Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Jeremías 17:9
Vivimos en una época en la que se nos anima constantemente a escuchar nuestro corazón: «Haz lo que sientas», «sé fiel a ti mismo», «sigue tu corazón». Pero ¿podemos confiar siempre en lo que sentimos?
La Biblia nos invita a detenernos y mirar hacia nuestro interior con mucha más profundidad. Porque nuestro corazón puede decirnos la verdad, pero también puede engañarnos.
Las Escrituras contienen numerosas referencias al corazón y nos presentan una auténtica radiografía de nuestra vida interior.
En el lenguaje bíblico, el corazón no representa únicamente nuestros sentimientos. Es el centro de la persona interior: allí se encuentran nuestros pensamientos, emociones, deseos, decisiones y motivaciones.
Por eso, conocer nuestro corazón es, en buena medida, conocernos a nosotros mismos.
Jeremías plantea una pregunta inquietante: «¿Quién lo conocerá?». El problema no es solamente que nuestro corazón pueda equivocarse; es que, en ocasiones, puede convencernos de que estamos en lo correcto cuando en realidad estamos siguiendo un camino equivocado.
Jesús mismo dijo: «Porque del corazón salen los malos pensamientos... Mateo 15:19
Esto nos muestra que existe una estrecha relación entre corazón y mente. Lo que pensamos, deseamos y finalmente lo que hacemos tiene mucho que ver con aquello que se está formando en nuestro interior.
Pero esta realidad también tiene una dimensión esperanzadora. Cuando Dios transforma nuestra vida, del corazón redimido pueden surgir pensamientos nuevos, deseos nuevos y una manera diferente de interpretar nuestra realidad.
Por eso Pablo nos anima a pensar en todo lo verdadero, honorable, justo, puro, amable y digno de alabanza (Filipenses 4:8).
El Espíritu de Dios es nuestro filtro contra el autoengaño. ¿Cómo podemos distinguir entonces entre lo que sentimos y lo que realmente es verdad? Aquí aparece una ayuda fundamental: el Espíritu Santo que es el Espíritu de verdad.
Dios no quiere que vivamos esclavizados por nuestras emociones ni que tomemos todas nuestras decisiones basándonos exclusivamente en aquello que sentimos en un determinado momento.
El Espíritu Santo nos guía mediante la Palabra de Dios y nos ayuda a discernir aquello que procede de Dios y aquello que nace de nuestro propio corazón.
Necesitamos aprender a someter nuestros pensamientos, sentimientos y decisiones a ese filtro espiritual. Porque no todo lo que sentimos es necesariamente verdadero.
A veces sentimos que Dios nos ha abandonado cuando Él sigue estando presente. Otras veces creemos que una determinada decisión es correcta simplemente porque nos produce satisfacción.
Incluso podemos justificar determinadas actitudes porque nuestro corazón encuentra razones para hacerlo. Por eso necesitamos algo más que nuestros sentimientos: necesitamos discernimiento espiritual.
Veamos también el peligro de un corazón que se endurece. Este es otro peligro importante: que nuestro corazón se vaya endureciendo poco a poco.
La carta a los Hebreos nos advierte al respecto: «Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo; antes exhortaos los unos a los otros cada día... para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado.» Hebreos 3:12-13
El endurecimiento espiritual normalmente no sucede de un día para otro. Puede comenzar con pequeñas concesiones, con el abandono progresivo de la Palabra de Dios, con una disminución de la oración o con la pérdida de sensibilidad ante la voz de Dios.
Es como una telaraña que se va formando lentamente hasta que termina envolviendo aquello que antes estaba limpio.
El caso de Demas resulta especialmente significativo. Pablo afirma que lo abandonó porque «amó este mundo» (2 Timoteo 4:10).
Su historia constituye una seria advertencia acerca de lo que puede suceder cuando el corazón deja de descansar en Dios y comienza a dejarse seducir por otras cosas.
Cuando nuestro corazón se convierte en un falso profeta. Podríamos decir que el corazón humano puede comportarse, en ocasiones, como un falso profeta y nos habla con aparente autoridad y nos presenta como verdad aquello que simplemente queremos creer.
Por eso David hizo una declaración que todos deberíamos convertirla también en nuestra oración: «Examíname, oh, Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno.» Salmo 139:23-24
Qué diferente sería nuestra vida si, antes de preguntarnos «¿Qué quiero yo?», aprendiéramos a preguntarnos:
«Señor, ¿qué hay realmente dentro de mi corazón?»
David no le pidió a Dios simplemente que bendijera sus decisiones. Le pidió que examinara su interior y le mostrara aquello que él mismo quizá no podía ver. Esa es una actitud de humildad espiritual.
