mi ser.
Tú impulsas en mis venas mi sangre al palpitar. Y el ritmo de la vida vas dando al corazón.
Tú estás en el trabajo del campo y la ciudad, y es himno de la vida el diario trajinar,
el golpe del martillo, la tecla al escribir, entonan su alabanza al Dios de la creación.
Tú estás en la alegría y estás en el dolor, compartes con tu pueblo la lucha por el bien.
En Cristo Tú has venido la vida a redimir, y en prenda de tu reino el mundo a convertir.
Estás en la familia, huésped de cada hogar; oyente invisible de nuestro conversar.
Bendices nuestra mesa y no nos falta el pan; cuidas de nuestros hijos, frutos de nuestro amor.
Oh, Dios del cielo y tierra, te sirvo desde aquí,
te amo en mis hermanos y hermanas; te adoro en la creación.
Hoy seguimos cantándole a este Dios que se ha hecho tan cercano, que nos ha creado en su Hijo eterno, Cristo Jesús. Señor, que podamos hoy hacer visible tu amor, tu verdad, tu paz y tu justicia. Que vivamos en fidelidad y lealtad, en responsabilidad y honor para tu nombre. Bendice a tu pueblo con tu amor de Padre celestial, la gracia del Hijo eterno, Cristo Jesús, y la amistad con el Espíritu. Amén.
