No dispongo de tanto tiempo como quisiera para pensar más a fondo sobre tantas cuestiones interesantes que nos depara la vida o que leo en los libros y en diversas publicaciones.
Incluso el arte de la meditación serena y reposada de las Sagradas Escrituras es algo que a veces echo en falta, porque no siempre lo consigo como se merece esta bendita cuestión.
Pero siendo un ciudadano de a pie, como cualquier hijo de vecino y pensando en la fugacidad de la vida me doy cuenta de que apenas como si fuera anteayer, estaba jugando a las canicas en los jardines del hospital de la Santa Cruz en el Raval de Barcelona.
No se sabe del todo cómo, la vida nos ha dado tantas vueltas como la noria de una feria cualquiera, donde unas veces te encuentras en la cima, aunque con cierto vértigo a la altura, y otras veces en la parte más baja.
Y no solo se trata de nosotros, sino de la gente de ayer y de hoy, ¡cómo han cambiado las cosas y cómo hemos cambiado nosotros mismos; tal como nuestras impresiones y percepciones que hoy en día son muy diferentes a las que fueron antaño.
Le agradezco mucho a Dios que llegara a mi vida en mi más temprana juventud y que mi encuentro con Cristo supusiera una auténtica revolución espiritual que trastocó mi mundo por completo y como eso, generó una nueva alegría de vivir y un enorme entusiasmo para compartir el evangelio con mucha gente de mi entorno, viendo a tantos recibir al Señor Jesús como su Salvador personal.
Por eso me siento infinitamente agradecido al Señor por el momento que escoge para cada uno de nosotros, para atraernos hacia Él de una forma tan especial.
Cuando leo que “Dios nos llamó de la oscuridad a su Luz Admirable”, pienso en cómo me llamó el Señor a mí y cómo pude de alguna forma percibir su penetrante voz que, sin saber del todo cómo fue, despertó mi conciencia y traspasó mi alma completamente.
Más de cincuenta años después en el Camino de Jesús he ido y he vuelto de muchas cuestiones y proyectos en la vida, con aciertos y desaciertos, con alegrías y tristezas, con éxitos y, cómo no, también con fracasos.
Sin embargo, a través de los años, he descubierto, que el sentido del éxito para Dios es muy diferente al nuestro. Éxito es definitivamente llegar a conocer y realizar la voluntad de Dios para nuestra vida. Este es el verdadero secreto de la felicidad sin duda alguna, esta es la más grande de las bienaventuranzas para cualquier ser humano.
El mundo actual ya no es el mismo que hace una generación atrás, es otro mundo, aunque la gente de hoy sigue teniendo las mismas necesidades profundas que las de entonces y yo diría que hasta bastantes más; pero Satanás está creando grandes espejismos y fascinaciones que seducen a las masas hacia lo incierto.
Con razón nos describe la Escritura esta lamentación divina: “me dejaron a mí, fuente de aguas vivas y cavaron para sí cisternas rotas”.
Desde luego que han cambiado las apariencias desde lo más rudimentario a lo más contemporáneo y se han producido grandes avances tecnológicos, pero el corazón del ser humano sigue tan enfermo y desolado como siempre.
Al pasar de los años, yo y gran parte de mi familia hemos conocido al Rey de Gloria y hemos sido testigos de las muchas misericordias de Dios sobre nosotros.
Por eso quiero declarar emocionadamente que ha valido la pena nacer y vivir, aunque sea tan fugazmente. Pero aun cuando nos vamos acercando al ocaso de nuestra vida sentimos los efluvios anticipados de la vida eterna que Jesús nos ha prometido.
Por eso enfilamos la recta más desafiante de la vida, contando de tal modo nuestros días que seamos capaces de traer al corazón esa maravillosa sabiduría divina para enfrentar los momentos más complejos de nuestra existencia hoy, aquí y ahora. Soli Deo Gloria
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