¿Y si nuestro propio corazón nos acusa? Hay un texto especialmente revelador en 1 Juan 3:19-21. Allí encontramos una realidad que todos hemos experimentado alguna vez: nuestro corazón puede acusarnos.
Pero Juan nos recuerda algo extraordinario: «Si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas.»
¡Qué palabras tan consoladoras! No siempre debemos convertir la voz de nuestro corazón en la última palabra. Nuestro corazón puede acusarnos, pero Dios es mayor que nuestro corazón.
Eso significa que nuestra seguridad no puede descansar únicamente en cómo nos sentimos. Nuestra referencia última debe ser Dios, su Palabra y su verdad.
Hay momentos en los que nos sentiremos culpables. Otros en los que dudaremos. Habrá ocasiones en las que nuestro interior nos dirá que no somos suficientemente buenos, que hemos fracasado o que ya no hay esperanza.
En esos momentos debemos recordar: Dios conoce todas las cosas.
El maravilloso milagro de un corazón nuevo. Aquí es donde la reflexión adquiere una dimensión profundamente esperanzadora. Dios no solamente nos dice que debemos cuidar nuestro corazón. También promete darnos un corazón nuevo. 2ª Corintios 5:17
El profeta Ezequiel recoge esta extraordinaria promesa: «Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.» Ezequiel 36:26
El Evangelio no consiste simplemente en intentar mejorar nuestro viejo corazón. Dios hace algo mucho más profundo: transforma nuestro interior.
El creyente vive entonces una tensión permanente entre aquello que todavía pertenece a su vieja naturaleza y la nueva vida que Dios ha producido en él. Pablo desarrolla esta realidad especialmente en Romanos 6 al 8.
Por eso necesitamos ocuparnos de las cosas del Espíritu. Porque cuando nuestra vida se orienta hacia el Espíritu, encontramos vida y paz y se activa el nuevo corazón.
«Crea en mí un corazón limpio» Tal vez una de las oraciones más necesarias para nuestro tiempo sea la que David pronunció después de reconocer su propia fragilidad: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí.» Salmo 51:10
David no pidió simplemente que Dios cambiara sus circunstancias. Pidió que cambiara su corazón. Y esa debería ser también nuestra oración. No solamente «Señor, cambia lo que está a mi alrededor.» Sino: «Señor, cambia lo que está dentro de mí.»
Bienaventurados los de limpio corazón, Jesús pronunció una de las afirmaciones más hermosas del Sermón del Monte: «Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.» Mateo 5:8
Un corazón limpio no significa una persona perfecta. Significa un corazón que quiere vivir delante de Dios con sinceridad, que reconoce sus errores, que rechaza el engaño y que desea permanecer sensible a la voz del Espíritu.
Guardar nuestro corazón de las contaminaciones espirituales del mundo nos acerca al corazón de Dios. Y acercarnos a Dios transforma nuestra manera de pensar, de sentir, de decidir y de vivir.
Finalmente, encontramos una recomendación que resume buena parte de todo lo que hemos considerado: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida. Proverbios 4:23
¿Por qué debemos guardar nuestro corazón? Porque de él brota nuestra vida. Jesús lo explicó de esta manera:
«El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno... porque de la abundancia del corazón habla la boca.» Lucas 6:45. Lo que finalmente sale de nosotros revela, de alguna manera, aquello que estamos almacenando dentro.
Por eso debemos preguntarnos:
¿Qué estoy guardando en mi corazón? ¿Estoy acumulando resentimiento o perdón? ¿Temor o fe? ¿Amargura o esperanza? ¿Incredulidad o confianza en Dios? ¿Las voces de este mundo o la Palabra de Dios? Nuestro corazón siempre está almacenando algo.
Tenemos la mente de Cristo. Y llegamos así al desafío final. Pablo afirma: «Nosotros tenemos la mente de Cristo.»
1 Corintios 2:16
Si corazón y mente están tan profundamente unidos en la perspectiva bíblica, entonces el desafío para nosotros es adoptar también la manera de pensar y sentir que hubo en Cristo Jesús. Pablo lo expresa así: «Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús.» Filipenses 2:5
No se trata solamente de pensar como Cristo. Se trata también de aprender a sentir como Cristo, amar como Cristo, perdonar como Cristo, servir como Cristo y mirar a las personas como Cristo las miraba.
Nuestro corazón necesita ser examinado, renovado y protegido continuamente. Porque nuestro corazón puede engañarnos. Pero Dios puede y quiere transformarlo.
Y cuando permitimos que su Espíritu y su Palabra gobiernen nuestro interior, aquello que antes podía convertirse en fuente de engaño comienza a convertirse en un tesoro del que pueden brotar vida, verdad y bendición para nosotros y para quienes nos rodean.
La pregunta final, por tanto, no es solamente qué siente nuestro corazón. La verdadera pregunta es: ¿Quién está gobernando nuestro corazón?
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