Como era de esperar, el momento culminante del 1700 aniversario del Concilio de Nicea fue la oración ecuménica del 28 de noviembre presidida por el papa León XIV en las ruinas de la iglesia de San Neófito en Nicea (hoy llamada Isnik), donde se celebraron las reuniones del Concilio en el año 325 d. C.
La ceremonia fue sobria, pero el lenguaje utilizado fue solemne. Sobre todo, el significado simbólico del evento estuvo cargado de importancia “histórica”, no solo por la referencia al importante aniversario sino princioalmente en vista de los nuevos pasos en el camino ecuménico.
El punto alcanzado en esa celebración había sido objeto de una larga preparación: se trataba de aprovechar el centenario de Nicea para realzar la “fe común” expresada en el Credo Niceno y consolidar la idea de que todos los cristianos están unidos porque recitan juntos las palabras de ese antiguo texto.
Desde una perspectiva ecuménica, las diferencias se consideran, en todo caso, interpretaciones posteriores de aspectos secundarios que no socavan la base común.
El riesgo es claramente explotar Nicea y utilizarla como pretexto para fines distintos a una comprensión más profunda de su contenido.
La pregunta que no se formuló (pero cuya respuesta afirmativa solo se dio por supuesta) es: ¿En qué sentido el Credo Niceno es la base del ecumenismo?
La realidad es que, aunque diferentes personas pueden afirmar —e incluso recitar— juntas las palabras del Credo Niceno (por ejemplo, la remisión de los pecados, María, la Iglesia), éstas tienen significados diferentes según sus distintos marcos teológicos y lealtades eclesiásticas. 1
Los evangélicos quieren que su fe no solo esté vagamente vinculada a las Escrituras sino que esté bajo la Palabra de Dios y siempre abierta a ser corregida por ella.
Por supuesto, el 28 de noviembre, el Papa romano ocupó simbólicamente el centro del escenario, como punto de conexión entre todos, flanqueado por el patriarca de Constantinopla Bartolomé y otros dignatarios eclesiásticos sentados detrás de él en papeles secundarios.
La única ausencia notable fue la del patriarca ortodoxo de Moscú, Kirill, en desacuerdo con el “buen” mundo ecuménico por su apoyo a la guerra de Rusia contra Ucrania.
En cualquier caso, fue una representación teatral del ecumenismo contemporáneo: todos unidos en torno al sucesor de Pedro, el Papa romano, el único vestido de blanco.
Dicho esto, lo que ocurrió en Nicea es, por un lado, un punto de llegada, pero, por otro, solo un paso en la trayectoria ecuménica. La dirección la indicó el propio Papa León durante el vuelo al Líbano, la segunda parada de su primer viaje internacional.
En declaraciones a los periodistas, el papa Prevost dijo sobre la reunión en Nicea con los líderes ecuménicos:
“Ayer por la mañana hablamos sobre posibles encuentros en el futuro. Uno de ellos sería en el año 2033, dos mil años después de la Redención, la Resurrección de Jesucristo, que es obviamente un acontecimiento que todos los cristianos querrían celebrar. La idea fue bien recibida. Aún no hemos hecho la invitación, pero existe la posibilidad de celebrar este gran acontecimiento de la Resurrección, por ejemplo, en Jerusalén en 2033. Todavía nos quedan algunos años para prepararnos”.
El año 2033, exactamente. Este es el siguiente paso estratégico en el camino imaginado y planificado por el movimiento ecuménico en general. Nicea 2025 fue solo un ensayo preparatorio para Jerusalén 2033.
El gran poder evocador de la celebración del 2000 aniversario de la resurrección de Cristo y Pentecostés se pondrá al servicio de lo que podría ser el golpe final del movimiento ecuménico: reunir a representantes de todas las confesiones cristianas en torno al Pontífice Romano para celebrar su “unidad” y haber “reconciliado” espiritual y teológicamente sus relaciones.
El tipo de unidad que se promoverá en 2033 también implicará algún tipo de reconocimiento del papel global y transversal (aunque diferenciado) del Papa romano para todas las denominaciones y confesiones, sobre la base de una teología que considera definitivamente superadas las “solas” de la Reforma protestante.
Para quienes participen en las iniciativas previstas para 2033, ya no será “solo la Escritura” sino la Escritura entendida de manera flexible para incluir la tradición, incluso aquellas tradiciones que son contrarias al mensaje bíblico (por ejemplo, los dogmas marianos, el papado “imperial”).
Ya no será “solo la fe”, sino una fe que no es suficiente para recibir el don de la salvación y que necesita ser complementada con las obras humanas y los sacramentos administrados por la Iglesia.
Ya no será “solo Cristo”, sino un Cristo que incluye las mediaciones de María y los santos y quizás de otras figuras religiosas. Todo esto se incluirá en esta versión del cristianismo ecuménicamente pacificado, pero bíblicamente desviado.
Todas estas desviaciones de las “solas” bíblicas de la Reforma protestante significan que la unidad que se promoverá en las iniciativas ecuménicas en 2033, por muy atractivas que sean humanamente, se convertirá en “un evangelio diferente” (Gálatas 1:6-9) que fue entregado «una vez por todas a los santos” (Judas 3).
Sin duda, para los cristianos evangélicos, el año 2033 será una oportunidad para celebrar las verdades del Evangelio sobre la pasión, muerte, resurrección y ascensión de Cristo, además del derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés. Amén.
Sin embargo, las celebraciones ecuménicas de los mismos acontecimientos no serán neutrales ni gratuitas para la fidelidad evangélica.
Más que lo que ha sido 2025, 2033 será el “Punto Omega”, es decir, la meta del Movimiento Ecuménico: todos los cristianos (católicos romanos, ortodoxos, protestantes liberales, evangélicos, etc.) estarán finalmente unidos y serán vistos por el mundo como “uno”.
¿Será la unidad por la que oró el Señor Jesús en Juan 17? Difícilmente. Más bien, será un punto decisivo a favor del proyecto de absorción que el catolicismo romano ha estado persiguiendo durante siglos, es decir, integrar diferentes organismos, líderes y creencias bajo su paraguas.
El año 2033 será una prueba para los evangélicos y la pregunta fundamental será: ¿se puede repensar y asimilar la fe evangélica dentro del abrazo ecuménico preparado intencional y principalmente por el catolicismo romano?
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1. Como se argumenta en Mark Gilbert – Leonardo De Chirico (eds.), El Credo Niceno. La naturaleza de la unidad cristiana y el significado de las palabras del Evangelio (Sídney: Matthias Press, 2025).
