Era el domingo pasado por la mañana y estábamos en la Iglesia Evangélica Bautista de Dénia. Cerca de mi esposa y de mí estaba Mireia, una joven de poco más de treinta años, acompañada de su hijo pequeño.
En un momento de la celebración se levantó para entregar su ofrenda destinada a las misiones. Al regresar a su asiento se detuvo frente a nosotros y nos dio un abrazo entrañable.
Aquel abrazo tenía un extraño aroma a despedida. Así lo percibí, aunque entonces no podía imaginar por qué. Aquella misma tarde Mireia , mientras disfrutaba del mar frente a la costa de Jávea junto a unas amigas, un trágico accidente acabó con su vida.
En un instante, todo cambió.
Desde entonces solo ha quedado el dolor: el de su esposo, sus padres, su hermana, sus familiares, la comunidad evangélica a la que pertenecía, sus innumerables amigas y, de una manera muy especial, el de las dos amigas que compartían con ella aquella salida en barco.
Y, junto al dolor, han surgido preguntas para las que no existen respuestas sencillas.
No son preguntas nuevas. Han acompañado al ser humano desde siempre. Algunos dicen que cuesta creer en un Dios de amor cuando contemplamos tragedias como esta, cuando estallan guerras o cuando la naturaleza golpea con una fuerza devastadora.
También escuchamos con frecuencia que “la vida es injusta“. Y, sinceramente, lo es. Especialmente cuando quienes sufren son personas buenas, inocentes, generosas y llenas de vida.
La realidad es que todos, tarde o temprano, nos encontraremos con el sufrimiento: enfermedad, pérdidas, violencia, decepciones o muerte. Cristianos y no cristianos, compartimos las mismas lágrimas y las mismas preguntas.
Vivimos en una sociedad fascinada por el éxito, el brillo, el reconocimiento y el crecimiento constante. Sin embargo, el Reino de Dios del que habló Jesús parece moverse en una dirección completamente distinta.
Se parece más a una pequeña semilla de mostaza que crece lentamente hasta convertirse en un árbol donde otros encuentran descanso, sombra y alimento. El sol sigue cayendo con fuerza sobre todos.
El sufrimiento no distingue entre creyentes y no creyentes. Pero el mensaje del Evangelio no consiste en prometer una vida sin dolor, sino una esperanza que permanece incluso cuando todo parece derrumbarse.
Solo desde una perspectiva de eternidad puede comenzar a entenderse el sufrimiento. No explicarse por completo, porque hay heridas que nunca tendrán una explicación satisfactoria, pero sí contemplarse desde una esperanza mayor que nosotros mismos.
Lo más hermoso es que Dios no se ofende por nuestras preguntas. La Biblia está llena de hombres y mujeres que discutieron con Él, lloraron delante de Él y hasta le reclamaron.
Dios no busca una piedad artificial ni respuestas prefabricadas. No nos pide que ocultemos la rabia ni que disimulemos el dolor. Jesús mismo conoció el sufrimiento en toda su profundidad.
Experimentó hambre, cansancio, rechazo, injusticia, violencia y la muerte en una cruz. Lloró ante la tumba de su amigo Lázaro. Sufrió física, emocional y espiritualmente. Por eso comprende como nadie el dolor de las víctimas inocentes.
El escritor C. S. Lewis dejó una reflexión que sigue siendo profundamente actual: “Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero grita en nuestro dolor: el dolor es su megáfono para despertar a un mundo de sordos“.
Y Jesús dejó una promesa que nunca ha sido más necesaria reconocerla : “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo“.
Sí, hay sufrimiento. Sí, muchas veces la vida nos parece profundamente injusta. Pero gran parte de esa injusticia también es consecuencia de un mundo roto por el egoísmo, la violencia, el odio, la venganza, el racismo y la indiferencia humana.
Hoy Mireia ha dejado de sufrir. Descansa en la presencia de Dios, donde el dolor ya no tiene la última palabra. Los que permanecemos aquí somos quienes lloramos su ausencia.
Y ahora se abre una decisión para cada uno de nosotros: permitir que el sufrimiento nos destruya por dentro o dejar que, aun entre lágrimas, nos haga crecer en humanidad, compasión y profundidad espiritual.
Quizá nunca entendamos aquí por qué sucedió esta tragedia. Pero sí podemos decidir cómo responder a ella.
Podemos amar más intensamente, abrazar con más fuerza, perdonar antes, cuidar mejor de quienes tenemos cerca y recordar que cada día es un regalo frágil y precioso.
Porque, aunque a veces la vida parezca terriblemente injusta, el amor siempre tiene la última oportunidad de escribir el capítulo final.
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