Los fuegos artificiales del alma

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Los fuegos artificiales del alma
Los fuegos artificiales del alma

Hay recuerdos que el tiempo no consigue apagar. Permanecen encendidos en la memoria como esos destellos que, durante unos segundos, iluminan el cielo y quedan grabados para siempre en el corazón.

Desde pequeño, allá por los años sesenta del siglo pasado, espero cada mes de julio con la misma emoción con la que lo hacía entonces.

Vuelvo mentalmente a la casa de mis abuelos, en La Galera, donde mi abuelo Vicent construyó el Museo de la Creación, en la ladera del Montgó. Aquel lugar es un auténtico balcón sobre el mar precioso .

Desde la cima de la Torre de Babel contemplábamos toda la bahía. Apenas había luces en el campo, muy pocas casas salpicaban el paisaje y la ciudad aparecía, serena, en la lontananza.

Allí nos reuníamos toda la familia para esperar el comienzo del castillo de fuegos artificiales. Eran momentos sencillos, entrañables, de esos que hoy llamaríamos «felicidad sin artificios».

Y, como en todas las familias, nunca faltaba quien afirmaba, con absoluta convicción, que los fuegos artificiales de agosto eran mucho más bonitos que los de julio.

Han pasado muchas décadas. Dénia ha cambiado profundamente. Donde antes había silencio, hoy abundan las luces; donde había campo, ahora se levantan urbanizaciones; donde había pocos espectadores, ahora miles de personas contemplan el mismo cielo.

Este año, una vez más, los pirotécnicos han desplegado toda su creatividad para regalar un espectáculo extraordinario. Y, como sucede casi siempre, tampoco han faltado las críticas.

Hay quien los considera insuperables y quien encuentra motivos para la decepción. Los gustos, como los colores que estallan en el cielo, son infinitos.

Sin embargo, cada vez que contemplo los fuegos artificiales mi pensamiento va mucho más allá del espectáculo. Me impresiona pensar que tanta belleza nace de elementos que, por sí solos, son peligrosos.

La pólvora no fue creada para ser admirada. Mal utilizada destruye, hiere y mata. Pero, cuando es tratada con sabiduría y colocada en las manos adecuadas, es capaz de dibujar hasta sobre el cielo algunas de las imágenes más hermosas que pueden contemplar nuestros ojos.

Precisamente por eso nunca debemos olvidar que con los fuegos artificiales no se juega. Mi amigo Jaime, de Xàbia, paseaba por la calle junto a su hija pequeña cuando un resto de un cohete cayó directamente sobre uno de sus ojos.

Lo que pudo haber terminado en una tragedia quedó en un susto.

Y fue entonces cuando comprendí que los fuegos artificiales son también una extraordinaria metáfora de la vida. ¡Qué maravilloso sería que aprendiéramos a transformar aquello que parece insignificante en algo capaz de iluminar!

Puede parecer una utopía pensar que de nuestras limitaciones, de nuestros fracasos, de nuestros errores o incluso de nuestro pecado pueda surgir algo hermoso. Ocurre todos los días.

Hay artistas capaces de convertir la basura en auténticas obras de arte. Lo que otros desechan adquiere un valor inesperado cuando pasa por las manos adecuadas.

Dios hace exactamente lo mismo con las personas. Él toma vidas rotas, corazones heridos, historias marcadas por el dolor y el fracaso, y las transforma en testimonios de esperanza. Lo que parecía destinado a terminar entre las cenizas puede convertirse en una luz que inspire a otros.

Por eso me gusta pensar que Jesús es el mejor «pirotécnico» de la historia. Nadie como Él sabe convertir la oscuridad en luz, el miedo en esperanza, la culpa en perdón y una vida que tenga propósito.

Cada explosión de color nos recuerda que siempre existe la posibilidad de cambiar. Que la belleza puede surgir donde nadie la esperaba. Que incluso aquello que parece inútil puede convertirse en algo extraordinario cuando pasa por las manos del Maestro.

No subestimes nunca la capacidad de Dios para transformar tu vida. No desprecies aquello que puede inspirarte. No permitas que este verano se reduzca a un recuerdo más o a unas fotografías en el teléfono. Deja que la luz que contemplas en el cielo despierte otra luz mucho más profunda en tu interior.

La pregunta no es si verás fuegos artificiales; la pregunta es si permitirás que estalle en tu vida una transformación tan hermosa que pueda iluminar el camino a otros también.

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