Hoy como nunca, estamos asistiendo a una creciente acumulación de conflictos sociales, políticos y militares de gran envergadura y también estamos viendo alteraciones climáticas cada vez más devastadoras además de sorprendentes.
Las crisis humanas de diversas naturalezas se suceden constantemente, lo cierto es que nos encontramos ante una espiral cada vez más incontrolable.
Los ingenieros sociales no consiguen establecer un criterio predecible porque continuamente nos vemos sorprendidos por nuevos acontecimientos globales que nos afectan a todos directa o indirectamente.
La sensación de posibles nuevos sobresaltos en nuestro futuro incierto se ha instalado en el imaginario colectivo con expresiones populares como “el Reloj del Apocalipsis” que preconizan el fin cercano de la humanidad por diversas causas y situaciones de un creciente peligro mundial y este comité de sabios y sociólogos que sustentan este argumento no son necesariamente creyentes.
La Biblia nos muestra cuál es el punto Omega de la historia humana y todo apunta hacia un desconcierto mundial sin precedentes hasta que aparezca en la escena internacional el misterioso hombre de pecado que manifestará una gran capacidad resolutiva.
Por otra parte, el cristianismo ha crecido imponentemente en el mundo actual, pero también existen diversas corrientes cristianas que son un puro espejismo de la verdad del Evangelio.
Los charlatanes de esta enorme feria religiosa están presentando un estilo de vida cristiana más propia de un parque de atracciones que del Cristo de los evangelios y de sus seguidores del primer siglo.
En otro sentido, los nuevos saduceos de la religión evangélica también están envenenando la fe de muchos cuestionando la autoridad de las Escrituras y teorizando el cristianismo en forma de pura filantropía religiosa.
Hoy más que nunca necesitamos vivir y predicar la verdad de nuestro Señor Jesucristo. El poder del Evangelio sigue cambiando vidas, familias y comunidades enteras, de lo contrario esto solo sería un simple fiasco, por mucho que lo disfrazáramos de verdadera espiritualidad.
Los cristianos del primer siglo, sin apenas pretenderlo, se convirtieron en una fuerza de cambio espiritual imparable y también de un cambio social realmente inédito, como fue la comunidad de bienes y la ayuda a los pobres, toda una revolución social; esto es algo infrecuente en una sociedad como la nuestra, tan estratificada y con tantos intereses creados.
Pero los creyentes, en muchos casos, hemos creado una trágica dicotomía entre la predicación del Evangelio de la salvación del alma y una falta de respuesta a las necesidades reales y temporales de nuestros conciudadanos, que no son pocas en una sociedad en crisis recurrentes como es la nuestra.
Esta triste realidad se pone claramente de manifiesto en latitudes tercermundistas, donde el enorme crecimiento de la iglesia no siempre responde a las numerosas necesidades humanas de la gente en su entorno inmediato y esta inacción social desvirtúa el mensaje cristiano de la compasión de Dios hacía los pobres de la tierra.
Por otra parte, se ha levantado una auténtica plaga de vividores del Evangelio que intimidan económicamente la buena fe de las personas y, en muchos casos, expolian a gente humilde con falsas enseñanzas que se invocan desde la Palabra de Dios con interpretaciones erróneas.
Que el Señor nos ayude en esta hora crucial a corregir el rumbo y ser Sal y Luz del mundo y también ser entendidos en los tiempos que vivimos, entre tanta confusión generalizada dentro y fuera del pueblo de Dios.
Mientras tanto y ahora más que nunca, seguiremos proclamando en fe y en verdad el poderoso evangelio de nuestro Señor Jesucristo. ¡Maranata!
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