Durante muchos años sentí cierta incomodidad con la etiqueta de "cristiano evangélico". Quizá porque, como les ocurre a muchas personas, asociaba las etiquetas religiosas a divisiones innecesarias entre quienes afirman seguir a Jesucristo. Siempre pensé que bastaba con decir: "Soy cristiano". Sin más apellidos.
Sin embargo, los tiempos cambian y las circunstancias también. Vivimos en una sociedad donde abundan las confusiones sobre la fe cristiana y donde los medios de comunicación suelen presentar una imagen incompleta, e incluso caricaturizada, de los creyentes evangélicos. Por eso he llegado a la conclusión de que no debo sentir ningún complejo al afirmar públicamente quién soy y qué creo. Soy cristiano evangélico.
Mi encuentro personal con Jesucristo marcó un antes y un después en mi vida. No se trató simplemente de una experiencia emocional pasajera ni de un cambio de hábitos. Fue una transformación profunda de mi mundo interior. Allí donde antes existía un desierto espiritual, comenzó a florecer una nueva esperanza.
Recuerdo que al día siguiente de aquella experiencia compartí con mi madre lo que me había sucedido. Como tantas madres protectoras, reaccionó con cierta preocupación. Temía que pudiera haber caído bajo la influencia de algún grupo sectario. Era una inquietud comprensible. Sin embargo, con el paso de los días comenzó a observar algo evidente: mi actitud hacia la vida había cambiado. Había en mí una alegría nueva, una paz diferente y también una profunda gratitud hacia Dios.
A medida que fui creciendo en la fe comprendí que ser evangélico no significaba adoptar una postura anticatólica ni vivir enfrentado a otros cristianos. Muy al contrario. Me llevó a estudiar la historia de la Iglesia, a conocer las raíces de la Reforma y a descubrir las extraordinarias vidas de hombres y mujeres que, a lo largo de los siglos, buscaron vivir conforme a las enseñanzas de Jesucristo y a la autoridad de las Escrituras.
La historia nos recuerda que los primeros seguidores de Jesús recibieron diversos nombres. Fueron conocidos como "los del Camino", discípulos de Jesús de Nazaret o creyentes. Sin embargo, fue en Antioquía donde, por primera vez, fueron llamados cristianos. Aquel nombre no describía una afiliación religiosa, sino una forma de vivir. Eran personas cuya conducta reflejaba el carácter de Cristo en su estilo de vida cotidiana.
Esa sigue siendo, en esencia, la verdadera identidad cristiana. No consiste únicamente en pertenecer a una organización o a una denominación determinada, sino en procurar que Cristo sea visible en nuestra manera de pensar y actuar en nuestras relaciones con los demás.
Hoy existen numerosas expresiones dentro del amplio mundo cristiano: ortodoxos, católicos, evangélicos, adventistas y otros grupos que se identifican con la figura de Jesús. Durante mucho tiempo preferí definirme simplemente como cristiano, subrayando así mi pertenencia a la Iglesia universal de Cristo por encima de cualquier tradición confesional.
Sin embargo, con el paso de los años he comprendido que las convicciones también merecen ser expresadas con claridad. Mi fe encuentra su mejor definición dentro del cristianismo evangélico, una tradición que pone un énfasis especial en la relación personal con Jesucristo, la autoridad de la Biblia, la necesidad de la conversión y la proclamación del Evangelio.
Por ello, lejos de cualquier espíritu sectario o excluyente, afirmo con serenidad y convicción mi identidad. Soy cristiano evangélico porque amo a Jesucristo, porque creo en su obra redentora y porque deseo vivir conforme a las enseñanzas que encontramos en el Evangelio.
No lo digo con arrogancia ni como una bandera de superioridad frente a nadie. Lo digo con gratitud. Porque la fe en Cristo transformó mi vida y sigue siendo la fuente de mi esperanza.
Por eso hoy lo confieso sin reservas y con alegría: soy cristiano evangélico, y amo a Jesús, mi Señor y Salvador.
