El mar, las palabras y el corazón

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El mar, las palabras y el corazón
El mar, las palabras y el corazón

Siempre me ha fascinado contemplar la grandeza del mar y sus misterios. El mar en calma relaja; respirar profundamente mientras escucho el romper de las olas vivifica y tonifica. Incluso las olas bravas tienen algo de inspirador: nos recuerdan que la naturaleza también tiene fuerza, carácter y movimiento.

Durante años he asociado la playa con el descanso, la tranquilidad y ese necesario sosiego que todos necesitamos.

Este verano, con los tremendos calores, mi esposa y yo decidimos acercarnos algunas tardes, unas horas antes de la puesta de sol. Un baño, una conversación tranquila y, quizá, un poco de silencio.

Pero mi sueño no era tan idílico como imaginaba. En la orilla, unos discutían acaloradamente de política; más allá, una pareja mantenía una fuerte discusión y, detrás de nosotros, alguien criticaba a unos amigos ausentes. Pensé: «Con amigos así, no hacen falta enemigos».

Decidí entrar en el agua buscando tranquilidad. Pero, para mi sorpresa, las conversaciones parecían haberse metido también en el mar con otros cerca de nosotros .

Y entonces me pregunté : ¿De qué hablamos cuando hablamos?

Quizá la playa simplemente nos permite hablar, sin filtros, lo que llevamos dentro. Hablamos de los demás porque resulta mucho más fácil juzgar a quien no está presente. Y olvidamos la diferencia entre la crítica constructiva, que busca ayudar, y la destructiva, que solamente pretende descargar.

Jesús lo expresó de forma extraordinariamente gráfica: «¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?» (Mateo 7:3).

La autocrítica no significa despreciarnos, sino tener la humildad de preguntarnos: ¿Mis palabras construyen o destruyen? ¿Mi presencia trae paz o tensión? Nuestras palabras revelan mucho de lo que cultivamos dentro.

Si alimentamos resentimiento, desprecio o indignación permanente, nuestra conversación terminará reflejándolo. Pero también ocurre lo contrario: cuando cultivamos gratitud, compasión, esperanza y misericordia, nuestras palabras pueden convertirse en semillas de vida.

Y entonces hoy ocurrió algo diferente. Mi esposa y yo estábamos dentro del mar, intentando alejarnos de ese ambiente, cuando escuchamos la voz de una niña cantando: «Dios está aquí, tan cierto como el aire que respiro…». Poco después se unieron otra joven y su madre.

Aquella música cambió completamente la atmósfera. No había críticas ni acusaciones. Simplemente cantaban. Y pensé en las palabras de Jesús: «Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mateo 18:3).

Quizá necesitamos recuperar algo que los adultos vamos perdiendo: un corazón sencillo, limpio y abierto a la esperanza. Vivimos en un mundo crispado y dividido.

Las redes sociales amplifican la indignación, los problemas sociales nos enfrenta y muchas conversaciones se convierten en trincheras.

Necesitamos un reinicio: escuchar más, juzgar menos, reconocer nuestros errores, perdonar y aprender a hablar de otra manera con justicia. Tal vez necesitamos ser una voz diferente en medio del ruido: que construya, restaure y transmita autenticidad.

Porque lo que sale de nuestra boca revela mucho de lo que habita en nuestro corazón.

¿Qué estoy aportando yo con mis palabras? Quizá el verdadero milagro no sea solamente que el mar nos devuelva la calma, sino que nosotros aprendamos a quedarnos en ella más de tiempo… hasta que también se note en la forma de mirar, de hablar y de vivir.

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