Cuando alguien muere, todos morimos un poco

| Fuente: protestantedigital.com/rss/magacin

Cuando alguien muere, todos morimos un poco
Cuando alguien muere, todos morimos un poco

Recordaba aquella antigua novela de Paco Candel “Ha muerto un hombre, se ha roto un paisaje”. Cuando alguien muere de cualquier manera, siempre va a resultar triste y dolorosa la pérdida de un ser querido; pero se conmueven nuestras mismas entrañas cuando alguien nos es arrebatado prematuramente.

Lo que quiero mencionar no es una cuestión puramente sentimental, ni tampoco es ninguna parrafada filosófica; sino que es la sincera expresión de la verdad: Cuando alguien muere, algo de todos nosotros también muere.

Porque muere una obra de arte, muere un ser irrepetible, muere un paisaje humano irreemplazable, muere un alma preciosa que se precipita hacia la eternidad, quizás hacía un destino incierto

El misterio de nuestro principio y fin, respecto a nuestra vida y destino, no está escrito en los astros, ni está determinado por ningún demiurgo platónico; sino que está escondido en los soberanos designios divinos para cada ser humano, tal como nos revela la misma voz de Dios en las Sagradas Escrituras diciéndonos: “No quiero la muerte del que muere, dice el Señor, convertíos y viviréis...”.

Aunque nos sintamos completamente perplejos ante ciertas tragedias de la vida, sabemos a ciencia cierta, que Dios nos ama como nadie jamás podrá amarnos.

La gran paradoja la tenemos en el hecho de nuestra corta vida humana y sus infinitas amenazas por nuestra vulnerable humanidad, la que está en contraste con el proyecto original de Dios para nosotros que era vida eterna, quiere decir vida para siempre y, en este caso, vida con Dios en su casa eterna, en ese cielo que nos espera a los que hemos confiado en Jesucristo, ese cielo en parte conocido y en gran parte desconocido en toda su belleza y en su perfecta humanidad.

Cada vez que alguien se nos va de este mundo (para muchos no se sabe ciertamente a dónde irán a parar), perdemos una reproducción original del mismo Dios plasmada en el diseño humano, a la perfección. Porque “ellos”, los que mueren, también somos nosotros y, de alguna manera, todos nosotros somos “ellos”.

Tal como nos recuerda el apóstol Pablo en el Areópago de Atenas: “De una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación; para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos...”

Una vez más llora el corazón de Dios y también se resiente el nuestro por la pérdida irreparable de preciosas vidas que se auto destruyen prematuramente optando por el suicidio compulsivo o el asistido en el peor de los casos.

Porque cuando alguien muere se rompe un precioso paisaje humano con el sello exclusivo de la divinidad.

Ezequiel 18:32 Juan 3:16 Hechos 17: 26-28

Recibe el contenido de Protestante Digital directamente en tu WhatsApp. Haz clic aquí para unirte.

¿Te gustaría ver tu marca aquí?

Anúnciate con Nosotros