Hay pensamientos que comienzan siendo pequeños, casi imperceptibles, pero que, si los alimentamos, pueden terminar ocupando todo el espacio de nuestra vida.
Una herida se convierte en resentimiento; el resentimiento, en desconfianza; y la desconfianza puede acabar construyendo una manera de mirar el mundo y de relacionarnos con los demás.
Quizá una de las grandes lecciones de la vida sea esta: el problema del ser humano no está solamente en los demás, sino también dentro de uno mismo. Nuestra mente es una máquina extraordinaria que elabora pensamientos, interpreta acontecimientos y construye explicaciones.
El problema aparece cuando llegamos a creer como verdad aquello que solamente es una interpretación, una sospecha, un temor o incluso una mentira.
No necesitamos estar enfermos mentalmente para tener pensamientos desenfocados, turbios o manipulados. Una idea se une a otra. Las neuronas se entrelazan y van tejiendo una red de recuerdos, heridas, prejuicios y temores.
Y esa red puede terminar condicionando nuestra manera de vivir. Podemos quedar atrapados en pensamientos negativos que nos destruyen precisamente porque hemos llegado a creer que son verdad.
Al final, aquello por lo que luchamos —nuestras ilusiones, proyectos, ambiciones y esfuerzos— puede terminar reducido a ceniza. Y entonces comprendemos lo difícil que es caminar junto a determinadas personas, incluso cuando somos cristianos.
Porque la enseñanza de Jesús no es precisamente fácil de vivir: «Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen». Mateo 5:44.
Es una palabra difícil porque va contra nuestro sentido común. Nuestra mente nos pide devolver el golpe, alimentar el resentimiento o desear que el otro pague por el daño que nos ha hecho. Pero la mente de Dios funciona de otra manera. Jesús dice que Dios «hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos». El sol sale para todos. La lluvia cae sobre todos.
Dios no nos trata según nuestros méritos. Nos trata desde su gracia. Muchos de nuestros defectos tienen, en el fondo, una raíz común: el amor desordenado hacia nosotros mismos.
Queremos tener razón, ser reconocidos, defendernos e imponer nuestra voluntad. Por eso la propuesta de Jesús resulta tan revolucionaria: amar al otro, incluso cuando ese otro se ha convertido en nuestro enemigo.
Pero quizá haya algo todavía más profundo. A veces nuestro peor enemigo no está fuera, sino dentro. Es esa voz que alimenta el resentimiento, recuerda constantemente las heridas y nos convence de que no podemos cambiar.
Ese enemigo interior también necesita ser vencido, no con odio, sino con gracia.
Ahí está el corazón del Evangelio: Dios no vino a destruir a la persona herida, sino a rescatarla. No vino a alimentar nuestro odio, sino a liberarnos de él.
No vino a convertirnos en vencedores sobre los demás, sino en personas reconciliadas con Dios, con los demás y con nosotros mismos.
Quizá todavía estemos a tiempo. Mientras haya vida, una mente puede cambiar de dirección. Una herida puede comenzar a cicatrizar. Una historia puede escribirse de otra manera.
Y aquello que parecía destinado a terminar en ceniza puede convertirse, por la gracia de Dios, en una nueva oportunidad.
Porque la última palabra no la tiene el odio, ni la herida, ni nuestros pensamientos más oscuros. La última palabra la tiene la gracia.
Y la gracia de Dios siempre abre un camino de esperanza.
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