Al leer en varios medios las críticas dirigidas a personas privadas y públicas e instituciones, observo con frecuencia que la respuesta mayoritaria es ponerse a la defensiva y contraatacar.
Vivimos inmersos en una cultura del reproche donde muchos parecen regirse por la vieja y desgastada máxima de que "la mejor defensa es un buen contraataque".
Sin embargo, creo que estamos profundamente equivocados, y la factura que pagamos por ello es altísima, tanto a nivel social como personal.
Lo curioso de la actitud defensiva es que, cuanto más rechazamos la verdad, más tiempo se queda estancada en nuestra vida, al final creemos en la mentira. Ese es el verdadero problema.
Cuando nos empeñamos en levantar muros —ya sea en la sociedad civil, política, religiosa, en las instituciones o en la intimidad de la vida y nuestros hogares— frente a la realidad de lo que somos o de lo que hemos hecho, el autoengaño empieza a fijar su residencia en nuestro propio espíritu.
La cultura del contraataque rompe cualquier posibilidad de diálogo constructivo. Transforma los errores en trincheras, polariza nuestras comunidades y nos convierte en enemigos ciegos incapaces de aprender de los tropiezos.
Pero el daño personal es aún más silencioso y devastador: quien vive parapetado tras su orgullo se condena a la rigidez emocional.
Al negarse a reconocer los fallos, la persona se encierra en una prisión de amargura y ansiedad constante, gastando energías infinitas en sostener una máscara de perfección que pretende engañar y no sana a nadie.
Existe una antigua guía poética en los textos del Salmo 32 que describe un estado de profunda paz humana: «Dichoso aquel cuya transgresión ha sido perdonada... en cuyo espíritu no hay engaño».
Vale la pena detenerse un momento y preguntarse: ¿Hay algún rastro de engaño o de justificación en mi interior ? Es muy posible que ni siquiera seamos plenamente conscientes de ello, porque intentamos olvidar el pasado o justificarlo echando la culpa a los demás.
La actitud defensiva tiene una forma sutil y tramposa de operar en nosotros. El filósofo Dallas Willard lo resumió con una precisión milimétrica: «El dolor es lo que experimentamos cuando chocamos contra la realidad».
La ecuación parece simple sobre el papel: estar a la defensiva nos daña; aceptar la verdad nos sana. Lo entendemos, pero ¿qué hacemos al respecto en el día a día? Mientras nos defendemos y justificamos nuestros errores mediante el contraataque, el dolor permanece y la herida personal sigue latiendo.
Sin embargo, en el instante en que dejamos de resistirnos y somos capaces de mirar al espejo y decir con sinceridad: "Sí, ese soy yo, me he equivocado y necesito ayuda", es exactamente ahí cuando algo bueno empieza a suceder.
Es en ese lugar donde el cambio y la transformación se vuelven posibles. Esa es la gran invitación a la honestidad que nos hace Jesús.
En la propia historia reciente en España, tenemos ejemplos conmovedores de lo que ocurre cuando se desarma el contraataque y se acepta la realidad del daño causado.
Pienso en los encuentros restauradores de la llamada “Vía Nanclares”. Allí, antiguos miembros del terrorismo ETA decidieron dar el paso más difícil de sus vidas: dejar de justificar el horror, despojarse del orgullo ideológico del contraataque y sentarse frente a las víctimas para asumir en primera persona y con toda su crudeza la verdad de sus actos.
Si en escenarios de tanto dolor y fractura social fue posible desarmar el orgullo para dar paso a una sanidad real, ¿cómo no poder hacerlo nosotros en los desafíos cotidianos?
Por eso, si hoy siento el sutil toque de la conciencia ante un error, intento no mirar hacia otro lado ni levantar el escudo del orgullo o de la réplica agresiva. En lugar de empujar ese pensamiento lejos de mí, procuro sentarme con él y examinarme.
A veces, pedir a Dios la sabiduría necesaria para vernos tal como somos, con nuestros fallos y defensas, es el primer paso para agradecer el amor incondicional que nos sostiene a pesar de nuestras imperfecciones.
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