Estas últimas semanas, las redes sociales se han llenado de comentarios alarmistas de quienes aseguran que España se está convirtiendo en un nuevo centro del evangelicalismo. Las reacciones surgieron especialmente a raíz de The Change Madrid, el evento que reunió a decenas de miles de cristianos evangélicos, muchos de ellos de origen hispanoamericano, en la capital española.
Las opiniones no tardaron en aparecer. Para algunos sectores, este tipo de encuentros representan la antesala de una supuesta “invasión evangélica”. En redes sociales circularon teorías de todo tipo: desde acusaciones de financiación por parte de la CIA, hasta advertencias sobre un presunto plan para reemplazar el catolicismo en España. Detrás de muchas de estas reacciones subyace una idea concreta: que la identidad española continúa siendo esencialmente católica y que el crecimiento evangélico representa una amenaza para ella.
Sin embargo, antes de preguntarnos si el evangelicalismo está reemplazando al catolicismo, quizá convenga formular otra pregunta más profunda: ¿sigue siendo España una nación genuinamente católica en términos de cosmovisión y vida moral?
Mi apuesta es que, aunque España no está perdiendo el catolicismo, lo reemplazó el secularismo. Aunque aún conserva una fuerte herencia católica, al mismo tiempo se está secularizando aceleradamente, lo cual es claramente visible en su visión de la moral y su antropología.
Existe una gran diferencia entre la identidad heredada de una nación y la cosmovisión vivida. Esta nación conserva, símbolos, memoria y lenguaje católico, pero hace tiempo dejó de estar moldeado profundamente por una cosmovisión cristiana. Por eso, presentar el evangelicalismo como una amenaza para el pueblo español, resulta terriblemente equivocado, pues el verdadero cambio cultural que ha transformado este país, no ha sido el avance evangélico, sino el secularismo.
El avance de la secularización
Una encuesta realizada por Funcas revela que actualmente solo el 55% de los españoles se consideran católicos, una cifra muy distante de la década de los setenta, cuando alrededor del 90% se identificaba como religioso. En cuanto a la praxis religiosa, solo el 17% de los adultos declaró asistir a algún culto católico al menos una vez al mes en 2024.
En realidad, el temor de algunos sectores a que el evangelicalismo reemplace al catolicismo resulta, al menos por ahora, lejano. Lo que realmente impera en nuestros días es el secularismo, como continúa afirmando Funcas: “En lugar de ser reemplazada por otras religiones, la identidad católica deja paso mayoritariamente a posiciones de indiferencia religiosa, agnosticismo o ateísmo”[1].
La cantidad de personas que no se afilian a ninguna religión en España, ha pasado del 22% al 42%, en sólo 22 años. El mismo artículo continúa afirmando: “El espacio dejado por la religión católica no ha sido ocupado mayoritariamente por otras confesiones. La creciente presencia de población extranjera en España no se ha traducido en un aumento proporcional de otras adscripciones espirituales[2]”
Mas datos de la misma encuesta muestran que este escepticismo religioso en España, hace eco en la sociedad, pues los matrimonios católicos son cada vez menos y la no elección de la asignatura de religión en estudiantes de primaria, ha descendido del 85% en la década de los noventa, a tan solo 56% en el 2023. Esto muestra un claro decaimiento no solo en la identidad católica sino en la práctica de la fe.
Según el Centro de Investigación Sociológica, El 13,4% se define como agnóstico otro 12% como indiferente no creyente y un 15,3%, como ateo (la adición de estas tres categorías da 40,7%)[3].
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Francis Schaeffer tenía razón
Los escritos de el ya fallecido Francis Schaeffer están volviendo a resurgir como una voz profética que advirtió sobre los peligros del secularismo en la sociedad. Los títulos más enfáticos en cuanto a esto son: ¿Cómo debemos vivimos entonces?, Huyendo de la razón, y Muerte en la ciudad. La tesis principal de sus libros, es que una cultura no puede sostener valores cristianos si al mismo tiempo abandona el fundamento que les dio origen. Una sociedad acaba viviendo conforme a la cosmovisión que domina el pensamiento colectivo, sin importar la fachada religiosa que aun conserve en sus estructuras sociales.
El énfasis de Francis Schaeffer radica en la distinción entre religión cultural y cosmovisión. La primera hace referencia al conjunto de tradiciones religiosas heredadas de una sociedad, es decir, sus festividades, arquitectura y símbolos, mientras que la segunda alude a la visión de la realidad que realmente estructura su vida intelectual y moral: su concepción de la verdad, del ser humano, de la moral y del propósito de la existencia. En este sentido, las leyes, la moral pública y la antropología de una sociedad reflejan siempre la cosmovisión que la domina.
En España, este proceso de secularización se hace visible en distintos ámbitos de la vida pública. Conceptos centrales de la moral cristiana histórica como la sacralidad de la vida, la existencia de verdades morales objetivas o el carácter normativo de la familia han ido siendo desplazados por una ética centrada en la autonomía individual como principio rector. Este cambio puede observarse en debates contemporáneos sobre el aborto, la identidad y la sexualidad, así como en la progresiva tendencia a relegar las convicciones religiosas al ámbito estrictamente privado.
