Cada día hay un momento casi sagrado en mi rutina: abro la aplicación y comienzo a leer los mensajes que llegan desde muchos rincones y desde muchas vidas distintas.
Historias de dolor, matrimonios rotos, enfermedades, incertidumbres, soledad, hijos perdidos emocionalmente, conflictos familiares, personas que buscan orientación o simplemente alguien que las escuche sin juzgarlas.
A veces sonrío al pensar la imagen que algunos tienen de un pastor. Hay quienes creen que uno es una mezcla de consejero sentimental, psicólogo, gestor de crisis, mediador familiar, agente inmobiliario o incluso una especie de adivino espiritual con respuestas instantáneas para todo. Pero no.
Yo soy simplemente un pastor protestante. Un hombre limitado, con luchas, dudas y cicatrices, que hace más de cincuenta años respondió al llamamiento de Dios por medio de Jesucristo.
Tenía dieciocho años cuando debía decidir el rumbo de mi vida profesional. Fue precisamente en aquella etapa decisiva, llena de preguntas e inseguridades, cuando sentí con claridad la vocación pastoral.
No fue una huida del mundo ni una búsqueda de prestigio religioso. Fue una llamada interior profunda a caminar junto a personas reales, con heridas reales y problemas reales.
Porque un pastor no es alguien que ocupa un púlpito solamente; un pastor tiene rebaño. Camina con personas. Llora con ellas. Ora por ellas. A veces también carga silenciosamente con parte de sus dolores.
Muchos imaginan la fe como una especie de refugio blindado contra las tormentas de la vida, una póliza espiritual contra el sufrimiento. Sin embargo, la experiencia me ha enseñado exactamente lo contrario.
Cuando alguien decide obedecer a Dios de verdad, esa decisión suele traer conflictos, incomprensiones y pruebas inesperadas.
He recibido abrazos sinceros, pero también ataques injustos. He conocido ovejas nobles y agradecidas, pero también personas heridas por dentro que terminan hiriendo a otros.
He vivido críticas, difamaciones y decepciones profundas. No he estado exento de enfermedad, agotamiento emocional ni tristeza. A mis más de setenta años sé perfectamente que el Evangelio no elimina el dolor humano. Y, honestamente, tampoco debería sorprendernos.
Si a Jesucristo —el único verdaderamente perfecto— lo acusaron, lo traicionaron, lo ridiculizaron y finalmente lo crucificaron, ¿qué podemos esperar nosotros, que somos tan frágiles, contradictorios y llenos de debilidades?
Y aun así, no renuncio a ser cristiano. No renuncio aunque a veces algunos me consideren “demasiado diferente” para ciertos ambientes religiosos.
No renuncio aunque todavía existan quienes llaman “secta” a todo aquello que no comprenden. No renuncio porque sigo convencido de que las palabras de Jesús continúan siendo la propuesta más revolucionaria y necesaria para este mundo.
El problema no es que el Evangelio sea anticuado. El problema es que resulta demasiado incómodo para nuestro egoísmo moderno.
Jesús habló de amar a los enemigos en una sociedad que vive alimentándose del enfrentamiento. Habló de perdonar setenta veces siete en un mundo donde quien la hace la paga .
Habló de fidelidad cuando todo parece provisional y desechable. Habló de servir cuando todos quieren dominar. Habló de humildad en una cultura obsesionada con la imagen y el reconocimiento.
Todavía hoy conservamos muchas de sus enseñanzas como piezas decorativas de museo espiritual, admiradas desde lejos pero raramente practicadas.
Y, sin embargo, sigo creyendo que el Evangelio funciona cuando se vive de verdad.
He visto vidas transformadas. Matrimonios reconstruidos. Personas destruidas emocionalmente volver a levantarse. Jóvenes encontrar propósito. Ancianos morir en paz. He visto el poder del perdón sanar familias enteras. He visto a Dios actuar en silencios que nadie más podía comprender.
También sigo creyendo en la justicia. Pero no en la venganza disfrazada de justicia. Creo en una justicia equilibrada por el amor, la misericordia y la dignidad humana. Porque cuando la justicia pierde el amor, termina convirtiéndose en crueldad.
Quizá por eso sigo aquí después de tantos años. No porque sea más fuerte que otros, ni porque tenga todas las respuestas, sino porque sigo convencido de que Jesucristo continúa siendo esperanza para el corazón humano.
Y viendo el mundo que estamos construyendo, creo sinceramente que necesitamos volver a Él más que nunca. Que Dios nos ayude. Porque verdaderamente nos hace mucha falta.
Recibe el contenido de Protestante Digital directamente en tu WhatsApp. Haz clic aquí para unirte.