En el ámbito cultural, esta transformación también se refleja en el arte y los medios de comunicación, donde la imaginería religiosa aparece frecuentemente reinterpretada dentro de códigos estéticos, críticos o humorísticos, más que como expresión de fe. Ejemplos recientes incluyen producciones audiovisuales de gran consumo como Élite o La isla de las tentaciones o la polémica pintura de Salustiano García que pinto a un Cristo resucitado de manera sensual, donde la moral narrativa se articula en torno a la experiencia individual, el deseo y la autenticidad, más que en categorías trascendentes.
Tomemos además dos ejemplos estructurales. Por un lado, el amplio apoyo social al aborto en España, que se sitúa de forma consistente en niveles mayoritarios según diversas encuestas, reflejando una concepción de la autonomía personal como criterio moral central. Por otro, la legislación reciente en materia de identidad de género, que permite la modificación del sexo registral mediante declaración de voluntad en mayores de 16 años, sin necesidad de requisitos médicos obligatorios en determinados supuestos, lo cual refleja un giro hacia la autodeterminación como principio jurídico.
Estos ejemplos no son exclusivos de España, sino compartidos en gran parte de Occidente. Sin embargo, sí muestran con claridad una realidad de fondo: el desplazamiento progresivo desde una cosmovisión de raíz cristiana hacia una cosmovisión secular centrada en la autonomía del individuo como fundamento último de verdad y moral.
Schaeffer comprendió y analizó el avance del secularismo, a veces casi imperceptible, pero visible en la cultura popular moderna: la música, el cine, las leyes y el arte en general, son el reflejo de lo que realmente cree una sociedad. En este sentido afirmaba: “Las personas tienen presuposiciones, y con el tiempo vivirán cada vez más consistentemente sobre la base de ellas[4]”
La crítica de Schaeffer a la cultura occidental moderna apunta precisamente a esta tensión: una nación puede conservar fiestas, procesiones y tradiciones religiosas, mientras el mismo tiempo abandona una cosmovisión cristiana de la realidad. Como él mismo señalaba: “El cristianismo no puede ser aceptado como medio para un fin sociológico, no puede ser aceptado simplemente como un utilitarismo superior. El cristianismo es verdad y exige un compromiso con esa verdad. Cuando lo aceptamos como…Señor, significa que estamos viviendo bajo los absolutos, los absolutos morales que la Biblia nos da, aunque nos aparte como a los primeros cristianos de la cultura circundante[5]”.
España debe elegir bien sus batallas
¿Por qué una sociedad secularizada sigue reaccionando defensivamente ante el crecimiento? Una posible respuesta es la nostalgia religiosa. A veces, las identidades religiosas mucho tiempo más que las convicciones que le dieron origen. Muchos españoles consideran el catolicismo como un elemento central de la identidad histórica del país, aunque ya no sigan viviendo bajo una cosmovisión cristiana que abarque todas las áreas de la vida.
Es necesario reconocer que el problema de España no se resolverá simplemente reemplazando un cristianismo cultural católico por un evangelicalismo superficial. La verdadera necesidad de Europa no es un cambio de etiqueta religiosa, sino el surgimiento de iglesias bíblicamente sólidas, intelectualmente serias y espiritualmente vivas, capaces de responder al vacío moral y existencial de nuestra época.
Sería ingenuo asumir que todo crecimiento evangélico representa automáticamente profundidad teológica o auténtica renovación espiritual. Parte del evangelicalismo exportado a Europa también puede venir acompañado de emocionalismo, pragmatismo o versiones diluidas del Evangelio. Por ello, los protestantes tenemos una enorme responsabilidad: reflejar fielmente las Buenas Nuevas no solo en nuestra doctrina, sino también en nuestra forma de vivir, pensar y relacionarnos con la cultura.
También conviene recordar que gran parte de Latinoamérica heredó igualmente una profunda tradición católica, cuyos símbolos, festividades y formas culturales siguen presentes hasta hoy. Sin embargo, al igual que ocurre en España, la permanencia de una identidad religiosa histórica no garantiza necesariamente la permanencia de una cosmovisión genuinamente cristiana.
El verdadero desafío de Occidente no parece ser la sustitución del catolicismo por el evangelicalismo, sino el avance progresivo de una cosmovisión secular que ha desplazado a Dios del centro de la vida pública, moral y cultural. Ningún rito, ni la belleza de los templos, ni la preservación de tradiciones religiosas serán suficientes para resistir el escepticismo contemporáneo si la sociedad abandona los fundamentos espirituales y morales que dieron origen a esas expresiones culturales.
En tiempos del profeta Jeremías, Judá aún conservaba el templo, los sacrificios y gran parte de sus símbolos religiosos. Sin embargo, la religiosidad externa de la nación ocultaba una profunda decadencia espiritual. De manera similar, el profeta Isaías transmitió esta solemne advertencia del Señor: “Este pueblo dice que me pertenece; me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí. Y la adoración que me dirige no es más que reglas humanas, aprendidas de memoria” Isaías 29: 13. NTV.
La advertencia sigue siendo profundamente relevante para cualquier sociedad que conserve símbolos religiosos mientras abandona progresivamente una cosmovisión moldeada por la verdad bíblica.
España debe elegir bien sus batallas. El problema fundamental de la nación no parece ser el crecimiento evangélico, sino el vacío espiritual y moral producido por décadas de secularización. Más que conservar una identidad religiosa cultural, España necesita redescubrir el Evangelio de Jesucristo como verdad viva, que reconfigure la cultura y la moral en una que traiga gloria al creador de todas las cosas.
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[4] The God Who Is There. Francis SCHAEFFER, 1968.
[5] ¿Cómo debemos vivi entonces? Francis Schaeffer
